miércoles, 23 de mayo de 2018

Solos

Después de todo, estamos como siempre,
tan solos como el barco
de Holandés Errante,
lo mismo que una tarde de domingo,
igual que un niño
en el primer día de colegio.

Tan solos como siempre y derrotados.
Como si fuéramos César frente a Astérix
o Supermán ante la kriptonita,
o don Juan luchando
contra las estatuas
en el cementerio de Sevilla.

Estamos ya, mi amor,
en la tercera fase,
cercano sin siquiera comprendernos,
extraños como estaban
Lauren Bacall y Bogart en la Senda Tenebrosa.

Y, sin embargo -no sé como decirte-
daría la pierna que le falta a John el Largo
por volverte a tener
cuando en los cines
me cogías de la mano dulcemente
cuando Bela Lugosi sonreía
igual que yo al morder tu carne trémula
y beber de tu sangre hasta el delirio.

Rodolfo Serrano



Confesión de parte

Te digo que es de esas mujeres que te matan,
que tienen en sus dedos las caricias que queman,
y en su boca el océano cálido y primigenio.
Y debajo del ceñido pantalón vaquero
guardan la humedad asfixiante del trópico,
el olor de una playa cuando viene la noche.

Es de esas mujeres, amigo, que te matan.
Que tienen en su piel constelaciones
imposibles de abarcar con una mano.
Y en su sonrisa, en medio de sus labio,
puedes gozar de siestas y sudores
y comerte su lengua como si fuera un trozo
de corazón de azúcar, una roja sandía de verano.

No sé como contarte. Sólo un roce,
esa mano que, a veces sin quererlo,
se encuentra con su pecho al prender un cigarro,
basta para meterte en todos los infiernos
que deben de estar bajo el jersey de la lana,
en el vientre que aprieta su cintura imposible,
en sus piernas arriba, donde el pliegue divino.

Qué quieres que te diga. Cuando habla y te mira
se desahace en tu pecho el corazón que vive,
y el mundo no es el mundo, es una estrella rota,
un jirón de deseo. Y sabes que estás muerto
porque entonces comprendes que es de esas
mujeres que te matan, amigo. Y que ya no hay remedio.

Rodolfo Serrano




Tarde de cine

En la vieja pantalla de aquel cine de barrio
Marlon Brando miraba las piernas infinitas
de Angie Dickinson en un pueblo de TExas,
y nosotros sentíamos los cuerpos muy cercanos
lo mismo que si fueran figuras de película
en un technicolor de dramas y de amores.

Yo andaba por entonces persiguiendo tus labios,
intentando atraparte aunque fuera un instante
en la cárcel del pecho. Me llegaba muy suave
el olor de tu cuerpo, el sudor de la tarde,
y sentía el calor animal de tu piel que rozaba
mi brazo en la butaca de un verano cualquiera.

Sabíamos que era imposible no amarte.
Imposible dejar que tu boca se guera
sin esa sensación del mundo en unos labios,
y la humedad del mar en la saliva tuya.
Y tantas tentaciones que no podían dejarnos
desnudos en la espuma en lo oscuro del cine.

Pro yo, por encima de la carne y la sangre,
sentía que no era más que un pequeño grito,
la soledad de espiga, el torrente de vinos,
el sueño de los versos que nunca habían estado
más allá del cuaderno en el que dibujaba
fugaz un corazón, aquel que te buscaba.

Lenta, muy lentamente, me acerqué hasta tus brazos.
Y, cuando Brando miraba impasible tus ojos,
me rendí en tu cintura y supe que ya nunca
podría amar a nadie como te amé aquel día.
Y en mi mano retuve para siempre la dicha
de tus dedos de espuma que aún conservo esta noche.

Rodolfo Serrano



martes, 22 de mayo de 2018

Esta noche dime que me quieres

"Eso es, me gustaría vivir así, ignorada, desconocida entre la gente. No quiero fama ni éxito, no quiero se una pianista perfecta, no quiero que se ocupen de mí, no quiero preguntas y no quiero encontrar respuestas" 

Esta noche dime que me quieres


Leyendo La Iliada

Era la tarde larga. Caminaba
por calles donde el aire era silencioso.
En mis manos, La Iliada. Releía
la guerra de los héroes.
Una muchacha, la misma que tú eras
hace ya tanto tiempo, me sonríe
al cruzar nuestros cuerpos.
Morena y tierna. El pantalón vaquero
ajustado como un verso buscado.

