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sábado, 29 de junio de 2019

Tal vez nos vamos de nosotros mismos, pero queda casi siempre una puerta mal cerrada...

Cuando cierro la puerta de mi casa
suelen los escalones llenárseme de dudas.
Es posible, tal vez
la luz trabajadora del despacho
se ha quedado encendida,
no sé si corté el agua
y además me parece
que no le di dos vueltas a la llave.

Es como cuando salgo de alguna discusión
y el ascensor se cubre de verdades no dichas.
Van conmigo respuestas decisivas.
Más tarde siento miedo
de aquellos dos minutos de intemperie.
Yo levanté la voz, los demás se callaron
y se rompió la copa.

Es como cuando salgo de una fiesta
y me asalta el temor
de que alguien se haya molestado.
¿Me despedí de ella? ¿Debería
acordarme de él?
¿Entendieron la broma
y la doble intención de mis palabras?
¿Ha llegado a saberse 
la pequeña mentira del viernes por la tarde?
Es como cuando salgo de mí mismo,
después de hacer nadado entre dos aguas
incluso en la bañera.
Dejo la ropa sucia a los pies de la silla,
una cama deshecha,
los platos sin lavar,
toallas en el suelo, y en el cuarto de baño
un espejo con niebla
donde está todavía el desnudo sin piel del impostor
que ahora sale a la calle,
y saluda a los otros,
y atiende a quien le llama por su nombre.

Todo es raro y difícil
como sentirse Luis, como vivir en el segundo
izquierda de la noche,
ser español o estar enamorado.

Tal vez nos vamos de nosotros mismos.
Pero queda una luz, un grifo abierto,
la sombra de una puerta mal cerrada.

Luis Montero García

La dignidad es la huella de la conciencia

Ya tiene muchos años
y tal vez no ha cumplido su destino.
Nunca buscó la guerra, pero todas
las batallas más tristes
pasaron por la puerta de su casa.
Casi siempre ha perdido, y cuando los ejércitos
que decían luchar por sus ideas
gozaron la victoria,
comprendió los motivos
de su desconfianza.
Comprendía también que los sueños se pierden
y cambian de finales.
No quiso mendigar
delante del amor o de la muerte,
para que la limosna no manchase su orgullo.
Es el orgullo seco un último refugio
de aquellos que conservan sus razones
después de haber perdido la esperanza.

Cuando sentada en el vagón del metro
llegar a la historia repleta de promesas.
triunfos, medallones y bolsas del mercado,
se suele levantar para dejarle asiento.
Es muy vieja la historia que se viste de joven,
tan vieja como ella,
y ni siquiera sabe dar las gracias.
Educada la mira, se aparta y le murmura
siéntese usted, señora,
yo me bajo en la próxima estación.

Luis García Montero

Planteamiento, desnudo y desenlace

La juventud se llena con botellas vacías.
Hace falta beber y hacen falta botellas
para escribir mensajes
que den sentido al mar.

Todo nos pertenece,
porque todo es asunto de mañana,
la luz solar, la luz conspiradora,
el sueño de los sueños incumplidos
y la ley de las cosas irreales,

Es normal lo que pasa. Pasa el tiempo.
Lo que es envidiable suele ser envidiado.

Porque bebí hasta el fondo de mi alma,
escribiendo mensajes de letra impertinente
para agotar la tinta que me dieron,
soporté enemistades, ojos turbios
parecidos al óxido,
el frío de los barcos que no salen al mar,
aparejos que viven para infectar heridas.

Me consoló el desnudo de tu cuerpo.
Me consuela al amor
cuando la ausencia arde lo mismo que unos brazos
y el pensamiento es vida porque tiene 
el sabor de una piel.
En tu desnudo viven realidad y deseo.

Mientras pasan los años
cultivo tu desnudo. Admito que el amor
es una impertinencia que desafía al tiempo.
Nada nos pertenece, ya lo sé,
ni siquiera la letra envejecida
que se cansa en los últimos mensajes,
ni siquiera el ejército de botellas oscuras 
que ahora huelen a frascos de farmacia.

