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jueves, 31 de mayo de 2018

Todos cantaban versos de amor

Me llueves. Me deshaces. Como azúcar.
Me desnuda. Me vistes de suspiros.
Me besas por los puntos cardinales.
Me abrazas en los árboles del cielo.

Te sueño entre las nubes a las cinco
y las siete me pierdo por tus ojos.
Te espero con la vida en los bolsillos.
Desayuno en la mañana de tus labios.

Me llamas. Me desarmas. Me recorres.
Me meneas las dudas y las manos.
Me santiguas en todas las esquinas.
Me asaltas las palabras y los nombres.

Te rebusco los huecos y las sombras.
Apuesto por tu cuerpo a luces plenas.
Te persigo por dentro de tu falda.
Me muero en tu sonrisa y en tu blusa.

No caemos los dos en el abismo
de la carne, tu sangre presentida.
Nos morimos los dos. Me resucitas.
Me matas a mordiscos. Nos vivimos.
Y, si no, que venga dios y lo vea.

Rodolfo Serrano



Telediario

Una mujer en una manifestación por la educación pública:
"Tenemos que protestar si no queremos perder nuestro derechos".
Un político: "No cambiaremos nuestras políticas
por muchas protestas y manifestaciones que se hagan".



Cuánta tristeza. Cuánto

dolor en las palabras que ahora escucho,
derrotado frente al televisor.
Por las calles, se extiende, como un sueño,
la impotencia, las manos que no tienen
más que el blanco vacío, el imposible
afán de la tormenta que no llega,
que ha de limpiar las plazas y los cuerpos.

Un futuro sin nombres ni amapolas.
La soberbia se sube a los caballos,
deshace claros días, atraviersa
con la lanza del odio la esperanza.
Mata la voz del hombre, lo aniquila,
lo entierra entre palabras. Hay un vómito
agrio de vino y sangre en el asfalto.

Y todo, todo está como si nada,
como si todo fuera una noche interminable,
el deseo de un fuego ante la cueva,
la nostalgia de viejos paraísos,
la sensación del miedo, el lento pulso
de un corazón cansado y ya vencido.

Más allá de esas voces se levantan
unos labios abiertos a la vida,
los cuadernos y libros escolares,
el alma de los niños, la tristeza,
el pan de cada día y las canciones
de amor, la piel de las estrellas.

Cuánta tristeza. Amor, cuánta tristeza,
cuánto dolor, ahora, ya perdidos
para siempre los mapas que nos trigan
el tesoro de las islas a nuestras manos.
Mas salgamos al mar. Vente conmigo.
La bandera pirata es ahora nuestra
y John el Largo nos guía hasta su isla.

Rodolfo Serrano



Nada parecía tan cercano

Y luego estaba el mundo. La tristeza 
de una habitación deshabitada.
Estaba el hombre. Y ese puro instante
en que la vida misma se asomaba
como un sueño sin dios ni pastillas.

Vivíamos sabiendo que las cosas
no tienen el final que uno desea.
La palabra y el viento conocido,
los años por el agua, cuando todo
es una fiesta inútil y perdida.

Devorábamos besos. Y las manos
buscaban los momento más intensos,
la pureza de una carne en la alta noche,
el deseo más limpio y primitivo,
las horas desatadas de los días.

Y cuando todo al fin fue cuerpo muerto
y vinieron a la puerta los temores,
entonces no supimos enfrentarnos
a la desesperación de haber perdido
el paraíso, la patria de la infancia.

Rodolfo Serrano


martes, 29 de mayo de 2018

Los indios rodean a custer

Todos tenemos algún rincón maldito,
aquel en que guardamos los adioses,
las palabras de amor que no dijimos,
los besos que pedimos, las caricias
que nunca nos llegaron. Pero siempre,
cuando la luz se enciende
en el bar que nos pilla de camino,
hay un momento, escondido entre los vasos,
en que parecen como si viniera
ella a beber los besos que dejara
a medias esa noche, la del miedo.

