jueves, 27 de octubre de 2022

El vaso medio lleno, siempre

 «Los optimistas enriquecen el presente, realzan el futuro, desafían lo improbable y logran lo imposible.»

William Arthur Ward

El verano es una época del año en la que muchas familias acuden sin prisa a hacer la revisión anual de salud. El ritmo frenético que tenemos durante el invierno tanto nosotros, los padres, como nuestros hijos, hace que los días vayan pasando sin pena ni gloria y no nos percatemos de esos pequeños detalles que observamos en vacaciones al convivir más tiempo juntos. Y así aparecieron un día por la consulta Isabel y su hija de siete años, Ana.

—Lucía, estoy preocupada porque Ana es una niña diferente de las demás.

—¿A qué te refieres con diferente? Todos somos diferentes —le dije a Isabel intentando calmar los ánimos. Había entrado en materia de lleno.

—Pues que la veo..., ¿cómo decirlo? Negativa. Siempre se pone en lo peor. ¿Puede ser que le ocurra esto con tan solo ocho años?

—Puede ser, sí —le dije—. ¿Siempre ha sido así o has observado algún cambio en las últimas semanas?

—Siempre ha sido así y me duele decirlo porque soy su madre. Se supone que una madre no debe hablar así de su hija, pero es que es una ceniza. Y yo..., yo pierdo los nervios. ¡No puedo con ella! Luego me siento fatal, claro. Ya no sé qué hacer. De verdad, no sé ni por qué te estoy contando esto.

¿Hay niños más optimistas que otros?

Por supuesto que sí. Partimos de la base de que cada niño, cada adulto, somos de una manera diferente. Eso no nos hace ni mejores ni peores personas; sin embargo, si aprendemos a conocernos, aprenderemos también a limar nuestras asperezas, a trabajar nuestras debilidades y a potenciar nuestras fortalezas. Y no lo haremos para ser iguales al resto, sino con un claro y sencillo objetivo: ser más felices.

Con nuestros hijos debemos hacer igual.

Desde mi punto de vista, tan importante es enseñarles a ser personas autónomas, que sepan vestirse y asearse, que sepan y disfruten comiendo de todo y de forma saludable; tan importante es enseñarles unas normas básicas de educación y respeto como enseñarles a ser personas optimistas.

Y yo de esto soy plenamente consciente desde el primer momento en el que me convertí en madre.

—Menuda responsabilidad tenemos ahora entre manos —le dije a mi marido.

Está demostrado que las personas optimistas tienen la autoestima más alta, más autoconfianza, más resiliencia, son más emprendedoras, viven con menos miedo y, por supuesto, son más felices, que es de lo que se trata. ¿Verdad? Porque, no nos equivoquemos, dificultades en la vida vamos a tener todos, sin excepción, aquí no hay privilegios. La pérdida, el sufrimiento, el dolor físico o emocional, la angustia y el miedo son sentimientos inherentes al ser humano, a la vida. Nadie tiene o ha tenido una vida perfecta, no os creáis esos cuentos. No podremos cambiar esos acontecimientos que marcan nuestro camino, pero lo que sí depende de nosotros directamente es cómo los afrontaremos: desde un constructivo y esperanzador optimismo o desde un oscuro y destructivo negativismo.

Si tu hijo es negativo y tiende a ver el vaso medio vacío, tienes una labor y un compromiso muy grande: darle todos los recursos y herramientas para convertirle en una persona optimista y feliz.

Y esto no es tarea del profesor, es trabajo nuestro.

«Yo es que acepto a mi hijo como es. No intento cambiarle», escucharás frecuentemente.

Sin duda. Nuestros hijos no son moldes sobre los que debamos esculpir un miniyó a nuestra imagen y semejanza. Su manera de ser y de sentir es tan válida como la tuya y esto has de respetarlo. Pero, si sabes que tu hijo no goza de grandes dosis de optimismo, es tu responsabilidad enseñarle a llenar ese vaso de momentos, experiencias, olores y sabores inolvidables.

Esta tarde por ejemplo, mientras abría el paquete de jamón de jabugo que había comprado para una cena muy especial que tendremos este fin de semana, le dije a mi hija:

—Cariño, ven, ven, corre.

—¿Qué pasa, mami? —me preguntó intrigada.

Abrí del todo el paquete de jamón, lo moví un poco en mis manos, lo acerqué a su naricita y le dije:

—¡Hmmmmm! Estimula tus sentidos: ¡huele!