Despacio, lentamente, me sonríe.
Se aleja luego, y vuelve
la cabeza al instante. Me atraviesan
como la lanza de Aquiles las palabras
que jamás me dirá. Y sé que eres
tú misma la que hurga por mi pecho.
Tal vez el pelo sea
un poquito más largo y más moreno.
Y esos ojos
probablemente tengan muy poco de los tuyos.

Bien mirando, tal vez
su cadencia al andar no sea la misma,
ni el suave movimiento de sus manos.
Sus caderas, que todas
las naves de los aqueos no podrían sitiar jamás, sí me recuerdan
la redondez del cuerpo
que en las noches bebí como se debe
el placer animal de un amor nuevo.
Adivino su piel
debajo de la blanca camiseta. El bello tacto
que se esconde bajo el pliegue de sus pechos.

Sin embargo, en la tarde y el ruido de la calle,
hay algo que se rompe en el recuerdo:
la mirada burlona, esa ironía
que adivino en sus ojos cuando ella,
lo mismo que si fuera la Helena
causante de una guerra,
me busca de reojo
mientras muerden sus dientes
los labios del dios joven que la espera
en la entrada del metro.

Rodolfo Serrano


Dejamos que vencieran los Bárbaros

Por los días aquellos de la infancia perdida,
las horas luminosas y los cuerpos dorados,
por las noches vencidas en tu cuerpo y el mío
buscamos cómo era la derrota del tiempo.

Y todo tiene ahora ese sabor que tiene
la casa cuando sólo nos queda el olor acre
de ceniceros sucios y de vasos vacíos,
cuando la fiesta acaba y nos quedamos solos.

El desastre y la huida. La única victoria
tan vez sea no haberla tenido como propia.
Y saber que detrás de todos los espejos
estaba la esperanza, mas siempre al otro lado.

Hay una mancha oscura que cubre la nostalgia:
la rendición aún antes de conocer siquiera
al enemigo infante y desear entonces
ser prisionero antes que exiliado sin nombre.

Por eso, amigo mío, cuando todo se acaba,
cuando estamos tan tristes que ya no lo sabemos
quisiéramos huir hacia ninguna parte,
pero siempre muy lejos de esta angustia de lunes.

Que nos salve la ausencia de nuestra propia culpa.
Nunca sabremos cuánto amor se nos quedaba
en la cama caliente y en los labios besados.
Creíamos que todo llegaría algún día.

Hoy, amigo, hermano de aquellas viejas luchas
tengo que confesarte que todo este desastre,
la amarga sensación de que ya no hay remedio
vino con el silencio de quienes renunciamos.

Dejamos en las manos de nuestros enemigos
el gobierno y la casa, porque entonces creímos
que éramos los dioses, elegidos y amados,
viendo pasar la vida desde un cielo de sueños.

Nunca vendrán los bárbaros -¿recuerdas a Kavafis?-
Y dudo que los hayamos esperado. Los bárbaros
estaban con nosotros, pacientes y en silencio.
Tomaron la ciudad sin un solo disparo.

De todas las certezas me quedan las preguntas.
Cuando ella me abraza me respondo en su boca
que la única patria que pueda llamar mía
es su cuerpo. Y me entrego sabiéndome vencido.

Rodolfo Serrano


lunes, 21 de mayo de 2018

Mensaje en la noche

Tus queridos mensajes, tus amadas
palabras que en la noche me despiertan.
Me dicen esas cosas que se dicen
cuando no hay nada importante que decirse.
Cómo estás. Qué tal marcha la vida.
A ver si un día de estos, una tarde,
tomamos un café.
Pero me llegan,
en medio de estas frases que adivino,
desnudo por la casa y esas gotas
de sudor
cayendo lentamente
por el hueco y misterio de tu axila.

