sábado, 5 de noviembre de 2022

Amar por convicción y no por necesidad

 «No me interesa que me quieras mucho, sino que me quieras bien y cada día mejor.»

Walter Riso

—¿Cómo te quiero tanto? —le dijo él mientras le apartaba un rebelde mechón de flequillo y le colocaba el pendiente de su oreja izquierda, que se resistía a mirar al frente.

—No lo sé. Dímelo tú —le respondió Virginia con una sonrisa infantil y parpadeando rápidamente al estilo mariposa.

Tras besarla dulcemente y a pesar de llevar juntos unos años, le preguntó:

—¿Por qué yo?

—¿De verdad quieres saberlo? —contestó ella desafiante.

Por un instante se asustó, no estaba seguro de querer oír la respuesta. Estaba profundamente enamorado de aquella mujer. Había tardado en llegar, pero, tras su primer ataque de risa juntos y aquel primer beso con sabor a bienvenida, lo tuvo claro. «Es la mujer de mi vida», pensó. Así que cuando ella le retó a saber por qué él y no otro, no estaba seguro de querer conocer la respuesta. Aun así, supo que estaba en un punto sin retorno, que la huida no estaba entre sus opciones. Cogió aire y dijo:

—Sí. Quiero saberlo.

Entonces Virginia le miró fijamente a los ojos, como hacen los valientes y contestó:

—He decidido emprender este viaje a tu lado porque te quiero, porque me gustas, porque sumas en mi vida, porque me llenas de paz, porque yo te he elegido para mí, porque soy más feliz desde que te conozco y desde que me despierto a tu lado. Te quiero porque te quiero, no porque te necesito.

—¿No me necesitas? —contestó un tanto decepcionado, tratando de disimularlo sin demasiado éxito.

—No, no te necesito para ser feliz. «La necesidad te esclaviza, la preferencia te libera», dice Walter Riso. Y así es. Queriéndote de este modo soy más feliz aún, más libre. Quiero estar a tu lado, pero sin necesitarte. No creo en las medias naranjas.

—Sí, ya sé lo de que somos naranjas enteras cada uno de nosotros.

—Eso es. Naranjas enteras y completas por nosotros mismos, sin necesidad de sentirnos a falta de algo si no tenemos a alguien a nuestro lado. Y esta maravillosa manera de querer es grandiosa, ¿sabes?

— ¿Sí? —contestó él.

—Sí. Te quiero por lo que eres, por lo que sumas en mi vida y en mi sentir. Es más, me gustaría que me quisieras de esta misma forma: todo tú, pero sin perder un ápice de tu ser por el camino. Quiero que me quieras, sin necesitarme para ser feliz. No quiero que dependas de mí, no quiero esa responsabilidad sobre mis hombros. Tú por ti mismo eres un hombre excepcional y grande, por méritos propios. No necesitas sentirte completo con ninguna mujer. Quiero que conmigo sumes y sumes, sin límites.

De pronto, sintió un deseo incontenible de hacerle el amor, probablemente como nunca lo había hecho hasta entonces con ninguna de las mujeres que habían pasado por su vida.

Jamás antes le había hablado así una mujer. Por eso se había enamorado perdidamente de ella. En ese instante descubrió que de ella nunca escucharía un «sin ti me moriría» o un «¿qué sería de mi vida si tú no estás?» o «hago lo que me pidas, lo que tú quieras soy». No. Tampoco le cantaría al oído el «No puedo vivir sin ti» de Coque Malla, ni la vería llorar por las esquinas anhelando un amor perdido si su historia no funcionaba. Y no es que fuera una mujer fría y calculadora; todo lo contrario: era entusiasta y pasional, ardiente e intensa. Era una mujer que estaba viva, muy viva, que no se conformaba con cualquier cosa, que buscaba la excelencia en todo lo que tocaba, pero que, por encima de todo y de todos, tenía un profundo respeto hacia su persona, hacia sí misma, hacia su libertad y hacia su felicidad, y eso la convertía en una mujer completa.

Aquella noche hicieron el amor como él había imaginado, de la única manera que se puede hacer con una mujer así. 

A la mañana siguiente, Virginia recogía a su hija adolescente de un campamento de verano. Contaba las horas, los minutos y hasta los segundos para volver a verla, abrazarla y olerla en busca de algún resquicio de la niña que fue. ¡Cuánto añoraba aquella época infantil! Todo el mundo le había dicho que disfrutara de la infancia de sus hijos, que pasaba volando, y eso había hecho, intensa y plenamente, pero aun así le parecía que había pasado tan rápido, tan tan rápido que cada vez que lo pensaba la emoción la embargaba y la voz le temblaba.

Cuando vio bajar el cuerpo esbelto de su hija por las escaleras del autobús, pensó: «Ya es toda una mujer».

Y no se equivocaba. Ya era toda una mujer, con cuerpo de mujer y un corazón de mujer hecho añicos, aunque su madre aún no lo sabía.

Se fundieron en un abrazo eterno que puso en alerta a su sabia madre.

«Aprieta muy fuerte. Le pasa algo», pensó tras escuchar a su sexto sentido.

Así era. Una vez en casa y con una taza de Cola Cao en mano, rompió en llanto. Dejó que ahogara las primeras lágrimas en el silencio de la cocina, acariciando sus manos y esperando pacientemente unas palabras que acallaran los miedos y fantasmas de una madre. Al fin habló:

—Mamá, las cosas no van bien con Toni.

Toni era su novio desde hacía no más de seis o siete meses. Una pequeñez en el mundo de una mujer madura y una eternidad en la vida de una chica de diecisiete años.

—¿Qué ha pasado, cariño? —le preguntó su madre con toda la dulzura que merecía esa situación.

—Pues que ayer era nuestra última noche en el campamento y después de dar un paseo por la playa y ver las estrellas y..., bueno, después de estar muy bien con él, le pregunté si seguía enamorado de mí.

—¿Y qué pasó? —preguntó su madre, aunque bien sabía ya la respuesta, o más bien la «no respuesta».

—Pues, mamá... —De nuevo sollozos, lágrimas y mocos—. Pues que no decía nada. Y yo me empecé a poner nerviosa y él, ¿qué hacía él?, callaba. Después de un buen rato, va y me dice con la boca pequeña: «Alicia, yo te quiero mucho, pero...». Y me levanté y me fui corriendo. No podía seguir escuchando. Antes de acostarme le dejé una notita que decía: «Yo te quiero incondicionalmente, sin peros. Haría lo que fuera por ti. Te quiero sin esperar nada a cambio».

Esta mañana ni siquiera vino a verme, ni se sentó conmigo en el autobús, el muy cobarde.

De las lágrimas y el llanto pasó a la ira y a los reproches y así estuvo más de media hora «vomitando» todo lo que llevaba rumiando desde la noche anterior. Su madre escuchaba atentamente, sin perder detalle, sin interrumpirla, sin el «ya te lo dije» o el «qué ingenua has sido» que tanto daño hacen. Escuchó activamente, apoyando cada una de sus palabras con miradas de ternura, con caricias, con besos en la frente cuando el llanto la ahogaba. No opinó, no juzgó ni castigó. Decidió no intervenir hasta que ella hubiese acabado de vaciarse. Lo necesitaba. Recogió todos y cada uno de sus pedacitos de corazón roto y entonces, solo entonces, habló:

—Mira, cariño, hay una frase de un escritor que se llama Walter Riso del que justamente hablaba ayer, que dice: «No me interesa que me quieras mucho, sino que me quieras bien y cada día mejor». Y querer con peros no es querer bien. Recibir una nota de amor como la que él recibió ayer y no dedicarte unas palabras después de haberle regalado esta primavera y este verano a tu lado no es quererte bien.

»Le dices que “harías lo que fuera por él”, no mi amor, no cometas ese error. Harás lo que sea por ti, por ti misma, pero no por él. No seas sumisa. Quiérete, mímate y cuídate. Porque, si supeditas tu felicidad a otra persona, estarás en sus manos, cariño. Dependerás irremediablemente de él. Y tú eres una mujer lo suficientemente lista y valiosa como para que otros lleven las riendas de tu vida. Tú eres el jinete, tú marcas los ritmos, la velocidad, e indicas las paradas. Tú tienes el poder y la libertad de decidir lo que suma en tu vida y lo que te hace feliz.

»Y dime, cielo, ¿qué es eso de que le quieres incondicionalmente, sin esperar nada a cambio? No, amor, esto no funciona así. Te hablaré claro. Una quiere incondicionalmente a sus hijos, tanto nosotras, las mujeres, como ellos, los hombres, es un amor supremo. Pero de tu compañero de viaje, de vida o de verano, claro que esperas. Y esperas mucho, lo mismo que tú das. ¿De verdad crees que las parejas no esperan nada el uno del otro? Claro que esperamos. Es lo natural, lo normal y lo humano. No te conformes con menos.

—Ya, mami, tienes razón, pero no lo puedo evitar. Mis amigas me han dicho que quizá, cuando se dé cuenta de que ya no estoy, me valore y vuelva.

—Mira, mi amorín, el hombre que esté a tu lado tiene que saber y valorar lo que tiene cuando lo tiene, no cuando lo ha perdido.

Y se fundieron en un gran y reparador abrazo, un abrazo de los que te vacían y te vuelven a llenar, de los que te alimentan, te sacian y te renuevan. Y mientras Alicia le daba las gracias a su madre entre sollozos, su madre se despedía de su pequeña e inocente niña, definitivamente y para siempre.



El timo de la conciliación familiar

 ¿Tú pides permiso para respirar? Pues yo, para ser madre, tampoco.