Ella empezó a reírse, pero al olerlo dijo:

—¡Hmmm! Mami, ¡qué bien huele! Y además fíjate: ¡si cierras los ojos huele más aún!

Así que yo le seguí el juego, cerré los ojos y olí tan intenso como pude, de hecho casi me caigo al suelo. Aún hubo más, tras olerlo varias veces, le pregunté a Covi:

—Dime, cielo, ¿sientes algo más al olerlo?

—A ver, a ver... —Y volvió a cerrar los ojos—. ¡Ay, mamá, que me ha venido un recuerdo! —me dijo entusiasmada dando pequeños brincos.

—Dime, hija —la animé, emocionada al comprobar cómo un simple olor sentido conscientemente había conectado con su pasado.

—Me acuerdo de las Navidades pasadas en casa de los abuelitos con el jamón aquel que les regalaron. ¿A que no sabes qué? Que el abuelo y yo nos encerrábamos en la cocina para cortar unas cuantas lonchitas sin que nos vierais para que nadie nos riñera.

—¡No me digas, pillina! —le dije, haciéndole cosquillas en su golosa barriguita.

—Pero, mami, mami, mira. ¿Te has dado cuenta de lo que pasa al olerlo muy fuerte? —Y acercó aún más su naricilla al paquete de jamón.

Yo la observaba expectante. A ver con qué ocurrencia salía ahora.

—¡Que se cae la baba! —Y empezó a reírse a carcajadas, señalando un hilito de saliva asomando por la comisura de los labios.

Efectivamente, un olor muy intenso aumenta nuestra salivación durante ese preciso instante. Era maravilloso lo que acababa de suceder: a raíz de oler un simple y cotidiano paquete de jamón con sus cinco sentidos había conectado con un recuerdo pasado precioso y había conectado también con una reacción de su propio cuerpo.

Finalmente, terminamos las dos muertas de risa en la cocina, hablando de comer jamón, de las Navidades, del abuelito y de saliva.

La risa... Ríete. Ríete con tus hijos siempre que puedas. Qué importante es el sentido del humor. Invítalos a que te cuenten chistes. Son malísimos, lo sé, pero finge un poquito y ríete como si tuvieses a los mismísimos Martes y Trece cenando en tu comedor.

Mis hijos tienen una amiguita en la urbanización a la que, cada vez que viene, le gasto la misma broma. Le hablo en «islandés»; bueno, en mi islandés particular.

—Hola, Irene, ¿aquieoinmnksjfh jhdoqwh kadhoiq, kajdqir lkjadp?

La niña inclina su cabeza, abre la boca como enseñándome los colmillos, frunce el ceño y dice:

—¿¡Qué!?

—Te digo que si klhdfoi lkjvowiu lkjfoiehoie lkjoiwu ñldjgior.

Mis hijos, en ese momento, con una mano se tapan la boca, con la otra se sujetan la barriga mientras los ojos se les inyectan de lágrimas de risa. Yo mantengo el tipo fenomenal y la pobre Irene siempre siempre siempre pica. Podemos estar así varios minutos hasta que uno de mis hijos rompe en la más sonora de las carcajadas y, al fin, Irene se da cuenta y se une a nuestras risas.

Potencia el sentido del humor. Ellos son lo que ven. Son grandes imitadores. Si eres optimista, ellos lo serán.

Si tu hijo está muy negativo con respecto a un tema en concreto, no le riñas, no le sermonees.

—No me sueltes un salmón, ¿eh, mamá? —me dijo mi hijo muy serio en una ocasión.

Espera a que se le pase un poco el bloqueo y proponle algo que se le dé bien. Un pequeño logro o un éxito le hará coger confianza y energía para afrontar nuevamente el reto que él no se cree capaz de superar.

Yo esto lo pongo en práctica con los deberes. Nunca empezamos por lo que peor se les da, se desaniman mucho. Mejor es empezar por sus puntos fuertes. ¿A quién no le pone las pilas comenzar el día con una palmadita de tu jefe, con un diagnóstico brillante, con una venta estupenda, con una operación exitosa o simplemente con un reconocimiento a tu labor?

Me teníais que haber visto el día siguiente de recibir el Premio Bitácora al mejor blog de salud e innovación científica pasando consulta. Estaba como una moto. Salía a la salita de espera a llamar a los niños cantando por bulerías. Mis pacientes me tocaban y se les electrificaba el pelo.

