sábado, 15 de mayo de 2021

José Saramago

 Cuentan, y me consta que es verdad, que en el año 1984 decidió parar todos los relojes de su casa a las 4 de la tarde, hora en que conoció a Pilar del Río, el amor de su vida.

Desde entonces no ha habido nadie que haya encontrado un acto de amor romántico de una belleza comparable; y dudo mucho que vayamos a encontrarlo en toda nuestra vida.



Palabras de Mandela

 Me lo contó Federico Mayor Zaragoza, quien fuera director general de la UNESCO. Cenando junto a Nelson Mandela, este le dijo: Federico, yo soy optimista, el mundo encontrará la deseada paz en las próximas décadas porque las mujeres van a gobernarlo y con ellas pasa una cosa: solo usan la fuerza en ocasiones excepcionales, mientras que los hombres lo excepcional es no usarla.



1950-1967: PALESTINA

 Nuestro ojo se detiene en una tierra seca.

El sol golpea con violencia.

El plano de visión se va abriendo poco a poco. Una madre llora en la arena.

La muerte de un hijo. Se sigue abriendo el plano. Nuestra pupila enfoca desde el aire. Se detiene.

Un campamento. Refugiados. Tierra devastada. Ocupación.

Es Palestina. Es 16 de Diciembre. Es 1950. Allí nace un niño. Ese niño es mi padre.

Nacer en Palestina significa

tener la mirada llena de alambradas, no poseer más tierra que la de tus zapatos.

La ocupación convirtió la infancia de mi padre

en una palabra tachada,

en un brusco trayecto hacia la adolescencia.

Corría su niñez en pantalón corto

perseguida por la imagen borrosa de los amigos perdidos,

de otros niños arrancados de la vida a cañonazos.


Dice que su infancia fue feliz, con sus dos bolsillos llenos

de palomas muertas hasta los bordes.

Allí vio a la fatalidad, como un habitante más,

cruzando por la calle,

cruzando la alambrada,

cruzando hasta su vida,

la desesperanza empotrada en las costillas.


Dice que su infancia fue feliz.

Nunca quise preguntar mucho por su adolescencia.

Porque sé que fue un adolescente abrochado a un fúsil

un imberbe bajo el plomo.

No tuvo que ser fácil resolver esa ecuación:

guerra, ocupación y adolescencia.


Los primeros años de su vida se fueron por el desagüe de la historia, pisoteados por la bota militar del siglo XX.


La guerra lo convirtió

en huérfano de su propia niñez,

en viudo de su los mejores años de su juventud,

en el hijo ilegítimo de la derrota.

Aprendió a correr en 1967.

Transcurría la Guerra de los Seis Días en Palestina.

El desastre lo empapaba todo con sus manos. La muerte se bajó en su parada,

iba a por él y sus amigos,

a recogerlos en la valla del colegio. Tres jóvenes conforman la escena,

tres jóvenes reclusos.

Dieciséis años, dieciséis ventanas a la catástrofe. Palestina significa catástrofe. Ellos lo saben, nacieron en la tierra equivocada. Para otros tener dieciséis

pasaba por invitar a chicas hermosas a apurar la vida,

pero Palestina significa desconsuelo,

significa humillación.


Palestina es una vista panorámica del desasosiego,

el nombre en árabe de la desesperación.

Palestina es ningún lugar,

una tierra inexistente en los registros,

kilómetros cuadrados de amargura.


Como decía: dieciséis años, tres niños asustados, varios tanques a su encuentro. Allí vio mi padre a la amistad

colgar desangrada de esa valla

que uno de ellos no pudo superar.


Corrió. El corrió.

Corrió hacia las montañas, corrió como quien busca otra vida, algún despiste del destino que le permitiera contarlo.

Debió equivocarse la guadaña

porque quien escribe esto es su hijo.

Este poema es la deuda que tenía con él, con sus pies que nacieron descalzos y sin tierra,

con sus pies doloridos que no pudieron pisar nunca

un metro cuadrado de tranquilidad,

mi deuda con sus pies que corrieron bajo el fuego enemigo, mi deuda con sus piernas que temblaron bajo el fuego enemigo,

mi deuda con sus manos atadas por el odio enemigo.


