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miércoles, 18 de marzo de 2020

Queriendo

Casi sin querer, ocurren las cosas más increíbles de la vida, y eso viene a recordarnos Defreds con este libro.

El hombre invisible que convierte en bello lo cotidiano, el chico de Vigo que dibuja imposibles con ciento cuarenta letras, y en ellas te atrapa con la sencillez de un mago veterano, con la cautela de un joven lobezno, con la tímida sonrisa de las fotos de colegio, o la hora del recreo, con un as en cada manga.

Conocí a Defreds gracias a Twitter, y aún tenemos deuda de abrazos. Detrás de la @ se esconde un tipo honesto, un malabarista del olvido, y aún tenemos deuda de bares. Aquí hay poesía, pero sobre todo hay personas. 

Y mujeres. Porque en estas páginas están todas las mujeres de sus vuelos; las de paracaídas y las de amerizajes, las de fallo de motor y las de exceso de equipaje. Las de parasiempre y las de nuncajamás. Y tal vez, todas sean una. Así, sin querer. Ella.

Y paisajes. Porque en este libro están todos los lugares; los de la infancia, los de la adolescencia y los de mañana. Como un viaje al pasado haciendo escala en el futuro, como un beso en la cima con el viento de cara, como el tacto a escondidas en el cine del pueblo, como las cremalleras temblando de miedo.

Como las escapadas de sábados épicos.

Adelante, queridos lectores, en estas páginas no hay secretos, solo palabras que Defreds ha escrito para nosotros, casi sin querer, queriendo.

Diego Ojeda




miércoles, 10 de julio de 2019

Calle libertad

Siempre supe que en esta calle me esperaban otras vidas.
Amores extraterrestres, historias de otra categoría, noches imborrables al abrigo de canciones eternas.

Es una calle sin mar
donde la noche siempre es mentira,
donde no existen relojes,
donde el destino es un caos imparable,
donde me siento extrañamente feliz.

Es una calle que se puso de nuestra parte, en el fondo de aquel bar, con tus manos tan leves, y mi mirada buscando tus labios.

Esa noche acabamos bajo las mismas sábanas, y en la penumbra de nuestras caricias tu pelo tenía olor a viento y mis dedos tendiendo a infinito.

Queríamos ir despacio,
pero gastamos la imprudencia
de saltar todos los procedimientos.

Han pasados semanas, meses y años y ahora solo eres un leve recuerdo.

Como en todas las mejores historias,
lo nuestro (que nunca llegó a ser)
también acabó
con un final inesperado,
yo sin ganas de un hasta luego
y tú pidiendo tiempo.
Tiempo
que se convirtió en olvido.

Ahora recuerdo la frase de aquel poema: «Una mujer es como un reloj de arena».

Diego Ojeda

sábado, 2 de febrero de 2019

Algún día lo sabré

Os voy a hablar de una flor,
de una noche en otro planeta,
de unas manos de terciopelo,
de la belleza, 
digo, de su mirada.

Que vi en ella a todas las mujeres,
a todos mis pasados mejorados,
que ya conocía su abrazo,
que se quiere
como todos deberíamos querernos,
y eso le hace grande,
eterna, 
chica de contrastes
con las cosas claras,
supernova
que vuela en territorio libre,
y esa puta sonrisa que se sale de todas las fotos.

Sin misterio no hay belleza.
Os hablo de una mujer
que brilla por encima 
de las estrellas,
que no sé, parece feliz.
Algún día lo sabré.
Quizá.

Diego Ojeda

jueves, 31 de enero de 2019

Lo que fuimos

A Peter Pan...

Fuimos lo que fuimos 
porque nos empeñamos en serlo.
Triste costumbre de acostumbrarnos
a meternos en la cama con disfraz
pensando que después de follar
todo iba a ser diferente.
Como si la vida cambiase tras un orgasmo.

Diego Ojeda


sábado, 30 de diciembre de 2017

Siempre

Quítate las dudas,
que tenemos la vida a favor
y quiero pasarme la noche
recitando poemas en tu lengua.

Hoy no me interesa la seguridad
pero me acojona no volver a verte.
Sé que todos necesitamos heridas para estar vivos
pero me he ido ya de tantos sitios, corazón,
que a veces preferiría estar muerto
y alquilarme un piso sin ventanas
en los dos interrogantes de tus ojos.