Inevitable amor. Dulce nostalgia
de las cosas pequeñas. Tierno espejo
de platas y de azogues que se abren.
Niña de azúcar, tan lejana y exacta
como la desesperación de no saberte
posible aunque estuvieras aquí mimo.
En esta noche espesa, mientras duermen
los gatos y los niños piden agua
te convoco a mis manos. Te deseo
sabiendo que la luz nunca se muerde.
Sabiendo que los dioses jamás dieron
la paz a los vencidos.
Nunca vengas.

Rodolfo Serrano


Leyendo "El Dios abandona a Antonio" de Cavafis

Quise siempre tener la dignidad de Antonio
cuando perdió Alejandría. Y asomarme
al balcón para escuchar lo que Cavafis
cuenta: las admirables músicas y voces.
Y jamás lamentar mi suerte y mis fracasos.

Mas nunca supe, por mucho que intentara,
ser digno de tu amor y comportarme
como un valiente al perderte, vida mía.
Y en tu cuerpo, Alejandría de mi alma,
no supe rendir el dolor de así perderte.
En cano, pues, lloro aún mi vida fracasada.

Rodolfo Serrano


domingo, 20 de mayo de 2018

La química

"Deja que me explique. Si tú eres un adolescente, yo soy una niña pequeña. Emocionalmente, soy una retrasada. Hasta defectuosa, diría. No sé cómo se hacen estas cosas y, aunque está claro que sobrevivir es la prioridad, también estoy usándolo para evitar preguntas que debería contestar. O sea... ¿Amor? Ni siquiera sé lo que es, o si existe. Lo siento, es... como de otro planeta para mí. Yo evalúo las cosas basándome en necesidades y deseos. No puedo procesar nada que se más... blandito".


El enfado

¿Cómo explicar que te quiero, pero no me gustas?

Marwan


Retrato de muchacha en transporte público

Ese cuerpo glorioso, amigo mí.
Esa piel que envuelve suavemente
el deseo, la lujuria de la carne.
La curva exacta del pecho, las azules
venas apenas dibujadas en su cuello.
Las gotas de sudor sobre sus labios,
el pubis que adivino como plumón de ángel.

El vello de sus brazos, visible solamente
cuando la luz descubre
su dorada belleza.
Y esos ojos, amigo, perdidos en un punto
en que tú no estás ni estarás nunca.
La boca que darías cualquier cosa
porque pronunciara tu nombre alguna noche.
Esas piernas tan fuertes como un ansia
de cualquier madrugada con insomnio,
la peca en la mejilla, las caderas
rotundas e inocentes.

Y todo, todo eso, amigo mío,
es la vida que surge, que revienta
entre la blusa y el pantalón vaquero.
Esa vida imparable que a nosotros,
se nos escapa inevitablemente.

Rodolfo Serrano


sábado, 19 de mayo de 2018

Hospital II

Lo peor, amigo, y se dé lo que hablo,
es, cuando en el hospital, una muchacha,
joven y ciertamente hermosa, lava
tu cuerpo derrotado mientras habla
del tiempo y de la vida. Y sientes
la suavidad del látex en sus manos
que recorren rincones que creías
sólo al placer abiertos.
Y ella mira,
indiferente a todo. Te preguntas entonces
qué es el amor, capaz de levantarse
entre la carne herida y derrotar la fiebre
y devorar con ansia los virus de otros labios
y capaz de buscar en una piel deshecha
el paisaje más bello de la tierra.
Y en las manos
de una muchacha extraña te abandonas,
sabiendo que los cuerpos, con los días,
olvidan el recuerdo de otros cuerpos,
la huella de los dedos que creíamos
eternos. La pasión infinita no era nada.

Rodolfo Serrano


Hospital I

Soledad de hospital. Viene la noche
como un niño asustado. Hay un silencio
de agujas y aspirinas. No se oye
más que el rumor lejano
de fríos automóviles. El alma
sola y sola. En el largo pasillo se agazapan
los miedos de la infancia. Quien pudiera
encontrar esa mano, aquellos labios,
la sonrisa perdida de un verano a tu orilla.
Mas no hay nada más allá de la puerta de esta
habitación sin habitantes.

Rodolfo Serrano


Viejos amores

Se reclinan conmigo, vienen a mi cama,
me besan lentamente los recuerdos,
sus labios como un fuego inextinguible
en las noches sin sueño y cigarrillos.