No olvides que los niños aprenden fundamentalmente de lo que ven; sobre todo cuando son pequeños. De poco sirve que les des lecciones de disciplina positiva si luego no lo llevas a la práctica en casa. Ellos sacan sus propias conclusiones tras observar detenidamente cómo resolvemos nuestros conflictos, cómo nos comportamos en nuestro día a día.

«No te preocupes porque tus hijos no te escuchen, te observan todo el día», decía la madre Teresa de Calcuta.

Sonríe. Sonríe siempre. Sé amable. Enseña a tus hijos el poder de la sonrisa. Enséñales la importancia de ser amables con los demás. El sonreír y el ser amable no solo tienen un potente impacto sobre la persona a la que estás regalando tu energía, sino sobre ti mismo, dan una sensación de paz absolutamente revitalizante. ¿Verdad?

Utiliza la ironía, harás de ellos pequeños seres irónicos. Es divertidísimo observar sus avances con el paso de los años.

—Jolín, mamá, no me digas que no es mala suerte. Es que, de verdad, esto es la ley de Murcia —me espetó mi hijo el año pasado enfadadísimo por un contratiempo con su profesor.

—¿De Murcia o de Castellón, cariño? —le dije yo muy seria.

—De Murcia, mamá, la ley de Murcia, que no te enteras.

Cuando le explicamos que no era de Murcia sino de Murphy, se empezó a reír tanto que desde entonces en esta casa ya no se dice ley de Murphy, sino de Murcia, es más, en alguna ocasión se me ha escapado a mí en la consulta ante la mirada atónita de mis pacientes.

Cuando se presente una dificultad real, pon el foco rápidamente en las soluciones y no en el problema. Permite que tu hijo te exponga todo el problema de principio a fin. Una vez expuesto, pregúntale qué podéis hacer para solucionarlo y... manos a la obra.

El optimista hace planes, busca soluciones, construye. El pesimista pone excusas, se lamenta de sí mismo y entra en bucle en pensamientos negativos que nunca harán que se sienta mejor.

Recuerda que de un pensamiento positivo nunca puede salir una emoción negativa. Y no somos lo que pensamos, somos lo que sentimos. Así que piensa bonito y sentirás bonito.

Aprovecha cualquier oportunidad que tengas con tus hijos para contarles historias divertidas, que de penas ya vamos servidos. Hazles preguntas del tipo: «¿En qué momento te reíste hoy en el cole?», «¿Cuál fue el momento más divertido del día?», «¿Quién es la persona que más te hace reír en el recreo?».

Os sorprenderéis con la cantidad de cosas que os cuentan.

Enséñales a disfrutar de la música. Cuando te guste una canción compártela con ellos, cantad juntos y hacedlo como si no hubiera un mañana. Hace mucho tiempo que en el cajón de los cubiertos no guardamos cucharas, sino micrófonos improvisados. Haced la prueba. Muchas mañanas de fin de semana, mientras se calienta la leche, con cuchara en mano y pelos de loca, me convierto en Tina Turner, en Beyoncé o en lo que en esos momentos esté sonando en la radio. Mis hijos no tardan ni tres segundos en coger su «micrófono» del cajón y hacerme los coros. ¡No falla!

Intenta no hablar mal de los demás delante de tus hijos. Ya conoces la famosa frase: «Lo que Pepe dice de José, dice más de Pepe que de José». Es más, yo añadiría que tan importante es lo que dice como el cómo lo dice. No insultes ni ataques ni arremetas contra los demás de forma indiscriminada delante de tus hijos. Nos observan, nos ven, nos escuchan y, por supuesto, nos imitan.

Lee cuentos con ellos, cuentos bonitos, cuentos divertidos, educativos, optimistas. Pero, eso sí, has de utilizar todas las entonaciones necesarias. Mis hijos a veces se ríen más por las payasadas que hago mientras intento poner voz a los distintos personajes que por la historia en sí.

Y, por último, si alguno de tus hijos, de manera repetida, se lamenta de todo lo que ocurre a su alrededor, te propongo un truco. En mi casa tenemos una norma: si se dice algo negativo, hay que compensarlo con tres cosas positivas.

—Vaya rollo, mañana seguro que llueve y no podemos ir a patinar —se lamenta mi hijo cruzándose de brazos.

—¡Ehhhh! ¿Cómo sabes que va a llover? ¿Has visto las noticias? ¿O acaso has encendido tu bola de cristal? —le contesto en «modo ironía», intentando peinar su flequillo.

—No, pero últimamente tengo tan mala suerte que seguro que llueve —añade mirándose los pies.

—¡Tarjeta roja! Ale, a decir tres cosas positivas.