Gracias padre, por correr para que yo estuviera aquí.

Seguramente en Palestina haya una bala fallada

con mi nombre escrito en el acero.


Yo sé que ha pasado el tiempo,

pero no se puede mirar a los ojos a la muerte y regresar intacto. Nadie puede.


Palestina significa ocupación, injusticia, derrumbe. En esto consistió la vida de mi padre allí.


Episodios como estos hacen

que uno nunca llegue a ser del todo adulto

y nunca pueda ser del todo un niño.

La infancia se va. El agujero permanece.

No conozco a ningún palestino

al que no le duela un país entero dentro.


Huir, plantar tus doloridas raíces en otra tierra

—como si eso fuera posible—

era la única puerta a la esperanza,

una vida sin señales de retorno. Es difícil vivir cuando siempre se está

a 15 minutos del estruendo,

tan al borde de otra nueva humillación.


Y de luto las palabras, de luto los hermanos,

de luto las escuelas y el refugio, de luto bicicletas,

de luto el aire la risa los olivos los pañuelos de luto.


Y luego el silencio.

A la historia de Palestina la acompaña el silencio.

Mi padre es un hijo del desastre

e hijo del silencio.

Todos los palestinos que abandonaron

un día sus casas para no volver,

aquellos que buscaron esquivar el daño en otra tierra,

son hijos del silencio.

Son los escritores de novelas sin páginas

que cuentan esas historias

en las que la obligación de emigrar

convierte a los hombres en familia de la nada,

con sus padres lejos, sus hermanos lejos,

con su patria ausente

y sus sueños desbaratados en alguna parte.


Debería acabar ya este poema.

Darle al botón de apagado del renglón.

Necesito un final.

Os contaré algo: lo que me produce saber que mi padre tuvo que soportar la brutalidad del hombre

siendo niño. Pienso en él con 5 años, temblando, en tierra hostil

con su cuerpo diminuto,

con su pequeña alma de refugiado y solo quisiera acudir en su busca

cogerlo en brazos, salvarlo de aquello,

cogerlo y acariciarlo,

poder acunar al niño que fue mi padre y protegerlo,

llevarle de la mano a algún parque

a comer helado, jugar con él, sentir su risa,

hacerle cosquillas, hacer lo que sea

para abrir las puertas que se le cerraron dentro

y que olvide todo lo que tuvo que pasar siendo tan frágil.


Y al abrazarlo, ser el hombre

que salva a todos los niños indefensos,

a todos los que pagan en su niñez

la brutalidad del mundo adulto,

ser el guardián entre el centeno,

salvar a quien se asome el precipicio.


Eso me gustaría.


Desde que tengo consciencia de esto,

jamás he dejado de preguntarme

—y ahora te hablo a ti, Padre—,

cómo lo lograste,

cómo lo hiciste para,

después de todo,

no traer nada de eso a nuestras vidas,


cómo pudiste con aquello,

cómo diablos lograste

después de todo,

seguir teniendo tanta luz en la mirada.



PARTIDA DE AJEDREZ (HOMENAJE AL 15-M. A LA MANERA DE JUAN BONILLA EN «EL COMBATE DEL SIGLO»)

 Con las fichas negras y las manos más sucias aún,

hombres oscuros moviendo nuestros hilos

disponiendo las piezas a su antojo sobre el tablero,

burócratas que rompen la balanza con el peso de sus cargos,

empresas que gobiernan en la sombra,

dirigentes con dinero suficiente para pagarse mil fianzas.


Frente a ellos, con las piezas blancas, el pueblo,

mujeres y hombres con lo justo para sobrevivir,

ancianos que llevan lo poco de dignidad que queda en los bolsillos,

familias que beben un charco de agua sucia,

millones de jóvenes apartados por la mano del sistema,

la gente que vibra con la gente,

los que albergan esperanzas y los que ya las han perdido.


El reloj de doble esfera se pone en marcha,

comienza la partida.


Los hombres oscuros mueven sus peones:

les ponen un parquímetro a tus sueños,

te cobran por el aire que respiras,

destinan fondos públicos para salvar a un banco,

sacan los furgones a la calle

para frenar a todo el que sueñe con democratizar el pan.