Si no soy mi enemigo,
Si mi rencor no envidia más que nadie
todo lo que yo era,
todo lo que se pierde
en la raya de luz del horizonte,
todo lo que me falta
cuando pienso en mí mismo con los pies en la tierra,
es porque tu desnudo dignifica
una tarde de invierno,
el óxido que quema
y el cuerpo que envejece entre mis manos.

La vida no compensa de la muerte
porque el amor le dio sentido al tiempo
A pesar de mi edad
no consigo cuidarme

Será porque prefiero cultivar tu desnudo.

Luis García Montero

jueves, 16 de mayo de 2019

Las revoluciones son un asunto propio

No conozco un dolor
que no merezca ser compadecido.
Ningún silencio reina
sin temer el momento de romperse
No hay poderes injustos
que sepan controlar la rebeldía
tejida por sus sombras.

Salgo a la calle, leo los periódicos
navego el mar de leva que mueve las noticias
observo las coronas, las órdenes exactas,
los palcos de la fiesta,
es exactas
lejanamente oigo
la voz de los discursos

Después de las llamadas de teléfono,
de los barcos hundidos,
del pescado sin sal
y de los comentarios,
son estas las razones de que siga en política.

El mundo es triste y duele
y no existe un dolor
que no merezca ser compadecido.

El reino del silencio
a veces se ha llenado de música en dos ojos,
en una libertad provisional
o en una historia de las que me cuentan.
Y la sombra alargada del poder
esconde limoneros, dignidad.
documentos alegres que resisten
y lágrimas de menta para la despedida.

Por eso sé que las revoluciones
son un asunto propio
como ropa que duerme a los pies de la cama.

Luis García Montero





miércoles, 27 de marzo de 2019

El dogmatismo es la prisa de las ideas

Aquí junto a las dunas y los pinos, mientras la tarde car
en esta hora larga de belleza en el cielo y hago mío sin prisa
el rojo libre de la luz, pienso que soy el dueño del minuto que falta
para que el sol repose bajo el mar.

Esa es mi razón, mi patrimonio, después de tanta orilla
y de tanto horizonte, ser el dueño del último minuto,
del minuto que falta para decir que sí, para decir que no,
para llegar después al otro lado de todo lo que afirmo y lo que niego.

Esa es mi razón contra las frases hechas y el mañana,
mientras la tarde cae por amor a la vida, y nada es por supuesto ni absoluto,
y el agua que deshace los periódicos
arrastra las palabras como peces de plata, como espuma de ola
que sube y se matiza dentro del corazón.
Aquí junto a las dunas y los pinos, 
capitán de los barcos que cruzan mi mirada,
prometo no olvidar las cosas que me importan.

Tiempo para ser dueño del minuto que falta.
Pido el tiempo que roban las consignas porque la prisa va con los pies de plomo
y no deja pensar, oír el canto de los mirlos, sentir la piel, 
ese único dogma del abrazo, mi única razón, mi patrimonio.

Luis García Montero

jueves, 28 de febrero de 2019

La conciencia no es un hotel de lujo, sino una pensión barata junto a una frontera

El destino jugó la carta de sus nubes
con un aterrizaje forzoso en el lugar
donde había nacido aquel viajero.

Ya era tarde y estaban muy cansados.
La pequeña ciudad parecía distante
como los sueños de la juventud
cuando el mundo no habla nuestro idioma
y pesan los horarios secos de luz plastificada.
Nadie va a protestar. Los pasajeros
pueden pasar la noche en un hotel de lujo.
No buscan el olvido,
porque todos son justos, y no tienen pasado,
y ninguno soporta la condena
de hacer y deshacer los equipajes.
Viven en su presente,
con ideas que son habitaciones
para dormir tranquilos.

Saben que les espera,
con los gastos pagados, un mar en la ventana.
Están allí los ánimos dispuestos,
las cosas en su forma y en su sitio,
camareros sin dudas
al lado de las mesas bien servidas,
miradas con sabor a titulares
de un periódico envuelto por la niebla de un puro,
butacas donde brillan las sonrisas
como sábanas limpias.
Ni siquiera la piel de la tarde en el cielo
siente la obligación de matizar.