Entonces, sólo entonces, recordamos
la barra y los neones que hace tiempo
eran feliz preludio de la carne.
Y todo nos parece letal y muy hermoso.
Lo mismo que un revólver con las balas
de plata o un despertador de madrugada.

No hay que buscar ya más. Está ya todo
vencido y recordado. No podemos
resucitar al vampiro nos con un beso,
y Lilit jamás nos buscará fuera del paraíso.

Así que, así las cosas, aconsejo
en días como estos que te cuento
que te acopies de alcohol y bien armado
ocupa tu lugar en esa empalizada
donde saber que al fin el enemigo
te arrancará el corazón. Estamos rodeados.

Rodolfo Serrano


Todo irá bien

Todo nos irá bien porque la vida es larga.
Vendrán nuevos amores. De éste nuestro
nos quedarán los días del recuerdo, y esas noches
en las que tanto creíamos y gozamos.

Un día no sabremos si este ansia que sentimos ahora,
este no despertarnos sin un cuerpo en la cama, la alegría
de no tener otra riqueza que unos labios
eran tan sólo el sueño de Ismael buscando la ballena.

No habrá amor más allá de nuestras manos,
de las noches contigo, del teléfono
sonando en punto cada día.
Y mañana, al caer las catedrales, cuando la tarde busque
el camino de pájaros, el último cigarro
encendido en tu boca,
podremos resumir la historia de dos nombres
en la palabra adiós. Y no seremos más la dulce sombra
de un recuerdo que ahora nos asusta.

Todo irá bien. Seremos siempre
lo mejor de la vida, la envidia de los otros,
pedazos de metralla en esta guerra de carne enamorada.

Tú me recordarás cuando contemples
a una muchacha oscura sentada en un café
que espera y fuma.

Y te recordaré de madrugada,
cada vez que despierte y esté sola. Cuando venga
la tristeza a buscarme. Cuando lea,
olvidada tu boca, cualquier libro de versos. Y no sufras.
Todo nos irá bien porque la vida es larga. Y ahora mismo
nos amamos y decimos adiós a lo que fuimos.

Así decías, de pie los dos, después de haberte amado,
en la esquina más fría de la cama.
Han pasado los años. Te confieso
que nada me fue bien.Pero la vida
se me ha hecho muy larga sin tu cuerpo.

Rodolfo Serrano



lunes, 28 de mayo de 2018

Los caminos del agua

Cuando tú aparecías el día se quebraba en mil pedazos.
Y el mundo era más alto que la más alta estrella.
Venías de las sombras y de estaciones frías,
de los cuchillos anchos y de la piel desnuda.

En ti no había más nubes que las de los veranos
en que yo te soñaba sin conocer tu amor de agua.
Para mí no existían más manos que las tuyas
ni más besos que aquellos que nunca me habías dado.

Pero puedo decirte que en los acantilados
de todas la mareas estabas, como el tiempo
de la desolación, de amor de hotel y de una noche.
Tan lejana y tan cierta como el paso del miedo.

Me perdía yo entonces en otras sensaciones
de alcohol y de mujeres que bebían el viento.
Y tú estabas en ellas, como si todo fuera
la verdad y la muerte de un espacio vacío.

Fue encontrarte y saber que todo comenzaba
en tus manos pequeñas y tus pies de racimo.
Uvas para el recuerdo, desgranando despacio
la insensata quimera de que en ti era la vida.

No he vuelto a ser el muchacho que un día
fumaba cigarrillos y te mandaba versos.
Y hoy que el mundo no existe, mi deseo sería
perderme entre tus brazos. Y otra vez me encontraras.

Rodolfo Serrano





Tiempos duros

Tiempos difíciles, amor. Son tiempos duros
en los que viene el corazón hecho pedazos.
La espera de los días, cuando ya todo muere,
es un largo camino que conduce al pasado.

Aquí, a tu lado estoy como si todo fuera
una canción, tristeza, en los cortos latidos.
La vida se nos cuela entre voces y versos.
La vida es un instante que ahora siento más mía.