Responde el pueblo moviendo en masa sus peones,

conducen nuestros sueños a las plazas,

dibujan en pancartas el futuro,

propagan la verdad por Internet.


Mueve un alfil el Gobierno,

indultan a un banquero,

proponen un nuevo plan para privatizar nuestra salud,

cuchillas en las vallas de Melilla

como método infalible

para separar el bienestar de la pobreza.


Contraataca la mitad de esa España que lucha

frenando dos docenas de desahucios,

un periodista honesto destapa una trama

que engloba hasta la cúpula,

la marea blanca sale a la calle con sus olas de esperanza

moviéndose al unísono como un cardumen

para salvar a la Sanidad de los tiburones.


Y vuelve a mover sus piezas el poder:

se atrincheran en sus torres,

abren fuego desde sus caballos,

promueven la asfixia por las eléctricas

dejando a un millón de familias a oscuras,

justicia para ricos, tasas para pobres,

se sacan una ley mordaza de la manga

para que nadie pueda señalarlos con su dedo en las aceras,

echan sal sobre la herida del paro,

facilitan los despidos.


Y el pueblo arrinconado se levanta

con mil siglos de rabia a sus espaldas

y lana todo su arsenal,

todas sus piezas contra la injusticia:

dan a luz políticos gestados en las plazas,

obreros que reclaman un futuro,

y salen a cerca el Parlamento

y un joven triste sueña que es posible

y ponen sus miradas en los bancos

y ruge el profesor verde esperanza

y encuentran jueces implacables

que no ceden ante el poder.


Y así por muchos años,

jugada tras jugada,

los hombres oscuros van engullendo piezas,

el pueblo apenas derriba unos pocos peones enemigos,

ayudado por magistrados y guardias civiles honestos

que destapan las tramas más oscuras.


Las piezas negras y sus trampas,

los hombres buenos con su luz,

encendiendo lámparas de dignidad en los ayuntamientos;

Bienvenidos, refugiados.


Quién sabe si esta partida se acabará algún día,

si tendrá fin la masacre.


Sigue corriendo el reloj del pueblo,

cada vez hay menos tiempo.

¿Caerán las piezas negras?, te preguntas.


A un lado , oscuros dirigentes, feroces empresarios,

los dueños en la sombra. Piezas negras.


Al otro, la gente a la que el dolor ajeno no le resulta indiferente.

Piezas blancas.


La gran partida de ajedrez, 

la eterna batalla

de la luz contra la sombra.



¿Qué fuimos?

 ¿Novios de la nada?  ¿Desastres naturales?

¿Escombros de una tarde?

¿Amantes? ¿Trapacistas? ¿Tristeza a primera vista?

¿Pareja a cuentagotas? ¿Misiles en picado?

¿Amor a ráfagas?

¿Piscinas vacías? ¿Calor interrumpido?

¿Saliva y poco más? ¿Besos sin fondo?

¿Juguetes en manos de un dios fatal?

Realmente nunca lo supimos y este libro tampoco es capaz de aclararlo.

Solo quedó clara una cosa: demasiado insomnio a cambio de diez uñas en la espalda.



La recaída. Una historia nocturna

 El temor salvaje a los teléfonos que aúllan a deshoras a tu llamada a las tres a tus mensajes de rencor a tu boca borracha a tus dedos ebrios que añoran mi sudor en negras noches de apagón en medio de cualquier garito cuando comprendes que las cosas verdades no se hallan a mitad de cremallera en cualquier cuerpo en cualquier discoteca en cualquier boca de lobo y de ahí tu mensaje y mi vagón a la intranquilidad cuando comprendes que no está afuera que está aquí lo que buscas la pura droga que necesitas lo que te saca de tus quicios esa sensación tan de vértigo tan c-parecida a la felicidad ya sabes de lo que hablo de querer en sexta marcha de volver a ser nosotros para siempre unos días antes de que me vuelvas a olvidar.



Rehabilitación

 ¡Nada más que son problemas!

Ahora me sacan un problema en todas las articulaciones de mi cuerpo. Un médico ya me contó su hipótesis, una temporada en la que siempre iba escayolada. Y ayer, el fisio, lo vio claro. ¡Dos horas de sesión! Acabé muerta, mi pie me sigue doliendo y hoy vuelve a estar de colores.