Querida hija:

Te escribo esta carta, hoy, día 29 de agosto de 2016, con la romántica idea de que algún día, dentro de muchos años, la leerás. Son las dos de la madrugada, acabo de pasar por delante de tu habitación y tu respirar tranquilo me dice que estás sumida en un profundo y reparador sueño.

Sueña, cariño, sueña bonito; a tus siete insaciables años no debes hacer otra cosa que soñar, jugar y ser feliz. De lo demás, de momento, nos encargamos nosotros. ¿Y por qué estoy despierta a estas horas? Porque tu hermano está enfermo, las pesadillas y sus delirios febriles le impiden descansar, así que aquí me tienes con el portátil en mano, intentando teclear lo más flojito que puedo para no despertar su frágil sueño. ¿Sabes qué? Justo antes de caer dormido, exhausto de tanto vomitar, me dijo:

—Mamá, no vayas mañana al trabajo. Te necesito.

Y ese «te necesito» me abrió viejas heridas. Vosotros me necesitáis y yo necesito veros bien y felices a vosotros dos. Mis pacientes me necesitan y yo, en cierto modo, también los necesito a ellos. Me encanta mi trabajo. Adoro mi profesión.

A pesar de todo, mañana es un día de no ir a trabajar, es un día de quedarme a cuidar de Carlos. ¿Qué sentido tiene que yo esté fuera de casa cuidando de otros niños y que tenga que venir una persona a cuidar de vosotros? Mañana es un día de descansar tras una larga noche en vela, de cargar pilas, de colmar de mimos y cuidados a tu hermano y de comprobar de primera mano que esto es el inicio de una viriasis sin mayor importancia y de este modo espantar los fantasmas de las terribles enfermedades con las que en ocasiones me toca lidiar. En definitiva, mañana es un día para conciliar.

«¿Qué es conciliar?», me preguntarías si estuvieses leyéndome ahora mismo. Conciliar es una palabra que nunca debería haber existido, cariño. Hay determinadas circunstancias que no deberían requerir el permiso de nadie para llevarse a cabo. Covi, llegado el momento, recuerda estas palabras...

¿Tú pides permiso para respirar? Pues yo para ser madre, tampoco.

Tu maternidad es tuya, te pertenece. Escúchame bien, cielo, que nada ni nadie te diga cómo ni cuándo. Tú decides. Ahora o después, pero en tu mano está, mi amor.

Te contaré algo. Cuando terminé mi formación de médico residente en pediatría, tu hermano ya estaba en mi vida. Fue un niño buscado y deseado a pesar de los muchos inconvenientes que existían a nuestro alrededor al tener dos papás con altas exigencias laborales y sin ayuda familiar ninguna. Pero ¿sabes qué? Tanto tu padre como yo lo tuvimos claro, queríamos empezar a formar una familia pronto. El primer contrato laboral al que me tuve que enfrentar tras cuatro años de hospital llevaba impuestas cuatro o cinco guardias de veinticuatro horas.

—A ver si lo he entendido bien —les dije—. ¿Veinticuatro horas sin descanso bajo el techo de un hospital y... conciliar? No, señores, me niego a dejar pasar los mejores años de mi vida y de la de mi hijo trabajando de sol a sol. ¿Matarme a trabajar para pagar a otra persona que les dé el desayuno, los lleve al parque y los consuele en sus días febriles? No, gracias.

En aquel entonces yo era la rara, ¿sabes, cariño?

—Los médicos hacen guardias de veinticuatro horas. Esta es la profesión que has elegido — me repetían unos y otros como un mantra.

«Qué malo es asumir algo anormal como normal», pensaba yo, sin intención ninguna de resignarme ni de dejarme llevar por la marea.

—No, señores, yo no trabajo cincuenta horas semanales; se lo agradezco, pero no.

Y busqué otro lugar que me permitiera conciliar. De nuevo esta palabra. Otro lugar que me permitiera, como madre, respirar. Tras unos cuantos años de «tranquilidad laboral» por parte de mis jefes, mis condiciones cambiaron:

—Eres muy valiosa —me dijeron ellos, los gerentes.

Lo que no me dijeron fue: «Y por eso queremos mucho más de ti».

¿Doce horas seguidas con más de una hora de trayecto en coche y conciliar? ¿Salir de casa cuando aún dormís y llegar cuando ya estáis soñando? No, señores, yo no renuncio a ver crecer a mis hijos, como dice el eslogan del famoso Club de Malasmadres.

Había probado durante cuatro años las guardias de veinticuatro horas; en esa ocasión no me quedó otra que probar las quince jornadas mensuales de doce horas. Tras diez meses escasos, renuncié. Pero renuncié a ellos, nunca a vosotros. Llegó un momento en el que ni tu padre ni yo llevábamos las riendas de la casa; en el que comprobé que los días iban pasando, los recados se iban transmitiendo y las tareas se iban haciendo, pero no me sentía partícipe. Habíamos entrado en una espiral de «te toca», «me toca», «le toca a la cuidadora» en la que vosotros, ajenos a ese ritmo frenético, ibais cumpliendo meses. Me planté y renuncié, renuncié a ese horario matapersonas y matafamilias.

¿Y qué tuve que hacer para conciliar? Emprender.

«¿Y qué significa emprender?», me preguntarías. Emprender significa arriesgar, luchar, pelear y, sobre todo, marcarse un objetivo claro, tan claro como el ser madre, tan claro como el respirar. Emprender significa buscar tu libertad. Recuerda esta palabra, cariño: libertad.

¿Y por qué todo esto? Porque adoro mi trabajo, porque me hace feliz, porque soy buena y porque valgo para ello. Porque además, mi cielo, YO NO RENUNCIO A MI PROFESIÓN, tampoco. Soy madre antes que nada, pero a continuación soy pediatra, profesión que me ha costado muchos años de estudio, sacrificio y esfuerzo, y no pienso tirar la toalla.

Y me hice autónoma. Ser autónomo tiene muchas desventajas, de momento..., pero tiene una grandísima ventaja: tú decides cuándo y cómo. De nuevo la palabra mágica: libertad.

Y me convertí en una «mamá leona»: dócil, mansa, tranquila, observadora y hasta bonita incluso, pero si alguien o algo osa alterar lo más mínimo la felicidad y el bienestar de sus crías, se encontrará con el más descarnado, implacable y feroz de los animales.

Así que tras largos años de estudio y más de una década de profesión te diré algo más, hija mía: estudia, especialízate, investiga, observa, emprende, fórmate, busca la excelencia en lo que haces. Disfruta de tu trabajo, conviértelo en tu pasión y esmérate en dar lo mejor de ti misma. ¿Sabes por qué es tan importante? Porque esto, esta sabiduría, este aprendizaje, estos conocimientos y experiencias te los llevarás contigo siempre y, nuevamente, cariño, ¡te harán libre!

Y te diré algo más, Covi: cuando termines tu formación, la que tú hayas elegido, te sentirás algo importante. Creerás estar en la cresta de la ola. Tu juventud y tus conocimientos te harán creer que sabrás más que muchos. No subestimes a tu entorno, no juzgues, tienes muchas posibilidades de equivocarte. Recuerda que quizá sepas mucho, pero te faltará lo más importante, que es la experiencia. Escucha a tus mayores, a tus veteranos, no entres atacando, quizá no lean tanto como lees tú en ese momento, pero no olvides que lo han hecho y que sobre sus espaldas recaen años y años de profesión en los que se han encontrado con todo aquello que no hallarás en ningún libro ni artículo. Solo eso ya tiene un valor inmenso, aprovéchalo, es la voz de la experiencia, escúchala. Respeta, mi cielo, respeta a tus mayores. Escucha atentamente todo lo que tengan que decir, memoriza sus palabras y si no encajan con lo aprendido busca respuestas en otras fuentes. Aprenderás mucho de ellos, desarrollarás tu sentido crítico y crecerás como profesional y como persona, sin límites, sin fin.

No dependas de nadie, no lo hagas. No renuncies a tu profesión soñada por nada ni por nadie; por nada ni por nadie renuncies a tu maternidad anhelada.

Es tu vida, es tu maternidad y es tu profesión, todas ellas insustituibles por nadie que no seas tú misma.

Y con esto termino, no quiero que el sonido del teclado del ordenador despierte a tu hermano.

Ojalá, cariño, cuando tengas capacidad de entender esto que aquí te escribo, ojalá cuando entres en el feroz mercado laboral, la palabra conciliación no exista en tu vocabulario habitual. Ojalá estos pequeños pasos que parece que se están empezando a dar en nuestra sociedad actual hayan hecho historia, y esto que aquí hoy te cuento no sea más que eso... Historia.

Te quiere,

Mamá (leona)



Tengo miedo

 Si la gente escuchara más nuestros suspiros y menos nuestras palabras.

Lunes por la mañana, llego a la consulta, enciendo el ordenador y empiezo a leer el largo listado de pacientes que tengo por delante. Los apellidos del primer niño que está citado me suenan mucho, sin embargo no soy capaz de ponerle cara. Entro en su historia clínica y compruebo que está vacía. Me pongo la bata, salgo a la salita de espera y allí la veo, sentada, con un bebé en brazos. Sus ojos azules y su tímida sonrisa me llevan hasta Benidorm, donde conocí a esta mamá. Habían pasado cinco años.

—Hola. ¡Qué sorpresa! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás? Ya veo que has tenido otro bebé —le dije, feliz de reencontrarme con ella.

—Sí, cierto, ha pasado mucho tiempo. Mira, al final me he animado y he tenido otro —me contestó con una sonrisa forzada y una mirada que navegaba por unas aguas demasiado frías y oscuras.