Te entregué un cuerpo roto de soledad
y me devolviste limpio de caricias,
te mostré el catálogo secreto de mis heridas
y me besaste los ojos con tus manos
y justo ahora
que veo las cosas claras si te tengo enfrente,
que tus ojos son los únicos que me salvan de este mundo,
me convertiste en invisible
y me iré para siempre.

Siempre es hoy, todavía, 
y lo que dura un paseo por Madrid
contigo de la mano.
Siempre es una terraza con las vistas al cielo,
es bailar borrachos en un piso compartido,
es tirarte al suelo y chuparte al alma,
es pintar con besos las señales de prohibido,
es esperarte
aunque sepa que no soy el único. 

Tal vez pasen los meses 
y recuerdes lo nuestro
como dos días de lluvia y otoño,
como un romance de libro,
como una inspiración,
o tal vez sea yo quien recuerde
que huí de tu nombre
porque era un lugar demasiado perfecto,
que amé tus veintiún años
con la misma inocencia que un cinco de enero,
que te entregué mi corazón a mar abierto.

Yo me alejo.
Tú no me olvide.

Y si me echas de menos
no me busques entre tus cosas,
búscame entre tus brazos.

Diego Ojeda


El error

Hace un año que volvimos a intentarlo,
el verano me explotó en el pecho,
el frío salió a cubierta
y en defensa propia salí a buscarte.

Los días sin verte
fueron playas desiertas,
informes semanales de cuentas en rojo,
monólogos con tu recuerdo.

Tú escribiste mi nombre
en una hoguera
-siempre tan dulce y violenta
como una canción de Chaouen-
y encontraste calor
en el hueco de otros brazos.
Yo busqué lo imposible
y llegaron las llagas,
los gigantes del pasado,
el presente imperfecto,
el presente imperfecto,
el quizás que contigo
siempre fue mañana.

No sé si fue un acto de amor o de locura
pero cansado de esquivar sueños,
de echarle la culpa al destino,
volví a mirarte de cerca
en el mismo coche 
donde nos despedimos.

Volvimos a estar a dos besos del suelo.

Hoy sé que fue un error
volver a intentarlo.
Pero arrepentirse de lo vivido
sería llenar de tachones de mi autobiografía.

Diego Ojeda


jueves, 28 de diciembre de 2017

Is your love in vain?

 1 de julio de 2012

En una noche de verano volvimos a ser campeones.

Barrimos la tristeza de este país con abrazos épicos,
abrazos que no entienden de horarios ni custodias,
míticos como el penalti de Ramos a lo Panenca,
poéticos como el 4-0 a Italia.

El fútbol no es más importante que la vida
pero son muchas derrotas diarias
y tu recuerdo es más amable
después de probar la gloria
durante 90 minutos.

Esa noche regresamos al país de la fortuna,
fuimos la banda sonora de Madrid
en el mejor garito de la ciudad,
fuera las calles rugían de euforia,
dentro, aclamábamos a Silvio, Aute y Serrat
en nuestra celebración propia, íntima,
como el primer encuentro de una pareja
donde es más importante acariciar que morder.

Cierto que no fue el edén,
pero pocas veces estuve tan cerca del paraíso 
sin haber planeado antes las circunstancias.
Cuatro músicos y un camarero,
cinco hombres especialistas en atraer a las mujeres
por nuestras heridas
fuimos reyes por una noche
que duró lo que dura un beso con quince años.

Todo acabó
-como terminan los principio de todos los finales-,
y se volvió amargo el sabor de la victoria
cuando Quique arañó mi gintonic
versionando un tema de Dylan
Is your Love in Vain?

Recogí mi corona del suelo,
cerramos el bar
y me fui con la luna debajo del abrazo.

Diego Ojeda


Para que vuelvas

Como una bala triste.

Como una décima de fiebre.

Como un libro de poemas.

Como un simulacro de vida.

Como un pelotón de flores secas.

Como un mensaje roto en el contestador.

Como cuando ya es demasiado pronto para nada.

Así me quedé yo

el día que te marchaste.

Diego Ojeda



martes, 26 de diciembre de 2017

De ti quiero seguir hablando

Ya he escrito algunos poemas que hablar de ti.
De nosotros. De nuestras inseguridades.
De Madrid. De nuestras mentiras.

Y de ti voy a seguir hablando.

Quiero que todos sepan
que te conocí en septiembre,
que la poesía tuvo la culpa,
que mi vida era una gramola rota
de canciones de desamor,
y tus ojos la banda sonora
del fin del verano.
Te supe antes de verte,
te sentí mucho antes de tocarte
y vi volar tu vestido
saliendo del metro de San Bernardo.
Aquel semáforo en rojo
fue una cadena perpetua.