Me duele hasta que me rocen las sábanas y por mucho que insistan en que he de comenzar a andar, me da a mí que esta semana hasta el martes que vuelva a ir al médico, me quedaré en casa. Siendo optimista, que Javi trabaje de tarde, me ayuda a no tener esa tentación de salir, salir y salir. 

Quizás me atreva a ir a Mercadona, quizás, quizás no tan lejos. Quizás, me quede en el sillón adormilada por las pastillas que me dan. ¡Dame paciencia, señor, o llévame pronto! Que poco valoramos lo que tenemos, hasta que lo perdemos.



En el Retiro

 Se cruzó conmigo en el Retiro.

Apenas 3 segundos.

Nos miramos de frente y también nos giramos para que nuestros ojos se cruzaran de nuevo cuando ya estábamos de espaldas.

Me hubiera ido con ella, en ese mismo instante.

A donde me hubiera dicho.

Pero no nos dijimos nada salvo con los ojos y en los suyos creí ver la posibilidad de una noche o una vida junto a ella.

No sé cómo se llama.

Ni siquiera recuerdo su cara, fue apenas un instante.

Escribo este poema con la única intención de decirle, que seguramente no lo sepa, pero si vuelve,  aquí tengo algo que le pertenece: mi futuro.




El amor

 No llega cuando quieres, tampoco si lo fuerzas, no viene haciendo ruido.

No deja nada igual, no pide permiso para entrar y, lamentablemente, tampoco para irse.

No cree en ciertos cuentos,  no es lo que nos venden porque con él solo no basta.

No duerme en todos los cuerpos que frecuentas. 

Ya nos gustaría.

Y también nos gustaría que curara todo y nos salvara de nosotros, que hiciera de la pasión un frasco inagotable, que obrara el milagro de golpe y para siempre.

Jamás ensucia nada y no es él quien llena de fantasmas la cabeza de los hombres.

Quizá es su pérdida pero no él, nunca es él.

Ya sabes lo que es, lo dice el título, quien lo probó lo sabe.



Se cree el poeta

 Se cree el poeta que por haber ganado un concurso ya está en el mundo de los elegidos, señalando al profano con el tridente de Neptuno.

Se cree que todo lo que vende es por falta de calidad, cualidad mercantil por excelencia.

Lo cree sin haber leído uno solo de nuestros libros.

El tipo que presume de profundidad y hondura jamás se ha sumergido como hay que sumergirse en algo antes de juzgarlo, en un elogio a lo superficial.

Se cree que somos, pobres animalitos, todos, fruto de la banalización de la cultura, se cree fuerte en su atalaya poética, se cree el guardián de la poesía, el barquero del Parnaso, el custodio de los versos, su cultor, su único soldado.

Típico de poetas, con su ego inflado.

Os conozco de veras, soy uno de vosotros, yo también me creo el protector de la verdad en ocasiones.

Pero hay una diferencia: yo mataría para que tú siguieras escribiendo tu basura, —al igual que yo tengo derecho a publicar la mía— conciencia lo llaman.

Tampoco hablaría de ti en un medio público si no me hubieras apuntado, sensibilidad lo llaman.

No os creáis eso que dicen, queridos lectores.

Hay tantos poetas insensibles a lo ajeno como futbolistas, profesores, carniceros, gogos, zapateros o investigadores.

Ninguna profesión ostenta la verdad, solo la tienen aquellos que consagran su vida al bien de otros.

Tú no pareces ser uno de ellos, no respetas el esfuerzo ajeno, no amas al prójimo.

Me cago en tu forma de mirar el mundo, porque has dejado claro que la poesía es un privilegio y no un derecho. 

Me cago en tu forma de mirar el mundo, porque si además te parece honda, debo decirte lo siguiente: es mucho mejor un inculto de buen corazón que un culto prepotente.

Mi preocupación no es por vender, es por hacerla accesible, por democratizar la más bella de las lenguas, por contar lo que acontece, por llegar dentro, por tocar dentro, por abrir puertas.

Seguramente, en parte, compartamos preocupación, pero te crees superior.

Me gusta esa poesía asequible, abordable, que no tenga barreras arquitectónicas para el entendimiento.