Lo capté al instante. Mi sexto sentido se encendió. Algo pasa. Disimulé. Aparqué las sensaciones y le pedí que se sentara. Empezamos a hablar del embarazo, del parto, de la lactancia materna... Poco a poco fui recogiendo todos los datos que me hacían falta para completar su historia clínica. Y, mientras tecleaba en el ordenador, escuchaba sus suspiros casi inaudibles; digo casi, porque yo los oía.

Si los suspiros hablasen, ¿verdad?

Si la gente escuchara más nuestros suspiros y menos nuestras palabras.

Porque los suspiros hablan más alto, más claro y más fuerte que las palabras. Porque los suspiros no se fingen, son involuntarios, no pasan por nuestro cerebro lógico y autocontrolado. Los suspiros salen de dentro, de abajo, de la garganta, del corazón, del estómago, de nuestras entrañas... Y no mienten. Suspiramos de alegría, de felicidad, de emoción, de pena, de tristeza, de amor, de desamor, de placer..., y todos ellos son genuinos y traicioneros. Se escapan de cualquier filtro racional.

Tras realizar una detallada historia clínica donde recabé información que resultó reveladora de su entorno más cercano, empecé a darle forma a sus suspiros contenidos.

Exploré a su bebé minuciosamente. Su sonrisa, sus piernas rollizas y su corazón latiendo con fuerza mostraban a un niño sano y feliz. Su madre se mordía las uñas mientras yo la miraba por el rabillo del ojo.

—Vamos a ver cómo estás de fuerte. A ver esos reflejos —le dije al bebé segundos antes de explorar su desarrollo psicomotor.

La mamá llevaba un pañuelo al cuello. De pronto parecía que alguien se lo estuviese apretando por detrás cada vez con más fuerza. Comprobé cómo empezó a tocárselo en un intento de aflojárselo, de liberar la presión que literalmente la estaba ahogando. Lenguaje no verbal. Sus pensamientos la asfixiaban. Cuando ya estábamos a punto de dar por terminada su primera revisión, me lancé, y en un instante en el que finalmente me miró a los ojos firme y valientemente le dije:

—¿Cuál es el problema?

No me dio opción a continuar. Sus manos se echaron a la cara para recoger un mar de lágrimas. Me emocioné. Me levanté de la silla, fui hacia ella y le puse la mano sobre su hombro cargado, aplastado y casi devorado por sus fantasmas.

—Tengo miedo —logró decir entre suspiros...

Tenía miedo porque su sobrino había nacido con graves problemas y llevaban años luchando para poder celebrar pequeños avances en su desarrollo.

Tenía miedo porque el miedo es libre, porque aunque lo racionalicemos, cuando se presenta, se apodera de nuestra razón.

Porque en una mujer tan sensible como lo era ella, cualquier circunstancia le hacía conectar con una realidad cercana dolorosa y cargada de lucha. Porque todas aquellas dificultades con las que se había encontrado para conseguir una simple sonrisa de ese niño especial las proyectaba en su propio bebé. Porque la sola idea de que su hijo pudiese tener la misma enfermedad la paralizaba, la aterraba y la mataba en vida.

—Lucía, llevo años estimulando a mi sobrino. Llevo años trabajando con él para hacerle sonreír, para lograr que siga un objeto con la mirada, para fortalecer sus frágiles músculos y verle gatear. Años me llevó verle dar sus primeros pasos o pronunciar sus primeras palabras. Y ahora no puedo evitar hacer lo mismo con mi propio hijo —me confesó.

—Mira, cielo, tu labor ahora no es conseguir una sonrisa a toda costa de tu hijo. Tu labor no consiste en llevarle a programas de estimulación temprana, ni siquiera en comprarle juguetes para mejorar su desarrollo motor y cognitivo. Tu labor no es hacer una tabla de ejercicios diarios. No, no lo es. Olvídate de todo eso. Olvídate de apuntar cosas. Olvídate de vigilar si a los dos meses sigue con la mirada, si a los cuatro meses sujeta la cabeza o a los seis ya se sienta solito. Yo me encargo de eso.

— ¿Y entonces? ¿Qué hago? —me preguntó confusa.

—¿Qué haces? Ejercer de madre —sentencié.

En ese momento recibí un abrazo inesperado con un suspiro profundo en mi oído que sonaba a descanso, a fin, a «se acabó, por fin me voy a liberar».

La maternidad y el miedo, sobre todo al principio. Miedo a que las cosas no salgan como esperabas, miedo a que le ocurra algo a tu hijo, miedo a no estar a la altura, a no hacerlo bien, miedo a la enfermedad. No te permitas criar a tus hijos desde el miedo, harás de ellos niños temerosos e inseguros y eso no es lo que quieres.

Cuando tuve a mi primer hijo y me incorporé a trabajar exactamente en la semana 16, me aterrorizaba el pensar que le pudiera pasar algo en mi ausencia. En las largas veinticuatro horas de guardia veía tantas cosas que no podía evitar proyectar todo lo vivido en mi propia maternidad.

Lactante de ocho meses traído en brazos de unos padres aterrados. El niño se ha caído del cambiador. Diagnóstico: traumatismo craneoencefálico con hematoma epidural. Pasadas las primeras horas de carreras, pruebas, llamadas de teléfono y trabajo en equipo, una vez estabilizado, ingresado y a salvo, viene el bajón. Tras mantener un nivel máximo de concentración en lo que estaba haciendo y actuar como la profesional que era, busco una esquina cualquiera del hospital y llamo a casa. Solo necesitaba una cosa, oír su risa a lo lejos mientras le decía a su padre:

—Cuidado con el cambiador. No le quites ojo. Siempre con tu mano sobre su barriguita. —Y me quedaba tranquila.

Ingresaba un niño de la edad de mi hijo con una bronquiolitis de diez horas de evolución y no podía evitar pensar: «Llevo fuera de casa veinticuatro horas, perfectamente podría llegar ahora a casa y encontrarme a mi bebé con la dificultad respiratoria que tiene este niño ahora mismo. Ayer tenía algo de mocos, a ver si ha empeorado por la noche...».

Llegaba a urgencias un accidente de tráfico donde se habían visto implicados dos niños y de nuevo descolgaba el teléfono:

—Cariño, que no se te olvide ajustar bien las correas del coche cuando vayas a hacer la compra, ¿vale?

Y entonces comprendí, asumí, que todo esto estaba en el cargo de ser madre. No estaba paranoica, no.

Con los años descubrí que no estamos locas, no. Que mis miedos eran los de cientos de madres y de padres en mis mismas circunstancias. Que no somos tan diferentes, que nuestra esencia de madre, de padre, es muy parecida, y tomé conciencia de que mis hijos no necesitaban a una «controladora» en casa, ni siquiera necesitaban a una pediatra.

Mis hijos no necesitan una pediatra en su vida; mis pacientes, sí; mis hijos, no. No necesitan a una médico, ni a una escritora, ni a una conferenciante («¿qué es eso de conferenciante?», me preguntó mi hija antes de ayer). No necesitan a una madre que les calcule los percentiles cada mes, nique les dé lecciones sobre el manejo de la fiebre.

Mis hijos necesitan a una mamá que, si están malitos, los cuide y los bese mucho, que les rasque la espalda y les lea cuentos. Necesitan a una madre que de vez en cuando se enfade, que marque unos límites claros, firmes y adaptados a su edad, que les ayude a desarrollarse con confianza y seguridad para hacer de ellos personas autónomas, empáticas, decididas, respetuosas y seguras de sí mismas.

Necesitan a una madre que, como ellos, camine descalza por casa, que los despierte por las mañanas con un beso, que los acueste con una guerra de cosquillas...

Mis hijos necesitan a una madre de carne y hueso que no sabe cocinar, aunque según ellos hago los espaguetis más ricos del mundo. Necesitan a una madre que, si se equivoca, pedirá perdón; que, si grita, se arrepentirá y buscará una solución. Necesitan a una madre que les traiga la merienda al cole, que les ayude con los deberes. Mis hijos necesitan un hombro donde llorar sus aún inocentes y vírgenes lágrimas, sin juicios ni lecciones. Necesitan a una mamá que vele su sueño en sus noches febriles. Necesitan de unas manos que recojan sus trocitos cuando alguien les ha fallado profundamente. Necesitan de ese apoyo incondicional, de ese amor firme e inquebrantable que una madre o un padre les puede dar.

Una madre que a veces llora, ¿por qué no? Que a veces llora sus penas, una madre real que está nerviosa antes de un día importante. Una madre que, aunque la mayor parte del día sea como un faro en mitad de la noche iluminando su rumbo, a veces sea ella quien amanece perdida.

Necesitan de una madre optimista, soñadora, risueña y cantarina que convierta la cocina en una improvisada pista de baile. Que cante tenedor en mano mientras ellos hacen los coros. Necesitan a una madre que se suba con ellos a los columpios ante la mirada atónita de alguna abuela que espera un desastre. Necesitan a una mamá sin miedo, cuerda y firme, pero alegre y alocada en esos momentos elegidos.

Eso es lo que necesitan, a una madre, con sus defectos y sus virtudes, pero a una madre al fin y al cabo.




lunes, 31 de octubre de 2022

La maternidad y el sexo

 Pero ¿quién se ha inventado que a las mujeres no les interesa el sexo?

¿A alguien le ha pasado por la cabeza alguna vez que un hombre, al convertirse en padre, pierda interés por el sexo?

¿De dónde ha salido esta falsa creencia? ¿Quién se ha encargado de colgarnos ese cartel? ¿Quién trata de eliminar el sexo de nuestras vidas? ¿Quién ha conseguido convencer a medio mundo de tal mentira y al mismo tiempo ha logrado que las mujeres que disfrutan libre y sanamente del sexo puedan llegar a sentirse cohibidas o inhibidas?