Pactamos dos cafés
y acabó siendo una noche entera,
nos bañamos de sidra,
nos tragamos la tristeza de un suspiro
y la calma se adueñó de nosotros.

Podría publicar una trilogía
hablando de nuestros besos
pero voy a resumirlo
contando que el planeta se quedó en silencio.

No venías por nada
pero te llevaste todo
y cuando encontré tu sombra
ya habías desaparecido.

Luego vinieron otras noches,
otros planes,
otras despedidas
pero nuestro cuento
se escribe por fascículos
y esto es sólo el primer tomo.

El amor
ya está pisándome los talones,
el miedo
recordando todas las derrotas
que me trajeron hasta aquí
y el porvenir
escribiendo las seis letras de tu nombre.

Diego Ojeda



Llegué tarde

Llegué 
tarde
a tu vida.

Jamás 
volveré
a confiar
en la hora
que marca
un corazón.

Diego Ojeda


Pilotos, médicos (...)

Pilotos, 
médicos,
cantantes,
arquitectos,
cocineros,
electricistas,
boxeadores,
poetas,
funcionarios,
cirujanos, 
taxistas,
actores,
futbolistas,
diputados 
(...)

todos hemos llorado por alguna mujer.

Diego Ojeda


Casi

Ni te quitaba la ropa
ni llegaba a ponértela nunca del todo.


Fue casi sexo,
fue casi amor.

Diego Ojeda


miércoles, 20 de diciembre de 2017

Siempre, quédate

Se ha velado el carrete
de nuestro pasado
mientras tú me hablas
de volver a intentarlo.

Ya conocemos ese país
gobernado por el rencor
al que no debemos volver nunca,
le hicimos una declaración de principios al invierno
y enterramos nuestras heridas
en el tímido adiós de una despedida ficticia.

Sabemos que la felicidad
siempre corría en otra dirección, 
tal vez porque estallamos cien mil veces
en todas las esquinas
de cada malentendido.
Vivimos durante meses
cambiando de estación cada semana,
pasando página sin arreglar los desperfectos,
dejando sin saldo al porvenir.

Podría contarte
lo que piensa mi psicóloga
sobre nuestra historia,
pero mejor no me digas
lo que piensan tus amigas.

Quiero saborear el paso de los días,
quiero escribir París en tu mejilla,
quiero que el riesgo
se vuelva a apoderar de nuestros cuerpos,
mientras te hablo de volver a intentarlo,
mientras te digo, como siempre,
quédate.

Diego Ojeda


sábado, 9 de diciembre de 2017

Agradezco que existas

No te engañes,
no escupas fuego
hablando de nosotros 
y deja de decirme de una puta vez
todo lo que podíamos haber sido 
y no somos.

No te engañes, mi vida,
no me eches de menos
si sabes que estoy a tu lado,

que yo siempre estoy aquí
aunque no me veas,
que yo siempre estoy aquí
aunque siempre me esté yendo,
que yo siempre acabo quedándome
y agradezco que existas.

Agradezco que existas
aunque a veces duela,
agradezco que existas

porque el amor que no quema
no mata
y no quiero morirme contigo.

Agradezco que existas
porque pusiste todo
donde no había nada,
porque te hice inmensa
y aprendí a amarte
en todas las cosas de este mundo.
Igual que tú me amas
en todas mis versiones,
con todos mis gigantes,
igual que amaste mi isla,
igual que amaste diciembre
y el sol más ardiente de Mayo.

Así que no te engañes,
que tú y yo ya encontramos
el misterio de ese lugar
donde no hay ayer ni mañana,
y la vida,
nos escogió
como únicos protagonistas
de esta historia.

Diego Ojeda


Primavera nueva

No voy a volver a sentir la ansiedad
de estar a tu lado sin poder tocarte,
no voy a dejar que te pierdas
ni que dejes de venir,
no quiero que el pasado
sea un desfile de reproches cansados,
de manos atadas a viejas promesas,
de corazones con torniquete.

Yo no puedo quererte a cuentagotas,
no sé domesticar mis palabras,
soy alérgico a los horarios
y a los brazos burocráticos,
pero puedo inventarte cada noche
un cielo nuevo,
apagar el ruido,
romper el silencio,
devolvernos la vida en cada gemido.

No quiero que vuelva a nevar
en esta casa,
no quiero arder en la sal
de las heridas que silenciamos,
no pienso ocultar
ni un día más nuestra historia.