Son los viejos amores. Los que abrieron
surcos de vida hasta los mismos huesos,
erizaron mi piel y me dejaron nombres
en cada oscuro rincón de la memoria.

Viejos días en que amar era lo mismo
que caminar a oscuras por las líneas
de las cartas no escritas, por los besos
de alcohol, por las bocas prohibidas.

Me hablan de las noches, de la niebla
de aeropuertos de cine, de las horas
de exaltación gloriosa de la carne,
de cuerpos perseguidos por los cuerpos.

Me traen hasta la noche los salvajes
besos de las bocas olvidadas, el sudor
de la carne enamorada, el polvo
de las viejas ciudades del olvido.

Son ellas, las que un día me entregaron
el cielo a pedacitos, dibujaron
en mi piel constelaciones. Y dejaron
su aliento entre mis labios y me amaron.


Las siento junto a mí en la cama caliente,
en la copa cuando bebo su locura.
Cuando muero en sus manos. Las recuerdo
como recuerda la sangre a los latidos.

Estarán para siempre. Estos amores viejos,
estos cuerpos de luz y de aire y agua,
me abren el alma y resucitan
mi pobre corazón que los bendice.

Rodolfo Serrano


viernes, 18 de mayo de 2018

Educar

Educar es lo mismo que poner un motor a una barca, hay que medir, pensar, equilibrar, y poner todo en marcha. Por eso, uno tiene que llevar en el alma un poco de marino, un poco de pirata, un poco de poeta, y un kilo y medio de paciencia concentrada.
Pero es consolador soñar, mientras uno trabaja, que esa barca, ese niño irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío llevará nuestra carga de palabras hacia puertas distantes, hacia islas lejanas.

Gabriel Celaya


Soy única

¿En qué consiste la verdadera belleza? ¿Eh? ¿Cómo puedes saber si eres guapa? ¿Con un bellómetro? Una pregunta estúpida que, aun así, todo el mundo se hace. ¿Quién decide si soy o no soy guapa? ¿Los chicos que me miran? Yo me tengo por mona..., pero ¿hasta que punto? Los cumplidos de los padre no valen. No son objetivos. Todos los padres piensan que sus hijos son los más guapos del mundo. Sin ir más lejos mi padre piensa que soy normal. ¿Ves? Normal. Una chica del montón. ¡Pero yo soy yo! ¡Única! Uf. Pero ¿por qué me siento así? Quizá si fuese como... Ella es incríble, genial. ¿Entonces como puedo saber si soy guapa, ¿por mis amigas? Yo a veces me veo mona y otras una adefesio. Sea como sea... soy única.


El bar de las canciones italianas

A Naranjita, que inspiró este poema, y a Susana, claro.





Comentaban que amaba los suburbios

-barrios bajos, decían- y esos bares
con las gentes sentadas a la puerta.
Botellines muy fríos y gramolas
con canciones italianas.

Comía cualquier cosa en una de esas tascas,
siempre solo. Y, ya de madrugada,
buscaba por las calles clubes turbios
de neón de colores y nombres de lugares
que nunca conociera.

Bailaba viejos tangos,
elegante y cansado, sin apenas
cambiar unas palabras con aquellas
mujeres de asfixiante perfume.

Cuando el sol recortaba
la ruina de los rotos edificios,
caminaba deprisa hacia la casa
y se encontraba al sueño
de otro tiempo feliz. No era difícil
verlo por esas calles. El cigarro
colgando de los labios. Y aquel gesto
apenas perceptible de saludo educado
cuando algunos vecino se cruzaban
los pasos con los suyos.

Decían que hubo días, hace ya mucho tiempo,
en los que era un primor, cuando tenía
ese empaque que sólo permanece
en la mirada de aquellos caballeros
que gozaron
el calor de un cuerpo joven en sus manos.

Pero nadie sabía exactamente de sus sueños
de juventud. Rumores de un pasado misterioro
en Orán. Y de una huida
de una prisión donde purgaba
un delito de celos y navaja.

Una noche caliente, con el cielo
abierto por las luces de una feria,
algunos aseguran que lo vieron,
el traje ensangrentado,
bailando como un tango,
con la vieja navaja entre los dedos,
enfrente de dos hombres. A su lado,
una mujer lloraba y él decía:
"La vida nunca es nada".