¿Habrá algo más saludable, liberador y revitalizante que el buen sexo?

Somos madres, cierto, pero recuerda que antes de madre eras mujer, nada más y nada menos. Y ellos ahora son padres, ¿no? ¿A alguien se le ha pasado por la cabeza alguna vez que un hombre cuando se convierte en padre pierda interés por el sexo? Perdonad que me ría...

Una escucha tantas cosas que hubo un tiempo en el que pensé que la rara era yo, pero no, afortunadamente llega una edad en la que las mujeres empezamos a hablar, a compartir experiencias, a reírnos de nosotras mismas y, por supuesto, a sentirnos reconocidas como grupo.

Ayer mismo pasé la tarde con una amiga, las dos solas. Ella, unos años mayor que yo, ha superado ya los cuarenta. Me confesaba que se sentía sexualmente más activa que nunca, que sin ninguna duda estaba en su mejor momento. Bromeamos de nuestra juventud, de nuestras primeras experiencias, y al echar la vista atrás y ver el «antes» y el «después» las dos llegamos a la conclusión de que, con unas arruguitas de más (pocas, todo sea dicho) y un cuerpo menos turgente que a los veinte, somos mucho más atractivas ahora.

¿Y sabéis qué os digo? Que con que nosotras lo pensemos basta y sobra.

No sé muy bien por qué en los primeros años de la maternidad las mujeres no hablan de sexo, parece que, si hablas de algo no relacionado con tu maternidad, eres una mala madre. La marca de leche, las vacunas, las fiebres, los hoteles familiares y los restaurantes con juegos infantiles acaparan todas las conversaciones.

¡Ay, lo que me reí yo ayer con mi amiga hablando de sexo! Pues sí. Creo que no mencioné a mis hijos ni una sola vez. Los hombres también hablan de sexo, por supuesto que lo hacen, ya lo sabemos, y bien que hacen. ¿No os parece?

A las mujeres nos gusta el sexo tanto como a los hombres, de nuevo hablemos claro. Y ahora, maticemos.

Para mí, el sexo empieza en esa primera mirada en la que de pronto salta una chispa que te anuncia que ahí, justamente ahí, hay algo más. Y no te equivocas. Y decides explorar... Son miradas magnéticas, unas veces esquivas, otras descaradas, pero todas ellas llenas de atracción y deseo.

O quizá en un mensaje de móvil, o un e-mail con el que a pesar de haber recibido muchos, súbitamente con ese, el corazón te da un vuelco, se acelera, tragas saliva y piensas: «WARNING! WARNING!». Y durante unos segundos te quedas mirando fijamente a la pantalla y lo lees, y lo vuelves a leer y entonces tu cabeza empieza a volar, tu mente te lleva a otro lugar y durante ese brevísimo espacio de tiempo deseas con todas tus fuerzas estar ahí.

Para mí, el sexo continúa en esa búsqueda por estar con él, o al menos cerca. En ese olor al darle un abrazo, dos besos o un solo beso bien dado. Los olores..., me declaro adicta a los olores. Ahí también hay mucho sexo.

El sexo empieza en ese momento en el que te sorprendes a ti misma fantaseando y no solo fantaseando, sino también disfrutando. En ese instante, tienes dos posibilidades: censurarte o darte permiso para soñar, para volar y, por supuesto, darte permiso para sentir.

El sexo empieza cuando eliges la ropa interior que te vas a poner. Cuando abres el cajón y no terminas de encontrar lo que te gusta y sales corriendo del trabajo para comprarte algo especial y, mientras tú estás en el probador, él se pasea alegre y lentamente por tu mente.

En una ocasión una amiga me confesaba entre risas:

—No sé para qué me gasto este dineral en lencería, si con lo que me va a durar puesta...

Pues es importante, lo es. Para ella porque le hace sentirse tremendamente sexy y para él porque una bonita y sensual lencería es éxito asegurado; aunque dure poco en el cuerpo, es un deleite para los sentidos, los suyos y los tuyos.

Porque así es como se vive el sexo, con los cinco sentidos.

La vista: quizá sobrevalorada con respecto a los demás sentidos, pero también importante. Lo que ves te ha de gustar, te ha de encantar. Al verlo has de desear dar un paso más, aunque sea pequeño.

El gusto: empezando por un buen beso, ¿cuánto de sexo hay ahí? Todo el que estés dispuesta a descubrir, hasta donde te lleve.

El olfato: el olor de un abrazo, de una piel desnuda, de un cuerpo recién salido de la ducha, el olor a café recién hecho las mañanas de domingo cuando él se ha levantado antes que tú y decide prepararte el desayuno, el olor que permanece impregnado en las sábanas tras una noche de desenfreno.

El tacto: las caricias. Las furtivas, las explícitas, las descaradas, las tímidas, las inocentes, las atrevidas, las robadas, las urgentes..., todas.

Y el sentido auditivo: lo que escuchamos es sexo en estado puro y si lo hacemos con los ojos cerrados, sin interferencias, aún más. Escuchar cómo su respiración se va acelerando bajo tus manos, bajo tu boca o simplemente con tu presencia. Escuchar un suspiro, un susurro, un secreto inconfesable, cautivo durante mucho tiempo, de esos que solo se dicen al oído; escuchar un gemido, o dos o tres...

Y ahora leeréis esto y diréis: «Sí, claro, muy bonito, pero es que, entre el trabajo, los niños, la casa, los madrugones..., una termina agotada; y a él le pasa igual, se duerme en el sofá». Lo he escuchado tantas veces. Y es cierto. Absolutamente cierto.

Pero es temporal, o al menos ha de serlo. Por eso hay que hacer un esfuerzo. Al principio es un esfuerzo, luego evidentemente es un placer.

A uno no se le olvida comer, ni se le olvida echar gasolina, ni se le olvida dormir, ¿verdad? Pues el sexo tampoco se nos debería olvidar.

Una pareja sin sexo está incompleta; de hecho, cuando el sexo empieza a escasear, no solo los cuerpos se separan, sino también sus almas, e inevitablemente nos distanciamos. No hay que darle más importancia que a otras cosas en la relación de pareja, pero tampoco menos. Sería el principio el fin. 

Los primeros años tras el nacimiento de un hijo son muy complicados y agotadores. Nuestra vida da un giro de ciento ochenta grados, nos ha puesto del revés y no siempre estamos preparados para ello. Esta nueva realidad nos coloca a todos en otra parte del tablero y tenemos que empezar a jugar otra vez, a reconocer el terreno que pisamos y a buscarnos de nuevo.

Qué importante es hacer ese pequeño esfuerzo al principio para encontrar momentos de calidad en pareja, sin niños y bien cerca. Porque el sexo une y su ausencia separa.

Qué importantes son las caricias y cuánto unen. Esas historias que empiezan con una caricia furtiva y robada en un momento que no esperas. Sí, ¿cuántas veces ese es el inicio, el chispazo? Una caricia que te sacude. Y que podía no haber significado nada, pero tu cuerpo habla antes que tus labios, tu piel se eriza, te delata y te desarma. No dices nada. No haces nada. Ya está todo hecho y dicho. Y en esa caricia hay mucho sexo, sin duda, y mucho deseo, y, por supuesto, y aún sin saberlo, mucho amor.

—No te enamores de mí —le suplicas.

—Demasiado tarde —sentencia.

Cuesta trabajo encontrar los momentos cuando las obligaciones del día nos aplastan, pero tenemos que poner de nuestra parte, tenemos que favorecer las cosas, tenemos que pensar en ello.

Si no pensamos en ello, ¿cómo va a ocurrir?

Programar una tarde a la semana o cada quince días para disfrutar en exclusiva de la pareja es uno de los hábitos más saludables que podéis tener. En Lo mejor de nuestras vidas os lo contaba: los miércoles del amor, los llaman mis amigas.

Miércoles tarde: no hay reuniones, no hay trabajo, no hay compromisos ni deberes de los niños. Los miércoles por la tarde son exclusivamente nuestros. Elegimos un sitio para tomar unas tapas, tomarnos una caña, dar un paseo, ir al cine o simplemente ponernos al día de todo lo que en ocasiones, con el ritmo frenético de la semana, no alcanzamos a compartir. Y tenemos un acuerdo pactado por ambas partes: si por causa mayor el miércoles por la tarde está ocupado por un plan que no se puede mover, nos comprometemos a cambiarlo por el martes o por el jueves de esa misma semana. Y esto, señores, es sagrado.

Porque, si lo piensas, tenemos más oportunidades de las que creemos: sé traviesa, vuelve a tu juventud, alguna locura harías, ¿no? Busca una siesta de domingo mientras los niños duermen o juegan. ¿Y esas noches? Una noche cualquiera, entre semana, la que sea; de pronto, a las tres de la madrugada te despiertan con un ansia imparable e imposible de contener, imposible de retener, imposible dejarla pasar. Y hacéis el amor silenciosa o salvajemente, da igual, lo que vosotros decidáis. En el sexo no hay reglas y si las hay irán cambiando, porque vosotros cambiaréis, porque la vida cambia y porque todo está en continuo movimiento.

Porque todo se puede hablar y acordar. Porque antes de llegar al desgaste has de moverte. Reserva una noche de hotel, aunque sea en tu misma ciudad. ¿Qué tienen los hoteles que despiertan la libido y la provocan? Una cena, un buen vino y no salgas de la habitación, como en los viejos tiempos, borrachos de deseo desparramando pasión y locura. Al día siguiente, al bajar a desayunar os sentiréis diferentes, renovados, especiales y, sobre todo, unidos.