Si hasta los ciegos nos ven,
los niños del barrio hablan de nosotros
y la pena fue vista esta mañana
huyendo en un vagón
hacia nunca jamás.

Esta nueva primavera no nos engaña.
Ahora los domingos huelen a otro perfume
y le he puesto un imperdible
a mi futuro contigo.

Diego Ojeda


domingo, 3 de diciembre de 2017

Fin

En contra de Cupido
tengo veintiocho catorcesdefebrero, 
un armagedón en el vientre
y el códifo de barras de mi ansiedad.
Mujeres que llegaron del espacio,
besos baratos,
despidos improcedentes
y un corazón acostumbrado
a adelantar siempre por la derecha.
Un fotocall con mis miserias,
conversaciones privadas con mi terapeuta
y una historia de un dErrUmbAmIEntO.
-como diría mi amigo Escandar-.

Siempre he sido el protagonista de la huida,
París no existe
y con ocho años me rompieron por primera vez
el corazón en cien mil trozos.
Se llamaba Irene 
y yo Apolo,
porque fui capaz de enviar hasta mi alma
una muerte rápida y dulce de deseo,
de autocompasión,
de soledades.

Luego viajé como turista
al centro de mí mismo
y adelanté el vuelo de vuelta.
No fui capaz de soportar tanta sequía.
Mi niño solo suplicando afecto,
actuando para nadie en un teatro sin butacas,
buscando a mis padres entre el público.

Mi adolescencia
fue un ramo de rosas negras 
y la poesía el único lenguaje
libre de impuestos.
Alquilé una mansión en sus ojos
y encontré un hogar 
en el ártico de su blusa.
Una familia.
No voy a decir su nombre.
Ha pasado mucha vida.

Silvia fue el verano de mi juventud,
las primeras canciones,
el sur de mi isla,
perdió la inocencia a mordiscos
y fabriqué un bozal para sus heridas,
ella destapço mi sexo
y arañamos con nuestro sudor
portales,
hoteles
y terminales de autobuses.
El piercing de su ombligo
es la única fotografía
que aún conservo de nosotros.
Voy a omitir los desperfectos.
El seguro se hizo responsable 
y me retiraron la póliza.

El invierno llegó a mi vida
en forma de gatillazo,
de mujer fatal, 
de copa rota,
nombrarla sería encasillarme
en las cuatros letras de su nombre,
fue un área de descanso turbulento,
un viaje sincopado
entre el odio y el perdón.
Hoy apenas la recuerdo
pero le debo tanto...

Lo dije todo en mis confesiones:
este fue un tiempo 
de escalas constantes en muchos cuerpos,
de camas debajo del escenario,
de incendios en los ojos.
Asesiné a Afrodita
y me juzgaron por ello
pero entonces llegó Raquel y pagó mi fianza.
Aún no sé sí he sido capaz de saldar tanta deuda.
Lo nuestro fue imposible a pesar de los aviones.

Mi último puerto 
fue una mujer de iniciales
de la que sólo recuero la "R".
Caí en su trampa,
bajé al infierno,
fui cómplice del desastre.

Arranqué mis galones,
probé de la cicuta de sus labios
y todo,
todo fue nieve.
Ella fue la última dama
que me dejó en jaque,
siniestro total en el tablero,
el punto de colisión más alto.
No pudieron hacer nada por nosotros,
soplaron nuestra vela
y no nos dio tiempo a pedir un deseo.
Ni ella estaba tan loca
ni yo tan cuerdo.

El amor no es estadística
y ni Gauss ni su campana
van a venir a explicarme
por qué nunca formé parte de la mayoría,
por qué he sido siempre un tapón sin rosca,
una reforma sin escombros,
un transatlántico sin tripulantes,
un heredero sin parientes.

Para esto no ha respuestas, 
sólo caminamos,
y la mecánica del corazón
nunca es exacta.

Estamos llegando al final
y siento que es el principio,
Cupido ya no me asusta, no me persigue.

Mi niño solo se está durmiendo
-como se apaga una vida-
y mi hombre ha dado a luz
al adulto
que hoy te mira
con ojos constantes, 
con orgasmos sin máscara,
compañeros sin contrarreloj,
sin miedo de un amor posible.

Grietas sin goteras,
metáforas de una felicidad
no programada, 
el arte de volar
sin manual de supervivencia,
el sueño de beberse la vida
sin contraindicaciones,
un catorce
o un treinta y uno de Febrero,
para un instante,
o para toda la vida.

Diego Ojeda