Estratégicamente y solamente
un viajero se aparta de la fila.
Necesita esconderse, cumplir con la tarea
de no dejarse ver entre los suyos.
No es un lugar seguro la identidad que lleva
confundida en su nombre
y prefiere fingir, hacer vigilia
en un rincón inhóspito,
una pensión barata con ruidos de frontera,
negros ojos que acaban de llorar
y guardan el color rojizo de sus sombras,
de sus conversaciones forajidas
en la ciudad sin sueño,
en el amanecer
que es oscuro, y es blanco,
y triste, y alegría,
y se encadena al pie que va por los pasillos.

¿Cuál será su secreto
el temor clandestino de su escala?

Se ha negado tres veces.

No es ciego en las verdades de su patria.
No ha compartido el odio de los otros.
No le bastan las sobras del destino.

Luis García Montero



miércoles, 6 de febrero de 2019

Es bueno convivir con nuestros sueños, pero habitaciones separadas

Nunca ha sabido nadie el peso de los sueños.
Azules son sus pies,
pero nadie ha llegado a predecir
el color y la forma de sus huellas.

Yo vengo de unos sueños que son como un país,
recuerdo los veranos,
conozco la caída de sus hojas,
sus épocas de lluvia
sobre la libertad y las banderas.

Tampoco nadie sabe cuánto tardan los sueños
en ponerse intratables de sus mentiras,
en doler por los muebles de la casa
tropezando con todo y rompiendo las copas.

Cuando expulsé a los sueños
para no traicionar la realidad,
conocía su herida,
el peso de la noche y su presencia,
pero no calculaba su vacío.

El vacío de un sueño
pesa como la risa de los cínicos,
como los ojos débiles que miran a otro lado,
como el soberbio de pureza fría
que vive más allá de las tormentas.

Los paraguas se vuelven del revés 
por decisión del viento de levante,
y la altura del cínico
se parece a una torre de marfil
igual que las promesas del ingenuo.

Llamo para pedirles que regresen,
me humillo en el teléfono, les digo
lo que quieren oír sobre su ausencia.
Y cuando vuelven tengo preparadas
dos camas en distintos dormitorios,
dos frentes, dos verdades
al otro lado del pasillo,
para quedar en medio y vigilarnos.

Si beben demasiado, no les dejo
negar la realidad de forma temeraria.
Y si yo me comporto como un cínico,
se abrazan a mis pies, menos azules
y muchos más cansados,
para que no los borre de mi agenda.

Resistimos así el paso de los años.
Convivo con mis sueños,
pero en habitaciones separadas.

Luis García Montero


No conocí el amor para ponerlo en verso

Ha sabido del mundo y muchas veces 
he sabido de ti.

He sabido por horas la distancia
que cabe en un amor
y lo cerca que están
dos plantes de un hotel cuando amanece
o dos habitaciones de número lejanos
antes de que se escriba ningún verso.

He sabido por tanto que la noche
no buscó este poema,
porque nunca se olvida
de los ojos del gato y de sus campanadas,
de los ruidos que hace la luz de las estrellas,
del tiempo que murmura
sus olas de familia numerosa.

He sabido también que la esperada y triste
novela de la lluvia
no tenía dos sílabas y un rayo 
sino todos los huertos, y todos los cristales,
y todo el mes de marzo entre las hojas secas.

He sabido leer las instrucciones
de las tardes de invierno, del perdón telefónico, 
de los días después y el mañana nos vemos,
del avión que aterriza, de la luna
redonda como el sí de los veranos,
mucho más mío que cualquier metáfora.

No se inventó Madrid para que yo te viese.
No conocí el amor para ponerlo en verso.

Lo he sabido y aplaudo 
como un público dócil
que cada cosa siga
el cauce libre de sus río.
Pero ocurre que el tiempo
desemboca en el mundo que hemos sido tú y yo
como se desemboca en un poema.

Luis García Montero


domingo, 3 de febrero de 2019

La cólera del tiempo se aplaca con las manos

Uno aprende a vivir y a echar raíces.
Y conviene también llover sobre mojado,
pisar la superficie de los ríos
hasta quedarse quieto,
hasta el agua templada en la cintura,
con un reloj de horas más tranquilas,
donde sea el recuerdo quien evoque al presente
y el porvenir se haga un minuto redondo
más nuestro cada vez y más anillo,
porque el viento se calma con caricias
igual que los caballos en días de tormenta.