Tengo unos amigos que cada tres o cuatro meses lo hacen, logran colocar a sus tres hijos entre los cuatro abuelos y se van. Reservan en un gran hotel que hay en el centro de la ciudad y pasan allí una noche. En una ocasión les dije:

—Pero, hombre, ¿por qué no cogéis el coche y os vais aunque sea a Altea y cambiáis de aires?

La respuesta fue sencilla, clara y directa:

—Porque nos encanta este hotel y porque no salimos de la habitación.

Y no hay más que decir.

Porque qué bonito es amanecer en un hotel tras una noche sin despertares de lloros, sin tener encendido el radar por si ocurre algo, sin ni siquiera los ruidos habituales de los vecinos.

Porque qué bien sienta dormir desnudo en unas sábanas ajenas tras haberte vaciado total y enteramente.

Porque qué placer más grande despertarte sedienta y hambrienta al día siguiente y beberte un refrescante zumo de naranja recién exprimido mientras se tuesta el pan.

Y cuando atravesáis la puerta al llegar a casa, cogidos de la mano, agotando los últimos minutos antes de volver a la realidad, recogiendo y saboreando algún beso que se ha quedado por ahí perdido y os reciben los niños dando saltos de alegría y arrojándose a vuestros brazos, comprobáis cómo, aunque vosotros no estéis, las cosas funcionan igual de bien. En ese momento, os miráis y decís:

—¡Ha merecido la pena! ¡Tenemos que repetir!

Qué sensación la de salir unas horas de casa, dejar allí la mochila de madre responsable, despojarte de todas las obligaciones y dejarte llevar única y exclusivamente por tu deseo de sentirte libre.

Y no, no por ello eres peor madre, en absoluto, eres una madre maravillosa que cuida de su familia, que cuida de su pareja, que cuida de sí misma y que necesita el sexo en su vida para sentirse viva.



Pues a mí me funciona

 Menudas chorradas se tienen que escuchar.

Dirán lo que sea, pero yo he criado a tres niños y a mí me funciona.

Os contaré tres películas que, aunque parezcan de ciencia ficción, no lo son.

Primera película

En el año 2014 fue publicado un documento de consenso por el Comité de Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría y el Grupo de Trabajo de Muerte Súbita Infantil tras años de estudio donde determinan los factores de riesgo identificados en la muerte súbita del lactante.

He conocido a pocas familias que hayan pasado por ello, pero en todas las consecuencias personales y familiares han sido devastadoras. Entre los factores de riesgo claramente asociados a las muertes y conocidos desde hace ya más de una década, está el dormir boca abajo. De hecho, desde que se cambiaron las recomendaciones con respecto a la postura para dormir y se hicieron campañas animando a los padres a poner a sus hijos a dormir boca arriba, las muertes se redujeron casi un 40 por ciento.

Son datos contrastados, publicados por organismos oficiales y avalados porcomités científicos nacionales e internacionales.

Pues bien, he sido testigo en no pocas ocasiones de comentarios tales como (cito textualmente):

—Menuda chorrada. Tengo tres hijos, los tres han dormido boca abajo y a ninguno le ha pasado nada.

—A ver si os ponéis de acuerdo, a saber qué tipo de intereses hay detrás de cambiar todo el rato las recomendaciones. Yo a mi hijo siempre le he puesto boca abajo porque dormía mejor y me ha funcionado. Dormía como un bendito.

—¿Sabré yo, que soy su madre, cómo duerme mejor mi hijo? Boca arriba llora, boca abajo duerme. No necesito nada más, para eso soy su madre.

—¡Hay que ver cómo se aburre la gente! Madres del mundo, poned a dormir a vuestros hijos como os dé la santa gana.

Segunda película

Hace unos meses una instagrammer de moda publicaba una foto de su hijo de no más de ocho meses con un collar de bolitas de ámbar popularmente conocido por aliviar las molestias dentales, cosa que no es cierta desde el punto de vista científico. Una compañera pediatra con muy buen criterio deja un comentario: «Ese tipo de collares están desaconsejados en los lactantes por riesgo de atragantamiento, estrangulamiento y asfixia».

Y no le faltaba razón.

«Efectivamente», pensé al leer su comentario, sabiendo de antemano la reacción en cadena que esa simple y certera recomendación generaría.

No me equivoqué. Los comentarios se multiplicaban por docenas. He aquí una pequeña muestra:

«¡Sí, claro! Le voy a poner yo a mi hijo algo que le pueda hacer daño, ¿no? ¿Crees que soy una mala madre? Lo he usado con mi bebé y ha dejado de quejarse de los dientes. ¡Funciona!»

«Tú dirás lo que quieras, pero a mí me funciona. ¿Estrangulamiento? Y yo soy tan tonta que no me doy cuenta, ¿no?» recomendaron mis amigas y fue mano de santo.»

«¡Podéis dejar a esta madre tranquila! ¡Que le ponga los collares que quiera! Si a ella le funciona, es suficiente.»

Había más de trescientos comentarios; tras leer una veintena de ellos, apagué el móvil y fui a darme un chapuzón en la piscina con mis hijos.

Tercera película

«¿Cuál es el mejor tacatá? El que no se usa» es lema de la Asociación Española de Pediatría en consonancia con la comunidad científica internacional, incluida Canadá, donde se ha prohibido su venta. ¿Por qué? Porque los estudios nos dicen que...

  • Entre un 12 y un 33 por ciento de los niños que utilizan un andador sufrirán un accidente.
  • El riesgo de caerse por unas escaleras se multiplica por cuatro con respecto a los niños que no lo utilizan.
  • Tienen el doble de riesgo de sufrir un traumatismo craneoencefálico y fracturas de brazos y piernas, y mayor riesgo de quemaduras e intoxicaciones.

Debido al enorme interés que despiertan estos «juguetes» y la cantidad de preguntas que me hacen en la consulta con respecto a ellos, decidí escribir un artículo compartiendo con los demás los últimos estudios y las recomendaciones respecto a su uso. Mientras lo redactaba, sabía positivamente que levantaría un poco de revuelo, nunca imaginé el huracán que finalmente se formó. Los comentarios que leí me pusieron los pelos de punta.

«Este artículo es una tontería. De toda la vida de Dios se ha utilizado el tacatá y nunca ha pasado na», dijeron unos.

«Menuda bobada, he utilizado el tacatá con mi hija y lo volveré a utilizar con mi hijo. Les ha ayudado mucho y nunca se han caído. Además, yo sigo mi instinto y mi instinto me dice que les gusta y, como les gusta, lo seguirán utilizando», dijeron otros.

«Pues vaya chorrada. La culpa no es del tacatá, la culpa es de los irresponsables de sus padres, que no saben cuidar de sus hijos», dijo una madre muy osada.

Sé que el tener una pantalla delante da mucho juego para que la gente escriba lo que le viene en gana, aun faltando al respeto de quien lo lee, que en este caso soy yo y mis más de cien mil seguidores en redes sociales. Pero resulta que las cosas no funcionan así. La vida no va de esto. Al menos no la mía.

Antes de continuar, aclaremos algunos conceptos. Cuando hablamos de evidencia científica no hablamos de experiencias personales. Son ligas diferentes.

Yo os puedo contar mi experiencia con mi hijo cuando no quiere hacer los deberes, lo que me funciona y lo que no. Eso es experiencia personal. Incluso podría contaros lo que hago con los pacientes de mi consulta, lo que he encontrado útil y lo que no. Eso es experiencia profesional. Pero evidencia científica son palabras mayores. Ni es experiencia personal ni profesional: son conclusiones de grupos de expertos tras años de estudio y seguimiento no de tu hijo y del mío, no; ni siquiera de los niños de mi barrio o de mi ciudad, tampoco. Son los datos de miles de niños tras un complejo proceso analizando todas las variables disponibles que puedan afectar a los resultados. Eso es evidencia científica. ¿Es irrefutable la evidencia científica? Por supuesto que no, nosotros los médicos estamos muy acostumbrados a tener que ir adaptándonos y a veces cambiando nuestras recomendaciones en función de los últimos resultados tras años de investigación. A eso se le llama progreso. Pero, de ahí a poner en duda documentos de consenso y protocolos avalados por instituciones científicas porque «a mí me funciona», hay un peligroso y amenazante abismo.

«Este artículo es una tontería. Toda la vida de Dios se ha utilizado el tacatá y nunca ha pasadona.»

Sí y no. «Toda la vida de Dios se ha usado el tacatá», sí, así es. Pero «nunca ha pasado na», rotundamente, no. Sí pasa, lo que ocurre es que tú no lo has visto. Los accidentes llegan a los hospitales. Recordemos los datos: entre un 12 y un 33 por ciento de los niños que utilizan un andador sufrirán un accidente.

Conclusión: el hecho de que nosotros desde nuestra experiencia personal no lo hayamos visto no significa que no exista.

«Menuda bobada, he utilizado el tacatá con mi hija y lo volveré a utilizar con mi hijo. Les ha ayudado mucho y nunca se han caído. Además, yo sigo mi instinto y mi instinto me dice que les gusta, y como les gusta, lo seguirán utilizando.»

¿Crees de verdad que, con tu experiencia personal con tu hijo, incluso con tus sobrinos y con los hijos de tus cinco amigas, puedes extrapolar los resultados a los de los millones de niños que habitan en el mundo? ¿Lo crees de verdad? ¿Crees que en un tema tan serio como la seguridad infantil, cuando los datos son aplastantes y están avalados por comités científicos, cuando los accidentes infantiles son la primera causa de mortalidad infantil, uno se puede guiar por el instinto o por el «como a mi hijo le gusta, se lo doy»?