Para amarte, mi amor, para que todo cambie
quiero enviarte besos, mil rosas amarillas,
detenerme esta noche en tu cintura abierta
y recrear el mundo que cabe entre tus manos.

No habrá teléfonos diciéndome tu nombre.
Ni podemos soñar con los viejo amantes.
El pan de cada día no tiene el hambre ahora
de aquellos años puros cuando el hombre nacía.

Me refugio en tu sangre para vivir sin sueño.
Me detengo en tu breve cintura y se desatan
los minutos gloriosos cuando era la esperanza
el vino de los pobres y el mañana más cierto.

Y despierto a tu lado, mientras el mundo sigue
como un perro sin amo, golpeado y herido.
Pero habrá otro mañana. Lo veo en la sonrisa
de los niños que vienen a tu cama a buscarnos.

Rodolfo Serrano


Agua para tu piel

La vida es lo que ocurre mientras busco
tu boca en otra boca. Y el deseo.
Es la mitad de un cuerpo entre las sábanas.
Un cigarrillo suelto. Y el café de la tarde.

Es la calle de entonces. Esos tragos
para beberte, el ansia de saberte
perdida entre la noche y viejos barcos.
La desesperación de no ser ángel.

Un espada en la carne estremecida,
ese espacio de luz apenas visto,
las ganas de llorar, y tu voz rota,
la boca donde el mundo se hizo niño.

La vida para darte y que no tengo.
Un futuro de globos y de miedos.
Las manos que no encuentran.
El hombre en la caverna de los dioses.

La vida está. Despierta fugazmente.
Pero ya no vendrá. Tiempo de ira.
Inevitable tiempo. Vida ahora.

Agua para tu piel que no lo sabe.

Rodolfo Serrano


viernes, 25 de mayo de 2018

Fábricas abandonadas

A mi amigo Fran Fernández, que me regaló este título.



Como esas fábricas, recuerdos de un pasado muy lejano,

vacías y dejadas de la mano de Dios y de los hombres,
con el olor del polvo y del aceite de máquinas paradas,
y el hollín recubriendo paredes y baldosas, el cemento
agrietado y el silencio ominoso de la vida que ha sido.

Los mismo que esas fábricas, viejas y abandonadas,
ya sin nadie y sin nada, corazón oxidado del acero,
sin sueños ya, sin sueños y sin voces,
y con el sol de invierno
entrando por ventanas que ha dejado de calentar la vida.

Mis días son lo mismo. Y son como vencejo
buscando entre los muros la salida hacia el cielo.
Mi corazón cansado no tiene ya el recuerdo del tiempo enamorado.
Hoy se rinde, vencido, entre la viejas ruinas donde todo se muere
y la vida es tan solo un recuerdo lejano donde reina el silencio.

Rodolfo Serrano


Pasión de amor

Amarte tampoco es tan difícil.
Es el oírte hablar o ver la tele.
Que me des empujones mientras duermo,
ir contigo a la compra, hablar de libros
o que me pases la mano por la frente
cuando te digo
que estoy con fiebre y sueño.

No es difícil quererte apasionadamente.
Se trata de comer sin decir nada,
cada uno a lo suyo, y muchas veces
ni siquiera escuchar lo que me dices,
o enfadarme si no encuentro la camisa
que tanto te molesta y me escondes.

Amarte con desesperación es muy sencillo.
Basta con sorprenderte sonriendo
cuando cuento un chiste malo o me comentas
la última que te han hecho en el trabajo.
Amarte también es cuando acaricio tu piel
por debajo del vestido y te escucho decir:
"¿es que estás tonto?".

Al fin y al cabo, amar deber ser eso:
la rutina diaria que no puede
acabar con los besos que un día fueron
ni con los que aún nos quedan por delante.

Rodolfo Serrano




jueves, 24 de mayo de 2018

Volvió

Y de repente apareció en su vida haciéndole renacer de los escombros, sanando las heridas, llenando cada vacío de amor. Y con eso volvieron las mariposas en el estómago, las sonrisas sin motivos, las ganas de volver a creer, a sentir, a soñar. Le devolvió las ganas de seguir creyendo en eso que llaman amor.