Uno aprende a vivir,
a estar en cuerpo y alama en los ojos que miran,
en la voz que pregunta,
en los dedos sin prisa que recorren
la piel de los saludos.
Es necesario trabajar la vida.
La cólera del tiempo se calma con las manos.

Luis García Montero


Los recuerdos ayudan a olvidar

Vuelvo a sentir la noche de su voz
y a caminar por ella.
La ventana encendida y un balcón
apagado en la casa.
Eso había en su voz, como había en el mundo
una calle sin luz,
de postigos cerrados, y una sola ventana 
que ardía silenciosa.
Eso había en la calle, una luz encendida.
Eso había en la noche de su voz,
un balcón apagado.

Vuelvo a sentir la duda de su abrigo
doblar la esquina solitaria,
cuando yo la seguía. Vuelvo a oír
pasos que no hacen ruido y un deseo
de cruzar el invierno sin ser vista.
Eso había en su abrigo
cuando me descubrió y cerramos los ojos
para seguir viviendo 
en donde no se sabe.
Eso había en su abrigo.
Eso había en la casa.

Ahora vuelvo a penetrar a ciegas
en el amor antiguo, dejando que me lleve,
que conduzca mi cuerpo con sus manos
al fondo de la piel y de la noche,
dentro de sí, no llego a comprender
si el balcón apagado y el abrigo de entonces
guardaban el secreto de esta cita futura
o si la voz de ahora esconde mi pasado.
Eso hay en la noche y en su cuerpo de hoy,
ventanas encendidas, un balcón
amadamente oscuro
y otro cuerpo de ayer.
Eso hay en la casa.

Duele siempre un misterio en la complicidad.
Los recuerdos ayudan a olvidar.
Los recuerdos envuelven
como unos brazos,
como unas piernas,
como un destino.

Hablo más de la cuenta, ya lo sé.
Nos unen mis recuerdos y sus ojos cerrados.

Luis García Montero


jueves, 17 de enero de 2019

La realidad supone un buen negocio para la imaginación

Estoy agradecido a la imaginación,
amiga diligente que reserva
hotel en cualquier sueño.
Yo sé que busca ofertas, anota direcciones,
negocia por teléfono los días
y me invita a viajar lejos de mí.

Celebro su lealtad, pero también es hora
de que mis voluntades y sus sueños
se reúnan por fin en esta plaza
tomada por la gente y el otoño,
y que mi realidad
no sea una distancia, una pregunta
de extranjero, un adiós
rodeado de abrigos y horas muertas.

Por ejemplo aquel lunes
de vuelta a la ciudad. En el andén
el tumulto era lluvia sobre un pájaro muerto.
Pensé que la encontraba,
que me había engañado
al contarme el horario y el rumbo de su viaje
y volvía conmigo.
Pero no estaba allí,
entre las plumas negras del cielo cotidiano
y el reloj pensativo de la sala de espera.

Tampoco aquella noche
en el televisor. La casa ardía
turbia como la luz de una catástrofe.
Pareció que llegaba junto a las ambulancias,
destello silencioso
que caminaba firme
entre los cuerpos vivos
y el orden roto de las estadísticas.
Era sólo un error.

Estoy agradecido
a la imaginación: un arma blanca
en ojos solitarios.
Pero me gustaría que fuese más realista,
realista como octubre,
por lo que dice de la piel y siente.
Que sus viajes cambiase
los hoteles del sur por nuestra casa.

Luis García Montero


La lentitud tiene alas igual que el pensamiento y que las obsesiones

Amo la lentitud de los aviones
cuando todo parece más quieto y más lejano.
Quiero inventarme el mundo,
dejar que se conforma con mis ojos.

Suelo ver las películas sin voz,
nunca obedezco órdenes de los auriculares.
Adivino en la imagen
la historia recogida en un abrazo,
los motivos del odio y la venganza,
la cicatriz que marca la piel de una familia.
Voy poniendo palabras en los labios ajenos
como se dejan huellas en la nieve.

