lunes, 16 de abril de 2018

Algo que he aprendido

Si algo he aprendido, es que el amor es aquel que sobrevive a la muerte de las mariposas.
De hecho hay un estudio que dice que el “preamor” dura una media de uno y dos años, a lo que queda se le llama Amor.
Si no, pasas a ser otra colección de la lista de caprichos que tuviste y se pasaron de moda.
No te enamores de mi. De verdad. No lo hagas.
No lo hagas porque aunque me muero de ganas de que lo sientas, y me hagas sentir aunque solo fuera por una puta vez algo normal tarde o temprano lo acabaré haciendo.
No podré darte todo el tiempo que mereces.
Algún día querrás ir a tomar algo y yo estaré demasiado ocupada.
De repente empezarás a querer hacer una rutina conmigo y te diré que estoy liada, que lo siento que tal vez la semana que viene.
Tarde o temprano me darás a elegir. Y tendré que decirte adiós.
Aunque la verdad sea que me muero de ganas de que alguien comprenda estas líneas y
me de lo que necesito.
Lo siento, aprendí a amar así.
Por eso decidí protegerme en una ocupación constante.
Porque si no inviertes tiempo en algo que te pueda romper, no te romperá nunca.
Quizás eso le pasó al que me enseñó a hacerlo.


lunes, 9 de abril de 2018

VOZ Y VOTO

Yo estudié en un colegio público, en un instituto público y en una universidad pública.
Me matriculé en el plazo establecido.
Aboné las tasas correspondientes.
Asistí el número de horas requeridas para poder aprobar.
Estudié y realicé todos y cada uno de los exámenes en los días que fueron fijados.
Conmigo se aplicó siempre la normativa.
Y nunca nadie me proporcionó un trato de favor.
Yo entendí que eso era lo justo, que la discreccionalidad no podía entrar ahí.
Hoy pienso en todas esas personas a las que vi llorar y suplicar.

A las que se les pasaron los plazos.
A las que no pudieron asistir a clase porque tuvieron que ponerse a trabajar y fue imposible conciliar.
A las que no se presentaron a los exámenes porque fallecieron sus padres y en las actas aparecieron como no presentadas.

Después de estudiar, trabajé y fui despedido por la crisis y tuve derecho a una prestación.

Hoy pienso en todas las personas que se olvidaron sellar el paro y perdieron un mes la prestación por desempleo aunque la necesitaran para vivir.

Y que no hubo nadie que falsificara una firma.
Pienso en lo injusto de ser un don nadie.
Un muerto de hambre.
Un simple número más.

Pueblo. Pienso en la manera han dispuesto siempre algunos y algunas del mundo y sus gentes.

Estacionando en lugares prohibidos para comprar ropa o para sacar dinero de un cajero, consiguiendo lo que querían solo por quiénes eran.

Porque ese es el auténtico poder corrupto, aquel que nos hace pensar que somos diferentes al resto, que merecemos algo más, que siempre hay alguien por debajo que cargue con el muerto.

Qué rabia que nos mientan y se rían de nuestro esfuerzo.
De nuestra confianza.
De nuestro cumplimiento.
Porque aquí los idiotas somos los de siempre.
Los que perdemos somos los de siempre.
Los que no tenemos poder, ni dinero, ni apellidos.
Pero tenemos la humildad de nuestros nombres.
Tenemos el amor.
Tenemos periodistas comprometidos con la verdad.
Y tenemos voz.
Y tenemos voto.

Roy Galán


CLASES DE AMOR PARA VIANDANTES

El amor es ese deporte en el que sin saber andar nos echamos a correr.

MARWAN



EL HUMILDE

Fue de todos sin ser dueño de nadie.

Si pudiera leerse sobre la piel de un hombre la historia de su vida
-lo mismo que se lee en el árbol talado la edad de la madera-,
en la suya veríais a alguien que siempre puso
la rendición antes de la batalla,
prefirió la modestia a la codicia, ceder a reclamar,
seguir a ser seguido.

No fue dueño de nadie y creía que un sabio es aquel que resiste
la abreviatura de sus esperanzas.