Todos se ríen. Si el «enfurruñado» no decide empezar su tarea, casi con seguridad lo hará su hermana:

—Primera: mañana seguro que hará un sol superguay y podremos ir a patinar.

—Segunda —sigo yo—: además nos llevaremos un picnic para merendar y lo pasaremos

genial.

Mi hijo, que no terminaba de aflojar el ceño, al fin añade con voz pícara:

—Y tercera: a lo mejor llueve, pero si llueve ¡iremos al cine a ver Star Wars!

«¡Conseguido!», pienso orgullosa.

«Los optimistas enriquecen el presente, realzan el futuro, desafían lo improbable y logran lo imposible», dijo William Arthur Ward.



Eres un padre maravilloso

 «Hola, Lucía, soy un padre cualquiera. 

Te escribo esto desde el pasado, desde el día que fui padre, desde ese día.»

Era una fría mañana de primavera. Ese día libraba. Me encantan esas mañanas robadas al calendario en las que tengo la suerte de no trabajar. La noche anterior me acuesto relajada y tranquila, incluso algo más tarde de lo habitual; no tengo prisa ninguna.

Tras llevar a los niños al colegio y recoger el desayuno, me tumbé en la cama a leer un rato antes de activarme definitivamente. Pequeños placeres que me regalo cuando mis obligaciones me lo permiten.

Abrí el correo electrónico con la intención de echar una ojeada rápida para luego retomar el libro que me había dejado sin aliento la noche anterior. Nada más abrir la bandeja de entrada me encontré con la carta de un lector. No tuve más que leer las tres primeras líneas para saber que esa mañana no abriría mi libro:

Hola, Lucía:

Soy un padre cualquiera. Te escribo esto desde el pasado, desde el día que fui padre, desde ese día.

Te escribo motivado por una frase que te he leído donde hacías un llamamiento a cuidar también a la madre que recientemente ha dado a luz, a tener en cuenta no solo al bebé, sino también a la mamá. Una vez más esa frase se olvida de algo..., del padre.

Soy más que consciente de que la madre es la que ha sufrido el parto, los nueve meses de cambios internos, físicos, psíquicos y hormonales.

La mujer es la que se ha ido haciendo a la idea de ser madre todo este tiempo, lo ha interiorizado, ha convivido con nuestro hijo todos estos meses, mientras que yo intentaba cazar un ligero movimiento en su barriga como si de un Pokémon GO se tratase. Nunca se me dio bien la caza. Pero la cara de la madre con ese «uy, casi» es media vida.

Ese es mi contacto con el bebé durante nueve meses, lo que me cuentan y lo que intento notar. Luego llega el día, ese día. Y ya sea corriendo porque ha roto aguas o por una cita programada con la clínica, tú terminas mirando a un niño que es tuyo. Que no sabes ni cómo coger, ese día, ESE, y no otro, tú eres padre. No los nueve meses de antes, es ese día y no otro, cuando lo sientes, cuando te inunda la alegría y te desborda el miedo, todo a la vez.

Ese día y no otro.

Y ese día tú has de multiplicarte por dos, ¿qué digo por dos? ¡Multiplicarte por diez!

Tienes un bebé que llora, caga, tiene hambre, una madre dolorida y exhausta por el parto, una sala fría con enfermeras que dan por supuesto cosas, como por ejemplo que vas a saber atar una gasa a un cordón umbilical. Y una familia deseosa de noticias.

Llamadas de teléfono, atender a la madre, vigilar al niño, informarse del papeleo burocrático necesario y organizar las visitas de los familiares que empiezan a llegar. Tú, como padre, no has parido, pero miras esa camita hasta con envidia, olvidando por un momento el dolor que siente la madre, tú solo ves una cama, como Bugs Bunny cuando ve en su amigo un trozo de zanahoria por cabeza.

Llegan las visitas y todo el mundo coge al niño, lo besa, habla con la madre, y el padre va, poco a poco, echándose para atrás, un pasito más, solamente la mirada de la madre te mantiene dentro de la habitación; eres semiinvisible.

Los días siguientes van por caminos similares, tú solo deseas que la madre esté bien, pero también tienes que atender a la burocracia, el supermercado, las llamadas telefónicas y, sobre todo, al bebé. Nunca sabes lo cómodo que es un baño hasta la primera semana que eres padre, ¡qué silencioso se está ahí dentro!