Suelo mirar el curso de los viajes
desde la ventanilla, lentamente.
Al fondo están los barcos, las islas montañosas, las ciudades nocturnas.
Adivino sus nombres,
juego con su color para ordenar los mapas.
Voy rozando las nubes de un planeta más limpio
como se sirve un día de amor en un recuerdo.

También me gusta verte
mientras estás  dormida.
Suelo pensar tus sueños, lo que tal vez sucede
bajo la luz oscura de tus ojos cerrados.
con qué cuidado eliges la ropa, los pendientes,
la sonrisa pintada en un espejo,
los tacones que mueven al andar
veinte mil pies de altura.

Lentamente contigo, como en una obsesión
formada por el aguar al cabo de los siglos,
voy poniéndole rostro al hombre que te besa,
mientras cierro los ojos para pensar mi cara
y notar el sabor de tu lápiz de labios.

Luis García Montero


sábado, 12 de enero de 2019

Un golpe de azar nunca abolirá mis dudas

Un extraño vapor, el sueño líquido
que hace noche en la piedra,
un paso descuidado del carbono
y la imaginación de las temperaturas,
tal vez sean el único
origen de la vida.

Otras explicaciones
negocian el destino con la seguridad.
Dios ha creado el mundo... Que se haga la luz,
tiriten las estrellas, venga el agua
a llenarse de peces y los cielos
de pájaros perdidos en las nubes
igual que las miradas
de los que temen la tormenta.

A través de los siglos
eso repiten sacerdotes agrios
con la pura certeza de su dogma.
Todo estaba previsto y era lógico:
las corrientes del mar, las gravedades,
el arañazo rojo de los amaneceres,
la causa lóbrega del bien,
la mecánica impura de mis revoluciones,
los ojos encendidos
con los que miras el reloj
para decir nos vamos,
la voz confusa
que tienen los amantes
al cruzar el pasillo de un hotel.

Pero yo sé que el universo
y la vida son fruto del azar,
una química extraña
después de una explosión
que nos hace rodar
por las velocidades de la luz.

Y da miedo pensarlo,
nada de lo que ocurre ha estado nunca escrito.
Ni siquiera tú y yo.
Si no hubiese llovido en mi ciudad
durante todo un año,
si los barros inhóspitos no hubiesen
conducido mis huellas,
si el corazón vacío y sus palabras torpes
se hubieran conjurado para cerrar la llave
como bares nocturnos sin clientes,
si no hubiesen podido
caer de nuestra parte los teléfonos,
los dados de la química y de los almanaques,

y si los meses de aquel año
no hubieran presentido
una sola estación para nosotros,
por encima de junio y de diciembre,
bajo un sol con tu nombre,
la historia de este amor,
porque nada está escrito,
sería solamente un imposible
de los ojos que temen la tormenta.
Y da miedo pensarlo.

Luis García Montero




El provenir es una negociación con el pasado

No tengo nada que escribir.
El día es más humilde que una página en blanco.
Pero la luz de invierno
entra por el balcón y da en los libros
que viven en la casa de Granada.
La luz de invierno llega para dejarme estar,
para que yo me agrupe
como un día de sol en un recuerdo.
Se acaba el año 2009 en esta buena soledad,
en este paso débil de los coches,
en estos libros viejos tantas veces leídos y hace tanto,
en una habitación que no trabaja
y pierde muchas horas
para que yo comprenda
la última verdad de esta butaca y le dé la razón
mientras me lleva de la mano
hasta el lugar donde aprendí a sentir
como la nube rota sobre un muro.
Repito que fue hoy, en esta casa de Granada,
con todo lo que puede mantenerse en su sitio,
la carta con el sello encima de la mesa,
el lector en su rumbo,
la luz en la ladera de los libros,
y las fotografías en su debido tiempo.
Porque un engaño así no tiene gravedad y es un recurso,
porque debemos siempre negociar el pasado,
porque la nieve es uno de los míos,
y se confunde con el sol, y cae,
y borra huellas demasiado precisas 
como aliada de la resistencia.

Luis García Montero