- ¿Por qué someterse, si no hay cosas en el mundo que no se ate,
conduzca o sea domada, ¿Acaso no doblegan los números al tiempo,
la tubería al agua o la fe a la razón?
Así hablaba el humilde y de ese modo
se llenaron sus años de derrotas pactadas, sueños fáciles
y cosechan perdidas.
Pero él no se apartó de su camino.

Es verdad que hubo noches sin paz en que giraban lentamente
las aspas del insomnio;
días en que fue inútil el aval de la luz;
disculpas que eran el himno del país de los vencidos;
que alguna vez crecieron dentro de él los suburbios
donde pone su industria la tristeza;
alguna vez la envidia se hizo fuerte en sus ojos,
montó en su corazón su campamento.

Y sin embargo ese hombre que no fue autor de nada,
ni abanderado suyo ni héroe de los demás,
quizá fuese feliz a su manera,
quizá buscó en la sombra de los otros un oasis,
un cobijo del sol.

Que en su estatua invisible se posen para siempre 
las palomas más blancas de este planeta oscuro.

Benjamín Prado



domingo, 8 de abril de 2018

XII

He roto los poemas
que te escribí y que dicen que aún te quiero,
porque ya no decían la verdad:
estar equivocado es ver que las respuestas regresan
a morir a sus preguntas,
se convierten en simples errores o en mentiras.
Dormir contigo no era despertar hacia dentro,
como una vez creí.

He roto los poemas y han desaparecido
sin llegar a saber que para ti
yo no era la diana, sólo el punto de mira;
tú para mí un veneno y una buena lección:
los fracasos blanquean el orgullo
igual que las heridas se curan en la piel.

Nadie podrá leer estos poemas que hoy destruyo
por destruirte a ti y poder olvidarte.
Los miro una vez más y aún me hacen daño:
aún así, partidos: en el objeto roto está el recuerdo entero.

No puedo más, los parto en pedazos, las palabras al silencio,
lo que ya había ocurrido vuelve a ser imposible.
Los parto en mil pedazos adiós, mi amor, adiós mi am...
ad...
mi...
...or
...

Benjamín Prado


XI

Mi amor, este poema
es para que lo leas cuando no esté a tu lado,
cuando no pueda ya cuidar de ti.

No te conformes nunca con alguien que no piense
que tú eres una llama más antigua que el fuego,
que tú eres su razón para vivir.

Aprende a no querer a los que no te quieran
y elige bien a qué le tendrás miedo:
no habrá sombra que oculte lo que tú temas ver.

Escapa del que piense
que el aire es la pared de lo invisible
y huye de aquel que crea
que es más feliz quien menos necesita,
porque ése no podría necesitarte a ti.

No te rindas, no olvides jamás que la tristeza
sólo es la burocracia del dolor.
Y si sientes que el mundo se derrumba,
no intentes abrazarte
a otro que esté cayendo a la vez que caes tú,
como yo hice contigo.

Algún día
tendrás que despertarte para salvar tus sueños.
Algún día sabrás que en las promesas
hay siempre un cristal roto
en el que aúlla el viento frío de la mentira.

Recuerda todo eso.

No escondas lo que sientes por miedo a ser más frágil,
como aquellos
que por guardar tan bien lo que más les importa,
lo pierden para siempre.

Recuerda que no hay nada que no pueda
ocurrir cualquier día.
No olvides que esta obra ha terminado.
No olvides que le hablas a un teatro vacío.

Benjamín Prado


X

Reuní los defectos que había abandonado
para estar junto a ti.
Convoqué a la venganza, al rencor, al orgullo;
le devolví a mis manos sus puñales,
la crueldad a mi boca y el egoísmo a mi corazón.

Por quitarte las armas con las que me matabas,
huí de la pureza y la sinceridad,
y ahogué en mi propia sangre al inocente
que no supo que dártelo todo lo convertía
en un hombre sin nada, vacío por ti.

Te extrañé sólo el tiempo en que aún recordaba
el sabor de tus labios o la forma en que el mar de tu desnudo
rompe contra la piel.

Pero hoy ya estoy a salvo de tus ojos,
los cuerpos de las otras ya han olvidado el tuyo
y a todo lo que espero ya no le faltas tú.