Me gusta no necesitar un mapa, dos brújulas, cuatro diccionarios del siglo XV, seis cátedras para entender la estrofa de un poema.

No me interesa lo que no entiendo, lo cual no significa que no tenga valor, simplemente no me interesa, no lo hago.

No me gustan los poemas que no entiendo y no por ello son mejores y no por ello son peores.

Solo busco hacer lo que me mueve contar lo que me llueve decir lo que me eleve, no necesito tu autorización para viajar hasta el Parnaso.

Tampoco lo busco, me basta con tocarme por dentro con disfrutar de lo que escribo e ir mandando versos en góndola hasta el corazón de otra persona.

Espero acumular los suficientes méritos para que me autorices a usar el lenguaje, ya que solo tú, excelencia, todopoderoso poeta salvaguardas su integridad, eres tú, Yahvé, el distinguido, el depositario de El Santo grial de las palabras.

Se enfada la gente como tú si este texto, que es sencillo y prosaico es partido en terrazas de versos.

Pues

toma

y

toma

y

toma,

parto

las

palabras

como

filetes

de

atún

y

aunque

no

te

guste

vas

a

tener

que

comértelos.

Comételos.

La humildad es una dieta realmente nutritiva.

Tragarse tus propias palabras también lo es.

Lo dijo Churchill, un tipo que aunque a veces acertó también masacró a miles de civiles sin ningún tipo de reparo.

Lo dijo él. Algunos desalmados también dicen alguna vez una verdad.

Ahora ya me callo. Fuiste tú quien disparó primero. Normal que te responda. Y no te olvides de comértelos.



Espera al amanecer

 Cuando quieras llamar al pasado espera al amanecer.

Cuando el punzón del tiempo te busque no hagas caso a la nostalgia de las madrugadas, porque la noche convierte todo en un desfile inagotable de derrotas, en una inacabable despedida.

No te dejes convencer por los caballeros negros que te hablen a las tres de la mañana, ni por el navajazo más sucio de la noche cuando tu casa parezca Siberia y no haya más latido que el de un corazón comunicando.

Cuando quieras llamar al pasado espera al amanecer.

Has de saber que por la noche la nostalgia se amplifica, que Sabina tardo en olvidarla 19 días y 500 noches y tú no llevas más de 30, que te quedan muchos relojes por delante, pero aguanta, muérdete las ganas, cósete las manos al sillón donde la calma intenta que escuches su mensaje. Aunque no haya calma ni consuelo, espera a la mañana, por favor te lo pido.

Cuando quieras llamar al pasado espera al amanecer.

Porque añorar otro cuerpo a ciertas horas es dar pedales hacia un muro y los minutos son poco más que piel de lija para dejar en carne viva los deseos que dejaste sin cumplir.

Hazme caso.

Desescribe las palabras, no las borres —para no dejar ni el cerco—, limpia las huellas con un verso de Neruda, camina por la parte oculta de la luna para que nada dé contigo y no le des ni una pista a la amargura porque de noche va de puerta en puerta ofreciendo su pensión a los más tristes.

Cuando quieras llamar al pasado espera al amanecer.

La luz del alba te salvará de ti, de la sábana de todos tus fantasmas.

Aguanta, hazlo como sea, espera a la mañana, y todo será diferente, habrás ganado otra batalla.

Entonces podrás celebrarlo, respirarás aliviado porque el día lo cambia todo de color.

Llena entonces la despensa de luz para las 12, para las 2, para las 4, para la noche que de nuevo se avecina, como una novia con la nostalgia colgada del brazo.

Porque en las horas que restan vas a tener que librar otra batalla, la del corazón contra el tiempo, la del amor contra la noche, y vas a salir golpeado, pero por lo que más quieras, no llames, espera al amanecer.



Vendrás

 Vendrás. Y convertiremos en algo absurdo el antiguo concepto de distancia y se disociarán la nieve y mi piel, la tristeza, el lagrimal.

Y el miedo volcará a la primera curva de tu cuerpo entre mis manos y nos conducirá ya solo la locura de sabernos nuestros, protagonistas de una escena que, dure lo que dure, encontrará aparcamiento en la acera de la eternidad.