«Pues vaya chorrada. La culpa no es del tacatá, la culpa es de los irresponsables de sus padres, que no saben cuidar de sus hijos.»

Os confieso que este comentario logró ponerme mal cuerpo. Decidí no contestar, porque si algo he aprendido en estos años es a no enfrentarme inútilmente a nadie, no me gusta discutir. Sin embargo, ahora, tras unos meses y ya más calmada, a esta madre le diría, y esto sí es experiencia personal...

Cuando he visto a padres enloquecer tras perder a un hijo por un accidente infantil, cuando atiendo a familias enteras que llegan aterradas a un servicio de urgencias porque sus hijos se han caído por las escaleras, de la cama o del cambiador; cuando le ha golpeado un coche mientras estaban esperando en un paso de cebra y el niño se ha adelantado, o han sacado a su hijo del fondo de la piscina o de la bañera con apenas un palmo de agua; cuando el pequeño se ha quemado con la plancha, con la sopa de pollo o con el tubo de escape de una moto..., ¿sabes lo que han dicho todos los padres cuando han sido capaces de hablar? ¿Todos, sin excepción?

«Pero... si solo fue un segundo.»

Ya conocéis este maldito segundo. Un segundo es el tiempo en contestar una llamada, mirar simplemente el móvil, agacharte a coger una moneda que se ha caído al suelo, sacarte una motita de polvo que se te ha metido en el ojo, atarte los cordones, darte la vuelta para reñir al hermano... En fin, vivir.

Es más, cuando a cualquier padre o madre le preguntas qué es lo más grande de su vida, todos contestan: «Mi hijo».

Cuando vas más allá y los invitas a pedir un deseo, todos deseamos lo mismo: salud para nuestros hijos.

Cuando les preguntas si crees que son padres responsables, todos dicen que por supuesto, que darían su vida por sus hijos, como la daría yo ahora mismo por los míos, sin pensarlo y sin equipaje.

Pero la realidad es que «las LESIONES constituyen la primera causa de muerte en la infancia en la Unión Europea. Son también la principal causa de dolor, sufrimiento y discapacidad que a lo largo de la vida pueden tener consecuencias graves sobre el desarrollo físico, psíquico y social del niño lesionado», dicho por la Asociación Española de Pediatría y su Comité de Seguridad y Prevención de Lesiones no Intencionadas en la Infancia.

Y esto es una realidad.

Nosotros, los padres, disponemos de la información y somos nosotros los que tomamos las decisiones por nuestros hijos hasta que ellos sean capaces de tomarlas por sí mismos. En nuestra mano está asumir o no los riesgos y sus consecuencias. Y eso sí es nuestra responsabilidad.



37 semanas

 37 semanas.

Nueve meses. Recta final. Helena, cariño, cuando quieras te estamos esperando. 

Esta obra de arte, esta aventura se acaba... Tanto meses, tantas idas y venidas a urgencias, tantas enfermedades sin tratar, tantas infecciones, tantos sustos. No puedo decir que haya disfrutado de tu embarazo y no me siento mal al decirlo, cariño. El regalo de todo este esfuerzo eres tú. Y al ver tu cara, todos, sentiremos que habrá valido la pena.

No te voy a engañar. Hay momentos que quise tirar la toalla. Que me quedé sola para llorar en silencio bajo esa... cierta culpabilidad de mala madre por no desear vivir tanta cosas malas y seguidas. Mira, cielo, que lo sepas para el futuro. La maternidad, junto con las hormonas, con el raciocinio, rodeada de las mejores personas, con el mejor marido del mundo... Es el camino más solitario que he conocido. Todas las pruebas médicas, evidentemente, han recaído sobre mí, los momentos malos, las fiebres, todos los síntomas de todas las enfermedades que hemos tenido, que digo yo, tendrás que salir con todos las inmunologías del mundo porque hemos hecho bingo... Todo eso, lo he vivido yo. El desgaste del ánimo, el reposo sabiendo que soy una lagartija como creo que tú vas a ser. Viviendo momentos oscuros porque tampoco puedes desahogarte con todo el mundo. Pronto aprenderás que la sociedad te pide que seas políticamente perfecta y correcta. Y aunque mamá lo es poco... Lo he sido para que más adelante no haya comentarios mal intencionados que lleguen a tus oídos simplemente para hacer daño. La gente es tremendamente mala. Todo esto... Lo irás viendo. La vida es un camino en solitario y siento decirte que no voy a intentar salvarte de todo. Caminaré a tu lado, pero tu vida, es solo tuya, tus errores y tus aprendizajes, también lo son. Voy a darte el regalo más grande que hay: libertad para ser tú.



Quiero decir algo, porque no creo que haya muchas más entradas sobre el embarazo (espero) porque estoy deseando verte ya la carita, y andar de la mano el tiempo que nos regale la vida. Quiero dar las gracias a los cuatro abuelos, a los padres de papá y a los míos por haber estado en todo momento pendientes de ti y de mí. En este momento... contamos como una. ¡Qué poco nos queda para pasar a ser dos! Y qué raro va a ser no sentirte. Lo que más valoro de ellos, han sido los mensajes de ánimo, de cariño (los mensajes, que no las llamadas que de alguna siesta me han despertado) y la atención que están teniendo todos los días hasta que decidas salir. Nos tienes un poco confundidos. Cuando parece que sí, es que no. Nos tienes locos y creo que así nos vas a tener cuando estés por aquí. Haciendo porras del día que nacerás y contando cada una de las contracciones.

No soy materialista en absoluto. Creo que los mejores regalos son los que tienen la mejor intención y no los que más dinero cuestan. Y los abuelos han sabido estar a la altura en esta espera tan larga para todos. 

Gracias a la familia que elegimos. A los amigos de toda la vida, los nuevos, los seguidores de Instagram y Facebook que me han hecho llegar mensajes súper bonitos que como digo, para mí, son lo mejores regalos puesto que te sientas a leer mi blog y a escribirme para desearnos lo mejor. Regalar tiempo... ¡oh, no hay mejor regalo!



Gracias a Sonia y Sergio, en especial. Porque no hay palabras para describir cómo se han portado, como se portan y como se portarán. Porque son de esas personas por las que pones la mano en el fuego sin miedo a quemarte. Pronto daremos una noticia sobre ellos... Lo dejamos aquí por el momento.

Gracias a todas las personas que me han estado preguntando cada semana, cada día, porque reconforta, por escribirme experiencias, por hacer mis días de reposo más amenos. A personas como Sindy que habíamos perdido el contacto y que ahora mismo sé que puedo contar con ella. A compañeras de la universidad que han sido maravillosas al cuidarme, hablar conmigo, a tranquilizarme... A, simplemente distraerme, ya que muchas han sido mamás recientemente y han comprendido cada una de mis palabras.

Gracias Miriam y Fito, por vuestra atención. ¡No quiero olvidarme de nadie! Laura B. Gracias siempre por estar cerca, a mi lado, por saber todo de mí, por guiarme, por ayudarme con Cuquito, con Helena, con Maya, por ayudarnos tantísimo. ¡Gracias también por incontables regalos! Necesitamos una o dos casas más para meter todo lo que nos habéis regalado, así que mil gracias de nuevo.

Gracias también por la atención del resto de familia más allá del núcleo más cercano, tías, tíos, abuelas, gracias por vuestra preocupación, por tantos mensajes, por tanto amor y cariño recibido en estos meses. Como digo, esos son los regalos por los que me siento tan querida y cuidada. 

Creo que Helena va a cuidarse en el mejor ambiente del mundo, rodeada de amor de tantas personas que dudo que llegues, hija, a ver la maldad de este mundo hasta que seas bastante más mayor. No hemos podido elegir papá y yo, un mejor lugar para tenerte. Vas a rozar ser una niña mimada. Sin tenerte... Eres el regalo más especial de mi vida.

¡Ah! Dar las gracias a mi fiel compañera, Maya, mi enfermera, mi mundo entero. Mi gran sorpresa y descubrimiento, mi perrita. Nunca imaginé un amor tan infinito e incansable. Tan leal y sincero. Nunca pensé poder amar así. Eres mi vida y mi todo. Y el corazón no tiene límites, seréis Helena y tú, ambas mis bebés. Todo en la vida será poco para vosotras. (Y siempre se me saltan las lágrimas con las palabras dedicadas a Maya. ¡Mira que lloro poco! Ella es mi gran debilidad).



Y por último, y no menos importante, aunque no sé si nombrarte puesto que creo que hablo también en tu nombre. Gracias Javi por intentar cada día dar todo y más de ti. Gracias por intentar sobrellevar este camino de la mejor manera posible. Dividiéndote entre Cuquito y yo. Y acompañarme en esta aventura que de tantos colores se nos ha presentado. Espero que esto nos ayude a unirnos más, a consolidar aún más los cimientos de nuestro propio cuento y a hacer un equipo indestructible. No sé si lo peor ha pasado o está por pasar, pero intentemos no perdernos el uno al otro.

Gracias, de verdad. Gracias a los nombrados, a los no nombrados, a los que os he señalado en este escrito. Gracias y mil gracias, no hay palabras para describir tanto cariño y amor durante estos nueve meses.

Y... Helena, sal ya, no te hagas de rogar. Te esperamos mamá y papá-

Te queremos, lagartija.



El deseado momento de volver al trabajo

 Que levante la mano la primera madre o el primer padre que no ha llegado en alguna ocasión al trabajo un lunes, tras un agotador y desastroso fin de semana, contento y feliz de volver a sentarse en su silla.