Reuní al egoísmo, al rencor, al orgullo...
Cómo va a equivocarse el que consigue a cambio de lo que más quería
la recompensa de su libertad.

Benjamín Prado


IX

Me acusas de quererte demasiado,
de que mi amor no ceda su sitio a la costumbre,
de desearte igual que el primer día.

Me pides más frialdad y el mismo fuego;
menos palabras dulces
y a la vez que recuerde
que sin ti el sol/son/sólo
las tres primeras letras de la soledad.

Y yo, que fui aquel cínico
para el que la certeza
no era más que una de las opciones de la duda
y la verdad un cabo suelto de la mentira;
el que se conformaba con mujeres
de las que hoy sólo importa saber que no eran tú,
hoy no quiero otra cosa que amanecer contigo
cada día con llamas en los ojos,
sin besos burocráticos, seguro
de que nada urge tanto como no cambiar nada y seguir junto a ti.

Pero no te confundas:
yo te ofrezco
avanzar sin llenarnos de caminos andados;
no ser nunca
los que al llorar escriben su nombre sobre el agua,
los que al reír convocan la tristeza a sus labios;
los que inventan el frío.

Yo te ofrezco todo.
Pero no pidas menos, mi amor,
ni te equivoques;
si me das a elegir entre perderte
por completo o estar conmigo en parte,
voy a decirte adiós.

Bejamín Prado



sábado, 7 de abril de 2018

VIII

Ahora quiero contarles que esta mañana supe
cómo de un sólo golpe puede ser la tristeza
un cuchillo que cierre el corazón y una llave
que abra la poesía.

Todo empezó una noche, cuando mi amor me dijo:
- Cuenta cómo me ves, descríbeme en tus versos y así
sobré quién soy cuando me miras.


No pude conseguirlo.

Me adentraba en la jungla negra del diccionario
para luchar con verbos venenosos,
nombres llenos de púas,
adjetivos salvajes que siempre se escapaban,
que siempre me vencían.
Caminé por la nieve feroz de los cuadernos.
Volví a mi casa con la piel herida
por un ejambre de interrogaciones:
- ¿Pero de qué manera describiré sus ojos?
¿Vivero de la luz?
¿Suburbios de la luna?
¿Qué le llamo a su boca: biblioteca del beso o fruta submarina?


Cada tarde, ella inventaba la felicidad

igual que el arqueólogo
encuentra la figura de un dios sumando ruinas
o el cocinero corta
monedas de marfil en la manzana.

Yo seguí pensando si llamarle a su pelo
abogado del aire, catarata adiestrada o indicio del león.


Pero entonces llegaron a nadar en mi sangre

los peces del infierno: las sospechas, las dudas;
y el egoísmo puso su puñal en mi mano,
y la herí con verdades crueles y mentiras,
y ella me dijo adiós.

Yo he escrito este poema para recuperarla,
para que no se marche,
para que me perdone.
Porque de pronto, está todo tan claro
y es fácil de explicar:
- Cada vez que me tocas, en mi corazón crecen
los rancios rojos de la alegría.


Benjamín Prado




VII

Perdóname esta angustia.
Perdóname si pienso que habrá un día en que escriba:
- Todo el que car sueña con tener alas, 
y así soñé contigo,
y desperté en el fondo de un abismo, sin ti.


Perdóname que sienta la desdicha

de quien sabe que su felicidad
existe y la ha sentido
atravesar su corazón, tan bella,
tan cruel como un río que no lleva su nombre
y se llevó su vida.

Perdóname que dude
si todas las palabras que hemos dicho
eran la cuenta atrás de una despedida:
te amo, 10, 9, 8, o, m, a, e, t...

Cuando cierro los ojos puedo ver nuestra casa:
niños en el jardín, flores sobre la mesa...
Pero la luz me busca, me dice: - Tus deseos
no pueden alejar la realidad,
como el grito no aleja el dolor del herido.


Perdóname, m..., 7, 6, 5, 4...

Perdóname, 3,2... ya sé que olvido
que aún queda una esperanza.
Yo la voy a buscar,
lo mismo que la luz, z, u, l... busca
castillos en el cuarzo
por resistir el cerco de la noche.