Y los mejores poemas de amor que jamás se escribieron bajarán por tu cuello pidiendo ser creados con sudor sobre una sábana.

¿Quieres saber el final? De acuerdo: no lo hay, esta historia nunca acaba. En una historia de amor no hay mejor final que el que no tiene ligar.



El precio

 Haber querido a otra persona, haber amado por un instante o por una vida, haber probado el sabor de lo irrepetible tiene un precio que has de pagar al condado, día a día, cuando se acaba.

El corazón ha de abonar la tasa suprema de la ausencia, el peaje brutal de una felicidad evaporada.

Y aun así, a pesar de que ese precio a veces resulte tremendamente alto y nos lleve hasta la ruina, a pesar de todo eso, ¿hay algo en esta vida por lo que merezca más la pena pagar?



La dependencia

 Es este depender de, la sensación de no ser nada si no eres quien me elige.

Lo sé, problemas de autoestima.

Es este esperar a y que llames a mis ojos, que encuentres sitio para mí en la palabra “nosotros”, que dejes de pisar las baldosas de la incertidumbre.

Lo sé, problemas de autoestima.

Es este no saber si en tus verbos quepo dentro, si cuando dices mañana logras verme, si soy tu amor, tu desagüe, tu animal de compañía.

Lo sé, problemas de autoestima.

Es esperar a que hoy no tengas dudas, a que despiertes y algo en tu frente diga “Hoy abriré la puerta”, es esta tóxica costumbre de conformarme con tus sobras.

Lo sé, problemas de autoestima.

Estoy cansado de no ser yo quien elija mi alegría.

Yo quiero sobrarte o faltarte, que tomes tu decisión, que te quedes conmigo o te marches del todo.

Quiero que apuestes por los lunes de fiebre o me pierdas de domingo para siempre.

Yo solo quiero sobrarte o faltarte pero ambas cosas no.

Estoy cansado de no ser yo quien elija mi alegría.

Lo sé, problemas de autoestima.



Razones para quedarme (IV)

 Aprenderte. Resolverte. Descifrarte.

Limitar al borde de tu piel, ser el mar de tu península.

Estudiarte. Sobrevolarte. Recorrerte.

Saberme tus mapas y darnos dirección si me lo indicas.

Caminarte. Saberte. Licuarte.

Bajar contigo hasta el orgasmo, sabernos únicos del otro, guardianes del secreto. 

El resto de los verbos los reservo para cuando estés conmigo, no sé si encima o debajo, ya habrá tiempo para verlo.



miércoles, 12 de mayo de 2021

El amor. En orden de aparición

 Primero aparecerá una punzada, un aleteo, una barriga confusa que se llena, como ya sabemos, de un obús de mariposas.

Después vendrá la incertidumbre, de un tal vez con su música de fondo, la ansiedad tocando en su arpa, la duda de si dar el paso o no, y el miedo, aún peor, a que ella -o él- jamás se atreva.

Si ella accede o él dice sí, el barco zarpará, esperemos que a toda vela -aunque la velocidad no siempre sea recomendable-, a recorrer esos puertos donde solo quien se enamora tiene derecho a pernoctar.

Luego vendrá el delirio en limusina, el lujo de ser dos que se evaporan, que se hacen agua en los pliegues solidarios de un colchón. 

Más tarde, una época de calma, el fuego y el calor cambiarán sus cromos, la ternura ganará por goleada, se instalará un amor sin llamas, con mucho que decirnos todavía.

Y tras esto, poco más puedo descubrirte, puede que se instale la desgana, tal vez el final, o es posible que el amor crezca hasta hacerse inmenso, sideral, no sé.

Tendrás que contármelo tú. Dejo aquí un par de líneas en blanco para que seas tú quien ponga el final que consideres a esta historia.

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Quiero

 Quiero tenernos constantemente, ser un solo cuerpo indivisible con mis ganas y tu boca, con mis dedos en tu incendio, con nosotros por delante, ser una marca registrada y donar nuestra ternura por si falta en otras camas, por si piden los amantes.

Quiero ir sembrando las caricias por tu espalda, regalarlas luego con saliva y hacer cosechas cada martes, cuando vuelvas medio muerta del trabajo y no quede esperanza en las noticias.