¿Qué tienen la maternidad y la paternidad que, cuando crees que ya lo has vivido y sentido todo, de pronto, ante una nueva situación, te sientes como un auténtico novato?

Y además cuando esto te ocurre te crees que eres la primera que ha pasado por ello o la única que lo va a experimentar, ¿verdad? Sí, así es. Y este tipo de sentimientos si no los compartimos nos frustran, nos desaniman, nos preocupan y nos van minando poco a poco hasta que llega un día en el que explotas y decides hablar.

—Pues yo estoy deseando incorporarme al trabajo. ¡No puedo más! Necesito volver a recuperar mi vida más allá de la maternidad. Necesito arreglarme, salir de casa, despreocuparme de papillas y pañales, y volver a ejercer, sí, volver a coger las riendas de mi profesión y emprender el vuelo —me dijo una paciente cuando hablábamos de lo difícil que resulta incorporarse al mundo laboral con un bebé tan pequeño—. Mira, Lucía, yo, incluso, he guardado para más adelante el mes de vacaciones. Necesito volver a mi trabajo. Es que lo necesito. ¿Me comprendes? —me preguntaba a la desesperada.

—Pues claro que te comprendo —le dije ofreciéndole esa aprobación que sospecho no recibía de su entorno.

¡Qué complicadas somos! Si con un primer hijo te lleva la pena y la amargura cuando tienes que volver a tu profesión, con un segundo, en ocasiones, lo que te pueden son las prisas por salir de casa y desconectar de la crianza. Quiero a mis hijos exactamente por igual. Han sido niños buscados, deseados y concebidos con el amor más grande que podíamos sentir, pero he de reconocer que con mi hija pequeña me ocurrió exactamente lo mismo que a esta madre y a las docenas de madres que escucho en mi día a día.

Cuando mi hija nació, su hermano tenía veinte meses, nunca había ido a la guardería ni iría hasta que cumpliera los tres años y entrase directamente al colegio.

Carlos empezó a andar a los dieciséis meses, nunca gateó, por lo que hasta ese momento en el que decidió «independizarse» un poco de mí, se pasaba el día en sillita, en hamaca, en su parquecito infantil o en mis brazos «amasando pan» debajo de mi camiseta, incluidos los nueve meses de embarazo de su hermana Covi, en los que se volvía loco por «amasar», ya que, para su deleite, el tamaño de la masa había aumentado considerablemente.

Me dio cuatro meses de tregua antes de que naciera su hermana para tener las dos manos libres y caminar relajadamente por la casa. Cuando nació Covi, como es lógico, dio un pequeño paso atrás y la independencia que había adquirido, de pronto, se esfumó. Reivindicaba su estado de bebé y su profesión de panadero y quería seguir enganchado a mí.

Difícil situación la del príncipe destronado, muy difícil. La verdad es que su hermana me lo puso fácil porque mamaba, sonreía y dormía; mamaba, sonreía y dormía; pero aun así el día tenía veinticuatro horas y, con dos bebés en pañales por casa, la familia a mil kilómetros de distancia y el papá de las criaturas trabajando de sol a sol, las horas pasaban muy lentamente, al menos para mí.

Entre cambiar pañales, preparar papillas, dar el pecho, salir a pasear, subir al mayor al tobogán, volver a casa, baños, cuentos, y horas y horas sin dormir entre llantos de uno y tomas nocturnas de la otra, llegó un momento en que, cuando me llamaron mis jefes para preguntarme cuándo tenía pensado incorporarme, me dije: «¡Madre mía! ¡Que yo soy médico! ¡Que soy pediatra! Que hay vida después de la maternidad, que hay carreteras más allá del parque, y gente además de las mamás de la urbanización».

Y escuché una música celestial que decía: «¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya, aleluya, aleeeeeluyaaa!».

Durante un brevísimo espacio de tiempo el sentimiento de «mala madre» me invadió. Pero reconozco que me duró apenas unos minutos.

«Pero vamos a ver, Lucía —me dije—. No te permito que te sientas culpable. Eres una madre maravillosa y adoras a tus hijos, los quieres por encima de todo. Pero te recuerdo que la pediatría no solamente es tu profesión, es tu pasión. Que has luchado mucho por llegar al lugar donde estás, que nadie te ha regalado nada y que, si lo has logrado, es porque disfrutas de tu trabajo. Eres buena  pediatra como eres buena madre. Necesitas recuperar esa parcela de tu vida. Escucha tus necesidades y hazles caso. Déjate de ñoñerías y ponte a trabajar, que lo estás deseando. Ya te cogerás el mes de vacaciones más adelante, cuando de verdad lo vayas a disfrutar.»

Y eso hice. Me incorporé a las dieciséis semanas y la verdad es que me sentí fenomenal. Recuperé parte de mi identidad y disfrutaba más aún de mis hijos al llegar a casa. Comprendí que mamá no es imprescindible las veinticuatro horas del día, que ocho horas estaría fuera de casa, pero el resto del tiempo se lo dedicaría a mi familia, y me funcionó. Una vez más, hice caso a mi voz interior y reservé las vacaciones para más adelante. Cuando llegaron las disfruté plenamente, sin el agotamiento de los primeros meses tras dar a luz y tras llevar trabajando ya unos meses, con lo que las cogí con unas ganas tremendas de desconectar y valorar al cien por cien el tiempo de calidad en familia. 

Así que comprendo perfectamente a todas aquellas madres que rozan la depresión cuando llega el momento de incorporarse al trabajo porque puede resultar realmente duro y difícil, lo sé, pero también entiendo a aquellas madres que no solo desean volver a su profesión, sino que lo necesitan. A todas ellas las animo a que se liberen de la culpa, del sentimiento de «mala madre», del dañino:

«Pero ¿por qué siento esto con mi segundo hijo y no fue así con el primero, ¿acaso lo quiero menos?» Ya sabes la respuesta, por supuesto que no. Deja de castigarte.

Que levante la mano la primera madre o el primer padre que no ha llegado en alguna ocasión al trabajo un lunes tras un agotador y desastroso fin de semana, contento y feliz de volver a sentarse en su silla.

Pues a mí me ha pasado y aún me pasa, y no tengo ningún problema en admitirlo. Hay fines de semana en familia deliciosos, inolvidables; domingos que no deseas que se acaben nunca en los que todo va sobre ruedas: los niños se han levantado un poquito más tarde de lo habitual, por lo que os han dado una tregua y habéis podido dormir un par de horas más, suficiente para recuperarse del cansancio de la semana. Además se han levantado contentos, que no siempre ocurre, y colaboradores, que tampoco pasa todos los días. Os habéis venido arriba y habéis decidido salir a comer. Se han portado aceptablemente bien, no han montado ningún numerito, os habéis divertido con un par de ataques de risa espontáneos que os cargan las pilas. Al volver a casa les habéis puesto una película, los astros se han alineado a vuestro favor y se han quedado dormidos en el sofá: ¡oportunidad de oro que nunca se ha de desperdiciar! Deliciosa siesta, sin prisas, con su aperitivo correspondiente que te endulza el día... Despertar apacible, sin gritos ni llantos infantiles, todo lo contrario, con un buen postre.

—¡Estamos que nos salimos, hoy, cariño! —te dice tu chico mientras te desnuda.

Y os levantáis como si os hubiese tocado la lotería, porque, cuando esto ocurre, realmente lo vivimos así: es un premio, ¿verdad?

Pero hay fines de semana en los que todo sale justamente al revés de como lo habías programado. O tú te has levantado con mal pie y todo te parece mal, o son los demás los que se empeñan en amargarte el día. Los niños se despiertan más temprano que nunca tras una noche toledana de múltiples llamadas y lloros. El desayuno a destiempo, cada uno por un lado. Llegan las doce de la mañana y ya estás tan cansada que no te apetece ni pensar en qué vais a comer y mucho menos en salir por ahí. Si decidís salir de casa, los niños se portan fatal en el restaurante, intentas arreglarlo con una buena y reparadora siesta, pero no hay manera, las interrupciones son tantas que al final desistes y te enfadas más aún... Total, que termina el día, te vas a la cama después de haber preparado la cena de mala gana y haber dejado a los niños sin cuento y lo único que deseas es que suene el despertador a la mañana siguiente para meterte en la ducha, arreglarte un poquito, montarte en tu coche, poner la música a tope y llegar a trabajar.

Entras por la oficina con una sonrisa de oreja a oreja, feliz y relajada, y curiosamente lo que piensan los demás al verte es: «Menudas siestas se ha echado este fin de semana. ¡Las hay con suerte!».



Tal vez ella solo necesitaba que la trataras como al principio lo hacías.


 

El temido momento de volver al trabajo

 Me da igual que lo hayan pasado millones de mujeres antes que yo.

Esto es lo que yo siento ahora, y lo siento dentro, por lo tanto es mío.

Es mi pena.

¡Dejadme en paz!

Hay mañanas en las que el sol entra de una forma especial por la consulta, hay mañanas en las que todo lo que te rodea te recuerda algo, hay mañanas singulares en las que la primera paciente te cambia el día, te recuerda que el tiempo pasa y que pasará para todos, para ella también, aunque ella aún no lo sabe.

Salgo del ascensor y aún con las luces apagadas vislumbro a una madre con su bebé de no más de seis meses en brazos esperando en la salita. Lo está meciendo mientras le canturrea una nana. Observo la maternal escena desde la distancia y a medida que me voy acercando, pienso: «¡Cómo se parece este bebé a mi hijo Carlos! ¡Y cómo le acuna su madre! Igualito que hacía yo».

Me sorprendí incluso al observar que la manita derecha del bebé se perdía en el escote de su madre en busca de su refugio, de su alimento, de su consuelo: la teta.