Benjamín Prado


VI

Por favor, no te vayas,
no me mandes de vuelta a mi infierno dorado,
ese mundo sin paz donde los días
cortan como cuchillos
y una ventana abierta no es siempre lo contrario
de una prisión.

Te escribo desde el fondo de una angustia salvaje,
cansado de correr con los ojos cerrados
mientras de fuego en fuego iba inventando el frío.

Por favor, no te vayas;
si tú me dejas solo, todos lo que me acosan
van  a clavar en mí sus oscuras banderas,
a herir mi corazón desde el olvido
con palabras de hierro,
con las uñas feroces
de un enterrado en vida que araña su ataúd.

Yo no quiero volver donde comienza el aullido del lobo
y las noches se mueven como un bosque de mástiles
según la voluntad amarga de las olas;
yo quiero estar contigo
y leer en tus ojos
las últimas noticias del ámbar cada día.

No te vayas, mi amor, 
porque sin ti 
sólo puede quedarme lo que hay después del fuego:
la ceniza, la oscuridad y el miedo.

Benjamín Prado


V

Para poder mirarla es necesario
ver la verdad que vive dentro de cada cosa:
saber que las espigas 
son las piezas de una paloma verde;
que en el verbo agrietar puede escucharse 
el corazón del tigre:
que del poema roto caen los pétalos blancos de la flor de la duda.

Si admites todo eso,
si sabes escribir: en los ojos del cínico
hay lágrimas que son sílabas de una ciénaga...
si le puedes llamar a las gaviotas
oleaje del cielo, nieve viva...
tal vez sabrás qué ves cuando la mires.

Si quieres describirla en un poema,
te hará falta buscar dentro del diccionario
un idioma salvaje, palabra que se dejan escribir
como fieras que acceden a ser acariciadas.

Encuentra un adjetivo que le diga
de donde tú te vas, si incauta el hielo
y sabrás explicar
que volver de sus labios es volver a un país
donde se han detenido de pronto las cosechas,
se han parado los ríos.

Yo que dormí con restos de la luna en las manos 
después de acariciarla:
que he aprendido en su boca el sabor de la luz 
y en su pelo el lenguaje de las enredaderas,
aún no voy a aclarar nuestro misterio,
quiénes somos, quién es el huracán que gobierna mi vida.

Pero el lector curioso
que intente adivinarnos,
quizá apoye el oído en estos versos
y entenderá tu nombre:
suena como las fuentes 
donde empiezan el agua, la noche y la alegría.

Benjamín Prado



jueves, 5 de abril de 2018

IV

Yo no quiero que seas
una luz en medio del naufragio;
que te salpique el agua
amarga de mi vida.
Yo no quiero tu ayuda,
sólo quiero tu amor.

Yo no quiero decirte
que hay un mundo
en el que una promesa
es ya media mentira
y el corazón oculta 
un hipódromo rojo donde corren 
la deslealtad contra la ingratitud.

Yo no quiero que pises
el lodo de la usura;
ni que mi piel 
la toquen con sus látigos
el odio y el rencor.
Yo no quiero que vengas 
hacia mí,
sólo quiero que me lleves contigo.

No preguntes, mi amor,
y que el silencio
sea la levadura de la felicidad.

Porque existen verdades
que podrían dejar su mancha en ti
como deja la pluma
sobre el papel en blanco
su gota de pantera.
No preguntes, mi amor,
porque hay historias
que contagian abismos,
que extienden cicatrices,
que son la abreviatura
de un veneno.

Benjamín Prado


III

Eso no, vida mía,
eso no voy a dártelo,
yo que te lo doy todo.

Los abismos sin vértigo.
La luz sin quemaduras.
La pasión que es un tigre que salta un aro en llamas.
Las mentiras hermosas como camaleones
que fingen el color de la verdad.

Eso no, vida mía.

Las sábanas que llevan a calabozos blancos.
Los triunfos que consisten en sumar dos derrotas.
La lealtad con heridas.
La paz entre cuchillos.
El corazón que exige una balanza.

Eso no voy a dártelo.

Yo que soy por ti el agua que regresa del hielo;
la roca que una noche despertó siendo estatua;
yo que te doy mi vida;
yo que quisiera darte hasta mi muerte,
eso nunca, amor mío.
Eso no voy a dártelo.