Eso quiero, la banda sonora de tu boca, maltratar a la tristeza en una cama, decirte que no eres solo tú, que desde que vivimos juntos la felicidad también comparte conmigo el alquiler.



Los libros y heridas

 Hay que salir a la vida con la firme convicción de que tenemos demasiada piel como para que las heridas puedan derrotarnos.

Cada cicatriz quedará ahí para contar su historia y al final de tu vida tendrás que agradecer todas aquellas líneas escritas sobre la superficie de tu alma.

Ellas te harán ser libro, tomo, trilogía, y ese será tu patrimonio, lo que tendrás por ofrecer: aquello que quiso decirte cada herida, aquello que quiso enseñarte cada golpe, la enciclopedia inacabable de tu vida.



Crecer

 Crecer consiste en saber que los días grises también forman parte del decorado.



Nadie puede salvar a otro de su dolor

 Nadie puede salvar a otro de sus dolores, de sus seísmos, de sus incendios elegidos. Cada uno tiene su precipicio del que enamorarse, el huracán que lo hace sentir tan vivo como devastado acaba dejando su pasado cuando éste se dirige al porvenir.

Intentamos rescatar al resto para que no les duela, para que no tropiecen, pero cada uno toma sus decisiones, cada uno hace sus elecciones y poco podemos prevenir. ¿Qué le dices al joven que vive una relación de bandazos en la que alterna tormento con pasión en carne viva? ¿Que se aparte de alguien que le provoca ese fuego irreparable? ¿Que renuncie a esos minutos que nunca más tendrá en su vida? ¿Que no juegue el torneo? ¿Te dejarías tú convencer por alguien que te dijera eso? ¿Por alguien que te sugiriera que midieras, mientras tú flotas por encima del colchón al lado del rostro más hermoso, del cuerpo más devastador?

Necesitan vivir esas pieles para aprender que esos amores dan muy buenos poemas y muy malos momentos, noches de ensueño y días rotos, expediciones a lo desconocido y el asco de los sueños al romperse contra el suelo, cumbres y plagas. Necesitan esa pasión destructiva para aprender algo, lo que sea que necesiten aprender: que ningún amor puede salvarlos, que la pasión es impagable pero se apaga y entonces deja al descubierto un amor raquítico de vuelos sin motor y pérdida de todo. Tienen que perder para crecer. Perder, solo eso. Necesitan perder la inocencia, probarlo, golpearse, deshacerse en el placer, acribillarse, diluirse el uno en el otro, romperse el uno al otro, matarse el uno al otro, beber del manantial de sus sentidos antes de pisar tierra firme.

Y nos duele. Nos duele no poder rescatarlos de aquello que nosotros vemos (o ya vimos en nosotros) y ellos, ciegos de saliva no ven. Pero no podemos vivir por nadie, aprender por ellos, traspasar nuestra experiencia con las manos como quien entrega un paquete a otro. Cada cual tiene su tiempo, cada corazón se rompe de un modo y cada uno elige el camino para ser feliz aunque en este caso sea el camino para dejar de serlo. Porque el fuego que arrasa solo deja ceniza a su paso y hay que asumirlo. Porque el amigo o la hermana que se hunde en esos rotos algo tiene que probar, algo tiene que aprender y hay que hacerlo, sea como sea, dejar libre la pista para que se estrelle a su manera y esperar. Esperar a que un día ya esté todo lo suficientemente roto como para que solo le quede un amigo o un familiar al que agarrarse para salir de la espiral que nos fabrica la pasión cuando es sin parachoques. Y ahí estaremos esperando para ayudar, como otros lo estuvieron con nosotros.

He escrito esto porque tengo un amigo que pasa por esto y ha dejado sin pistas a una mujer maravillosa con un agujero en la tripa. La ha cambiado por una pasión ciega de caballo desatado, atizado por un deseo inabarcable que le clava las espuelas y no se ve capaz más que de una cosa: correr hacia ese cuerpo. Correr sonámbulo, en un sprint hacia una pared con nombre de mujer. Pobre. Le deseo la mejor de las suertes porque le va a hacer falta. No sabe dónde se ha metido, ni lo más importante, en quién se ha metido.