«¡Increíble! Exactamente igual que Carlitos. No había mejor calmante para él que dejarle explorar en las profundidades de mi pecho. Por aquel entonces yo me lo tomaba a risa y le decía: “Ale, hijo, a amasar pan, venga, dale”. Aún es el día de hoy y, de vez en cuando, lo intenta y es entonces cuando le digo: “No, cariño, tú etapa de panadero ya ha terminado”.»

Y nos empezamos a reír los dos, yo con la mirada puesta en el pasado, cuando él ni siquiera hablaba y Carlos, hecho ya un hombrecito, aferrándose a un tiempo del que le cuesta despedirse.

Volviendo a la madre de mi consulta, aquellas coincidencias no eran más que el principio.

—¡Buenos días! Vamos entrando y me vas contando qué tal —le dije sonriente mientras sacaba las llaves del bolso, dispuesta a abrir la consulta y empezar la mañana.

Intentó devolverme la sonrisa, pero no fue capaz.

«Algo pasa», pensé.

Una vez dentro, mientras me ponía la bata y encendía el ordenador, le dije:

—¿Qué tal? ¿Cómo estás? —Esperaba un «muy bien» por respuesta.

—Bueno, las cosas podrían ir mejor —me contestó con un nuevo intento fallido de sonrisa.

—Vaya... —alcancé a decirle, mirándola fijamente a los ojos, intentando leer entre líneas.

En esta profesión, tras una respuesta así, una está acostumbrada a escuchar de todo: «Me acaban de diagnosticar un cáncer», «Mi madre está muy enferma», «Mi marido se ha ido de casa», «Hemos estado ingresados la semana pasada y lo hemos pasado fatal», «Me voy a separar», «Me han echado del trabajo, no me renuevan»... y un sinfín de malas noticias que acompañan a ese «bueno, las cosas podrían ir mejor». Sin embargo, esta vez su respuesta me pilló por sorpresa, porque hacía muchos años que no recordaba los momentos que estábamos a punto de compartir.

Hay pacientes con las que definitivamente te apetece compartir experiencias, y esta era una de ellas.

—Me incorporo a trabajar —sentenció.

Y esta es una frase que, en sus circunstancias y en las que yo me encontraba cuando pasé por ello por primera vez, solo logras entender tras haberla vivido. Buenas noticias para miles de personas ansiosas por empezar a trabajar y un momento desolador para una «recién mamá» con un bebé de apenas seis meses en brazos, que de lo único que se alimenta es del pecho de su madre y que hasta la fecha no se ha separado de ella ni un minuto en los nueve meses más veinticuatro semanas de vida que tenía.

—Te puede la pena —le dije mientras le ponía mi mano en su hombro.

Estas cuatro palabras fueron suficientes para que empezara a «vomitar» todo lo que le llevaba robando el sueño en las últimas noches:

—Ay..., es que ¿cómo voy a ser capaz de separarme de mi hijo tantas horas? Lucía, solo quiere mamar y mamar, rechaza cualquier tipo de tetina, no quiere ni oír hablar de ellas, ¿de qué se va a alimentar cuando yo no esté? No entenderá lo que está ocurriendo. No puedo ni imaginar el sufrimiento que eso le puede generar...

La escuchaba atentamente y me estaba escuchando a mí misma hace nueve años, cuando intentaba explicarles esto mismo a mis amigas y nadie sabía darme una respuesta. Los parecidos entre su historia y la mía eran tantos que por un momento pensé que era yo la que hablaba.

—Vivimos aquí sin familia. El bebé no se ha separado de mí ni un minuto, además es un niño muy demandante, me pide cada dos horas. No consiente que nadie le alimente, ni siquiera con mi propia leche extraída, es inútil, termina en la basura. Llora y llora, solo se calma cuando está en mis brazos. Y sí, yo sé que por esto pasan todas las mujeres, pero es que...

—No te justifiques más. No tienes que hacerlo. Conmigo no lo hagas.

Retrocedí en el tiempo nueve años, cuando escuchaba a madres veteranas con dos y tres hijos decirme:

— Bueno, es lo que toca. Todas hemos pasado por ahí, no se acaba el mundo.

«¡Pues ya sé que no se acaba el mundo! —pensaba yo indignada en ese momento—. ¿A qué viene esta estupidez? Pues también sé que todas las mujeres trabajadoras han pasado por ello. ¿Y a mí qué? ¿Mal de muchos, consuelo de tontos? Pues va a ser que no. ¡A mí eso no me consuela un pimiento!», me apetecía gritar cada vez que me venían con la misma historia.

Me da igual que lo hayan pasado millones de mujeres antes que yo. Esto es lo que yo siento ahora, y lo siento dentro, por lo tanto, es mío. Es mi pena. ¡Dejadme en paz!

Así que después de intentar compartirlo y no encontrar nada que me convenciera, aprendí a vivirlo desde dentro. Sí, en la vida hay cosas que se viven desde y hacia dentro, como es la pena, y hay otras que se viven y se sienten hacia fuera, como es el amor o el deseo: si no lo expresas, si no lo compartes, explotas.

En ese instante en el que escuchaba a mi paciente comprendí que me encontraba con una mujer que bien podría haber sido yo hace nueve años. Y es en esos momentos en los que eres consciente del paso del tiempo, de la cantidad de cosas que has ido metiendo en la mochila: años de profesión, experiencias y confidencias, temores y miedos de madre; también metes nuevos y enriquecedores, incluso salvadores, puntos de vista al tener a tu segundo hijo... y te relajas, vamos que si te relajas.

Decidí en ese momento que iba a empezar la mañana ya con retraso porque de lo que teníamos que hablar era importante, así que no me quedaba otra que pedir disculpas a la siguiente familia que entraría a continuación e invertir toda mi energía y tiempo en esta mamá que tanto necesitaba que le dijeran esto:

—Lo que sientes es normal, más que normal, es natural. Tu bebé va a estar muy bien. Te voy a decir lo que va a pasar: los primeros días llorará porque efectivamente no comprenderá por qué mamá no está ahí con él, cuando en realidad lleva toda su vida o dentro de ti o a tu lado. Es probable que deje de comer unos días, sí, hará una huelga de hambre. Se negará en rotundo a tomar biberones, él querrá la tetita de mamá; es posible que incluso su sueño se altere las primeras noches, se despierte sobresaltado, quiera estar enganchado a tu pecho toda la noche en un intento de mantenerte unida a él eternamente. Las noches irán pasando y en esos momentos te dirás: «No puedo seguir así». Pero ¿sabes qué? Que podrás, claro que podrás.

Porque pasados unos días, que no son muchos, él volverá a estar feliz, comerá lo que le den, dormirá de nuevo a pierna suelta y cuando vuelvas del trabajo te recibirá con una plácida sonrisa en busca de tus caricias. Y entonces tendrás que empezar tú tu propio proceso. Porque esto ya es cosa nuestra. Es tu pena y has de superarla tú.

—¿Te tienes que incorporar sí o sí al trabajo? ¿Verdad? —Sí —me dijo.

—Pues ya está. Como me decía mi madre: «No te rebeles contra la evidencia». Hay cosas en la vida que no podemos cambiar, que no están en nuestra mano, al menos en estos momentos, por lo que invertir nuestra energía en ello no tiene mucho sentido. Has de mantener la cabeza fría y aprender a no desgastarte en cosas que no dependen de ti.

Ella asentía, veía como cada una de mis palabras calaba muy hondo. Supe que no olvidaría esta conversación en mucho tiempo, quizá nunca la olvidaría.

—Tenemos que volver al trabajo y no hay más. Tu bebé va a estar bien, eso es lo único que importa. Tu pena por no estar a su lado es tuya, y tú has de gestionarla desde dentro. Diferente sería si supieras que tu hijo no iba a estar bien cuidado, entonces sí vivimos la pena desde fuera..., con esa necesidad imperiosa y vital de intentar cambiar las cosas.

Pero cuando nuestros hijos están bien, todo lo demás es trabajo nuestro, trabajo de madre, de mujer.

—Así que, escúchame bien —le dije con una sonrisa—, vas a disfrutar del mes que te queda, vas a olvidarte de las papillas si no las quiere, deja de pelear, no merece la pena. Ofrécele los alimentos al mismo tiempo que coméis vosotros. ¿Que quiere coger la zanahoria hervida él solo?

Pues déjale. No quiero que cuentes cucharadas ni peses gramos de pollo. Disfruta, son treinta días los que aún tienes por delante. No los desperdicies peleando. Ya comerá; de hecho, ya te adelanto que, cuando tú no estés, comerá.

Su expresión facial se relajó, su mirada se iluminó. No dijo mucho, pero lo que dijo, me bastó:

—Gracias, Lucía. Lo necesitaba.

Y se fue...

Unos meses después volvió. Durante los primeros minutos de consulta me contó cómo habían ido las cosas; efectivamente, el niño se había negado a comer durante unos días, habían aumentado el número de despertares nocturnos y estuvo más irritable de lo normal. Pasada esa breve aunque intensa fase de adaptación, el bebé volvió a ser el niño risueño y sonriente que era, comiendo y durmiendo a sus horas. Ella estaba más tranquila, asumiendo su nueva situación de madre trabajadora; la encontré serena.

Al sentarse en la silla y coger en brazos al protagonista, este sacó inmediatamente la mano y fue directo a colarse bajo la camiseta de su madre.

«Ale, hijo, a amasar pan», pensé, y me entró la risa, risa que no pude contener.

Su madre se encogió de hombros, levantó las cejas, sonrió y me dijo:

—¿Qué le vamos a hacer si le gusta?

Hay cosas que no cambiarán nunca.