Benjamín Prado



II

Mi amor me dijo un día:
- No olvides que te quiero y olvídate de mí.
Yo intento obedecerla, partirme en dos y ser como el ángel de Borges que volaban a la vez a oriente y occidente, al norte y hacia el sur.
Partirme en dos ya siempre creer que no se ha ido.

Al hombre que no olvida que le quiere no lo van a vencer ni el tiempo ni la duda;
no podrá la tristeza cavar en él sus minas o el desánimo abrir sus embajadas.
Y tachará las sombras, simplemente, con escribir su nombre;
como cuando corrige la oscuridad del mundo la gramática blanca de la nieve.

El hombre al que suplica que la olvide, sufrirá la distancia, la amargura, el silencio implacable que latido a latido forma su perla negra dentro del corazón.
Y todo será igual que beber con las manos;
el agua que retenga no va a apagar su sed y el agua que se escape, se llevará su vida.

Por las noches, los dos duermen pensando en ella. 
Y al despertar, hay uno a quien va a herir el sol -porque los sueños arden con la luz y la verdad, a veces, es una quemadura- y otro que va decirle:
- Como yo sé que sólo aquel que acepta el vértigo se merece las cimas, mi amor, sigue matándome, que para mí no hay muerte más hermosa que morirme sin ti mientras te espero.

Benjamín Prado



I

Como el calumniador busca rumores porque no son palabras ni tampoco el silencio, así te busco a ti, donde no hay nadie y ya nada es verdad:
ni la vida que vives es tu vida,
ni la casa en que duermes es tu casa,
ni lo que va a pasarte es tu destino.

Como quien va a una plaza a andar entre palomas, así me acerco a ti. 
Quiero tu corazón, tu nombre atravesando por espadas azules; quiero tu mente llena de torres encendidas, tu piel, su nieve en llamas, su alud sin frío.

Mi amor, todo es tan simple:
en la llave que hoy usas hay mil puertas cerradas y en mis manos terminan las líneas de tus manos.

No te asustes.
No mires hacia la oscuridad.
Yo haré un puente que cruce de tu casa vacía a mi casa vacía.

Nunca serás feliz si sales de mis sueños.

Benjamín Prado


miércoles, 4 de abril de 2018

EL FILÓSOFO

Pensaba, por ejemplo, en mitad de la noche:
- ¿Qué es más real, lo que alguien imagina
o lo que ocurre pero nadie ve?
Y sentía pasar la inteligencia por su sangre
como un destello eléctrico.
Todo se iluminaba para cobrar sentido.

Siempre intentó abarcar el mundo con las manos.
Quiso decir: Lo nuevo no se encuentra, se inventa.
Y que toda presión tiene sus catedrales;
que una herida es el ojo que abre en tu piel la muerte,
que hay cínicos que van hacia la luz
sólo por no saber
lo que otros sufren en la oscuridad...
Nada quedaba a salvo de sus ojos.

Lejos de los demás, 
abismado en su círculo de tesis y sistemas,
quizá no llegó nunca a preguntarse 
si al fin el pensamiento no es más que un sucedáneo de la vida
y a veces su rival. Pero si lo hizo,
debió de responder: - Jamás merece ser feliz
quien malgasta sus ideas, se esconde
bajo el árbol sin sombras de lo que se aprendió
pero ya se ha olvidado o busca islas
donde enterrar el oro de la ciencia.
Y después seguiría su camino.

Cerca de la verdad, junto a los manantiales
del bien y el mal, no tuvo a quién decir:
El que esquiva su suerte, persigue su infortunio.
Saber sirve para querer saber.
El cobarde desata lo que el valiente rompe.
Quien no cree en fantasmas, teme a la realidad...
Es posible que fuera una de esas personas
que de mirar tan lejos
terminan alejándose de su propia mirada.

Al morir, los doctores 
le encontraron el corazón en blanco
y una piel sin señales de exceso o de delirio,
vacía de batallas,
pulcra como la arena de un hermoso país deshabitado.
Su dictamen fue simple:
Era un hombre ignorante,
no había conseguido entender nada.

Benjamín Prado