Hubo un tumulo
de cuerpos. Nadie supo
decir qué ocurrió luego. Al día siguiente
lo vimos en la puerta
de los bares de siempre
elegante y cansado. En la gramola
se escuchaban canciones italianas.

Rodolfo Serrano


miércoles, 16 de mayo de 2018

Vieja fotografía en color

Miro tu foto. Es una foto antigua
que apareció de pronto en algún sitio.
Te ríes y miras fijamente. Tu sonrisa,
gloriosa, deslumbrante. Me imagino
que hay alguien que te dice alguna cosa.

Tienes la juventud de los recuerdos,
esa exacta expresión que da la dicha,
y podría jurar que tras la cámara
hay alguien que ama -y le deseas-,
que sonríe también mientras te mira.

Me puedo imaginar tiempos felices
en la curva del rostro, en esos labios
perfecta, dulcemente dibujados,
en la dorada garganta que se pierde
en una blusa roja. Estás muy guapa.

Al mirarte esta noche, me pregunto
quién fue el amor que baila por tus ojos.
Quién supo recoger en esa imagen
la pasión que adivino, ese momento
por el que hubiera dado
mi vida por que fuera sólo mío.

Rodolfo Serrano


Catulo toma un Gin-Tonic en la barra de siempre

Un bar cualquiera. En esa hora
amable de la tarde. Huele a serrín y hastío.
El calor del verano detrás de los cristales.
Un camarero, con los brazos cruzados
mira un partido
en el televisor. Una muchacha,
muy joven y muy bella, se detiene
un instante en la puerta. Su figura
se recorta en el aire espeso de la calle.

Sólo un momento. Su mirada
recorre en un vistazo
el local. Noto sus ojos
pasar sobre mi cuerpo abandonado
en el sofá cansado. Ni siquiera
me ha visto. Luego, despacio,
vuelve sobre sus pasos. Y su cuerpo
en nada más recuerdo de otro cuerpo.

El pelo largo y suelto,
lo mismo que si fuera cualquier virgen hallada
en la iglesia del pueblo de la infancia.

Si hubiera sido ella. Cuántas veces
soñé con este encuentro en esos días
de algodón y de copas. No hay amor
capaz de derrotar el tiempo ido.
Vuelvo al libro y releo
los versos de Catulo:
"¿Quién irá a ti hoy? ¿Quién tu belleza
verá? ¿A quién amas ahora?
¿De quién se dirá que eres?
¿A quién besarás? ¿A quién
morderás los finos labios?".

Y más allá de ello, la muchacha
que un instante fugaz
me trajo hasta este bar
el recuerdo perdido de tus ojos.

Rodolfo Serrano


Versos prohibidos

Y la besó. Y la besó. Y la besó. Y... Juraría
que era la punta del corazón lo que asombra
entre sus labios cálidos y abiertos.

Y las manos, las de él, que rebuscaban
bajo las cremalleras
y la blusa los caminos
que llevaban hasta el vientre, hacia ese suave
laberinto perfecto del ombligo,
a humedades
tan dulces como ríos
de licor y miel,
hacia esa exacta curvatura gloriosa
de los mundos que ocultan sus vaqueros.

Y ella dice: "ámame, tierno amor mío,
entra en mí, vida mía, hasta matarme".
Y ese verbo fue perfecto,
relámpago de noches y tormentas
les deshace
el jadeo animal y la saliva,
el cuerpo moribundo, la piel que aprieta sangre,
los tendones, el músculo que tiembla,
las camas tan soñadas
el mordisco que les lleva a la locura.

Y él sabe que no hay nada,
ni desesperación como este instante mismo,
cuando el sueño
no acude hasta los ojos que le miran.
La chispa que recorre la aerola
del pecho que se mueve entre sus manos,
las manos que descubren los planetas
de aquella vía lactea
que hoy sabe ya vencida para siempre.

Y todo, todo, en fin, es una fiesta,
es la noche más dulce de la tierra,
cuando ella suspira y calla y siente
que es más fuerte el amor,
cuando ella sabe
que no habrá nunca jamás un paraíso
ni oceano
capaz de contener
la espuma de esa ola que la llena.

Rodolfo Serrano