Miguel Martínez


La primera vez

Esa primera vez -no sé si la recuerdas-
estaba ya, mi cuerpo sin saberlo,
condenado a tu piel. Y tú no eras
la mujer de mi vida. Y yo tenía
el corazón perdido en mis asuntos.

Yo no te amaba aún. Era el deseo
corriendo a borbotones por mis venas.
Era un cuerpo, la carne, lo que andaba
arañando tu piel. Y hasta mis besos
eran necesaria pasión de madrugada.

Apenas si me hablaste. Susurrabas
con torpeza mis nombre. Y asustada
me mordiste en el cuello. No te dije
ni mi amor, ni mi vida, ni las cosas
que luego mordería de tu boca.

Cuando bebí de ti, cuando rompiste
en un grito imposible, cuando el mundo
se deshizo lo mismo que tu vientre,
ni siquiera -ya ves- en ese instante
me enamoré de ti. Sólo el deseo.

Esa primera vez, al levantarnos,
en silencio los dos y sin mirarnos,
y salir a la calle, tu cintura
grabada aún en las yemas de mis dedos,
buscamos un café.

Y fue en ese momento.
Sonreíste y alzándote en la silla
me besaste en los labios muy blandito,
Y yo miré tu cara. El dulce roce
de tus pezones rompiendo la camisa,
tus ojos que buscaban el recuerdo
de la pasión sentida en mis mejillas...
Y, sobre todo, ese gesto que luego adoraría:
tus dedos recorriendo la palma de mi mano.
Y fue entonces,
supe que te amaría para siempre.

Rodolfo Serrano


Tu abrigo

Adoraba tu abrigo portugués. Y yo pasaba
mi brazo bajo el paño azul. No he olvidado 
tu perfume. La dulce sensación
de un vientre que sentía
palpitar en la punta de los dedos.

Olías como huelen los puertos prohibidos, 
había olor a sal y a primavera. Algún lejano
recuerdo de las noches de bares y tabaco.
El color de una piel, hasta tu nombre
tenía sabor a brisa,
cuando el agua
era lluvia corriendo por tu pelo. Y el pecado
era buscarte debajo de tu abrigo.

Mi pequeña dulzura, café ardiendo 
en mis labios. La soledad de dos bajo tu abrigo.
Hoy no sabría
decir aquellas cosas como antes: me sentía
viejo y cansado y al mismo tiempo era
un niño cuando hambriento te buscaba
bajo tu abrigo azul.

Pero, entonces, y ahora mismo, cambiaría
todos y cada uno de estos versos
por oírte decir, como decías, abriéndome los brazos:
"Si tienes frío, ven porque 
cabemos los dos bajo este abrigo, vida mía".

Rodolfo Serrano




miércoles, 23 de mayo de 2018

Solos

Después de todo, estamos como siempre,
tan solos como el barco
de Holandés Errante,
lo mismo que una tarde de domingo,
igual que un niño
en el primer día de colegio.

Tan solos como siempre y derrotados.
Como si fuéramos César frente a Astérix
o Supermán ante la kriptonita,
o don Juan luchando
contra las estatuas
en el cementerio de Sevilla.

Estamos ya, mi amor,
en la tercera fase,
cercano sin siquiera comprendernos,
extraños como estaban
Lauren Bacall y Bogart en la Senda Tenebrosa.

Y, sin embargo -no sé como decirte-
daría la pierna que le falta a John el Largo
por volverte a tener
cuando en los cines
me cogías de la mano dulcemente
cuando Bela Lugosi sonreía
igual que yo al morder tu carne trémula
y beber de tu sangre hasta el delirio.

Rodolfo Serrano



Confesión de parte

Te digo que es de esas mujeres que te matan,
que tienen en sus dedos las caricias que queman,
y en su boca el océano cálido y primigenio.
Y debajo del ceñido pantalón vaquero
guardan la humedad asfixiante del trópico,
el olor de una playa cuando viene la noche.

Es de esas mujeres, amigo, que te matan.
Que tienen en su piel constelaciones
imposibles de abarcar con una mano.
Y en su sonrisa, en medio de sus labio,
puedes gozar de siestas y sudores
y comerte su lengua como si fuera un trozo
de corazón de azúcar, una roja sandía de verano.

No sé como contarte. Sólo un roce,
esa mano que, a veces sin quererlo,
se encuentra con su pecho al prender un cigarro,
basta para meterte en todos los infiernos
que deben de estar bajo el jersey de la lana,
en el vientre que aprieta su cintura imposible,
en sus piernas arriba, donde el pliegue divino.

Qué quieres que te diga. Cuando habla y te mira
se desahace en tu pecho el corazón que vive,
y el mundo no es el mundo, es una estrella rota,
un jirón de deseo. Y sabes que estás muerto
porque entonces comprendes que es de esas
mujeres que te matan, amigo. Y que ya no hay remedio.

Rodolfo Serrano




Tarde de cine

En la vieja pantalla de aquel cine de barrio
Marlon Brando miraba las piernas infinitas
de Angie Dickinson en un pueblo de TExas,
y nosotros sentíamos los cuerpos muy cercanos
lo mismo que si fueran figuras de película
en un technicolor de dramas y de amores.

Yo andaba por entonces persiguiendo tus labios,
intentando atraparte aunque fuera un instante
en la cárcel del pecho. Me llegaba muy suave
el olor de tu cuerpo, el sudor de la tarde,
y sentía el calor animal de tu piel que rozaba
mi brazo en la butaca de un verano cualquiera.

Sabíamos que era imposible no amarte.
Imposible dejar que tu boca se guera
sin esa sensación del mundo en unos labios,
y la humedad del mar en la saliva tuya.
Y tantas tentaciones que no podían dejarnos
desnudos en la espuma en lo oscuro del cine.

Pro yo, por encima de la carne y la sangre,
sentía que no era más que un pequeño grito,
la soledad de espiga, el torrente de vinos,
el sueño de los versos que nunca habían estado
más allá del cuaderno en el que dibujaba
fugaz un corazón, aquel que te buscaba.

Lenta, muy lentamente, me acerqué hasta tus brazos.
Y, cuando Brando miraba impasible tus ojos,
me rendí en tu cintura y supe que ya nunca
podría amar a nadie como te amé aquel día.
Y en mi mano retuve para siempre la dicha
de tus dedos de espuma que aún conservo esta noche.

Rodolfo Serrano



martes, 22 de mayo de 2018

Leyendo La Iliada

Era la tarde larga. Caminaba
por calles donde el aire era silencioso.
En mis manos, La Iliada. Releía
la guerra de los héroes.
Una muchacha, la misma que tú eras
hace ya tanto tiempo, me sonríe
al cruzar nuestros cuerpos.
Morena y tierna. El pantalón vaquero
ajustado como un verso buscado.

Despacio, lentamente, me sonríe.
Se aleja luego, y vuelve
la cabeza al instante. Me atraviesan
como la lanza de Aquiles las palabras
que jamás me dirá. Y sé que eres
tú misma la que hurga por mi pecho.
Tal vez el pelo sea
un poquito más largo y más moreno.
Y esos ojos
probablemente tengan muy poco de los tuyos.

Bien mirando, tal vez
su cadencia al andar no sea la misma,
ni el suave movimiento de sus manos.
Sus caderas, que todas
las naves de los aqueos no podrían sitiar jamás, sí me recuerdan
la redondez del cuerpo
que en las noches bebí como se debe
el placer animal de un amor nuevo.
Adivino su piel
debajo de la blanca camiseta. El bello tacto
que se esconde bajo el pliegue de sus pechos.

Sin embargo, en la tarde y el ruido de la calle,
hay algo que se rompe en el recuerdo:
la mirada burlona, esa ironía
que adivino en sus ojos cuando ella,
lo mismo que si fuera la Helena
causante de una guerra,
me busca de reojo
mientras muerden sus dientes
los labios del dios joven que la espera
en la entrada del metro.

Rodolfo Serrano