No sé muy bien cómo terminar esta carta, querida Lucía, solamente quería levantar la mano en nombre de todos esos padres, semiinvisibles, a los que ese día, ESE día y no otro, nos cambia la vida y nos damos cuenta de que no nos habíamos ni preparado ni mentalizado, pero que eso está allí. Que vamos a tener que trabajar mucho para toda la familia, se nos vea o no se nos vea. Y lo mejor de todo es que sacamos pecho y sabemos a ciencia cierta que vamos a saber hacerlo, porque ese día, ESE, y no otro, ha llegado.

Pepe Delpueyo

Barcelona

Dejé el teléfono en la mesita y cogí el iPad dispuesta a volver a leerla, esta vez con las pausas que merecía, con toda mi atención e intención, con los cinco sentidos. Desde ese día la he leído ya más de diez veces y en todas ellas le he dado las gracias mentalmente a Pepe por su valentía al escribirme. Tiempo más tarde pude darle las gracias personalmente en Barcelona, sentados en un banco, bajo un árbol, a la salida de una de mis conferencias, hablando como si nos conociéramos de toda la vida.

Me quedaba una hora antes de coger un taxi que me llevaría al aeropuerto de vuelta a casa, así que decidí sentarme en un parque a la salida del Palacio de Congresos donde minutos antes había impartido una conferencia a más de ciento cincuenta personas. Me senté allí a descansar tras las emociones vividas aquella tarde y sonreía yo sola recordando las muestras de cariño de tantísima gente. Entre recuerdo y recuerdo, y con la mirada perdida en ellos, apareció Pepe:

—Hola, ¿estás sola? —preguntó entre risas.

Antes de invitarle a sentarse, él se sentó a mi lado. Minutos después vino Noe, su mujer. Y allí, los tres sentados, alejados del tumulto que se había organizado hacía un par de horas, bajo aquel árbol, compartimos una conversación inspiradora.

«Familia con magia», pensé al despedirme de ellos.

—A la próxima, prométenos que nos dejarás llevarte a un japonés a cenar —me dijeron.

—Prometido —les contesté segundos antes de cerrar la puerta del taxi.

En el avión de regreso a casa reflexioné sobre todo lo ocurrido, vivido y sentido, y al encender el teléfono, como si de una broma se tratase, apareció un e-mail de otro padre, Manuel, un lector gallego, reprochándome «sin llegar a poner puchero», añadía, que le encantaba cómo escribía, pero que echaba de menos un poco más de presencia de los padres.

Le di la razón y le dije: «Escribo como madre, porque soy madre. Reivindico las emociones de las mujeres, porque soy mujer, pero prometo escribir más para padres, rendiros un pequeño homenaje a todos los que me leéis. Y digo pequeño porque unas cuantas líneas no hacen justicia a la maravillosa labor que hacéis en este camino».

Sois pieza clave en este puzle. Cada semana recibo en la consulta a docenas de padres y os confesaré que me encanta escucharos, me encanta contemplar vuestra visión de la paternidad desde ese prisma que nosotras no alcanzamos a ver. ¿Sabéis qué? Que envidio vuestra mentalidad práctica.

Las revisiones de salud a las que acuden los padres sin sus mujeres son por definición más cortas, van al grano. Hacen pocas preguntas y todas ellas importantes. A veces solo necesitan saber:

«¿Está todo bien?». Nada más. En muchas ocasiones terminamos hablando de otros temas que se alejan de la crianza y de la salud de los niños. Es realmente curioso y digno de estudio.

¿Y vuestra sensibilidad cuando habláis de vuestros hijos? Me enternece ver cómo os quitáis los escudos en la consulta o en vuestros e-mails y habláis de vuestra paternidad real, con vuestras luces y vuestras sombras, que también las tenéis. Sé que a vosotros os cuesta mucho más que a nosotras hablar de emociones; por eso, cuando lo hacéis, lo valoro tremendamente, es como si me hicieseis un regalo.

Nosotras hablamos de emociones casi a diario, no supone un esfuerzo; de hecho, lo necesitamos y por supuesto intento estar ahí, al pie del cañón, escuchándoos a todas. Nuestras necesidades emocionales son altas, como lo son nuestras expectativas.

Admiro vuestra capacidad de entendernos o al menos de intentarlo, porque reconozco que somos complicadas.

Hace unos días un compañero de profesión y de fatigas, amigo en las buenas y en las malas, me confesaba:

—Fíjate, Lucía, con la cantidad de niños que han pasado por mis manos, la cantidad de familias a las que he ayudado en todos estos años, con todos mis conocimientos y años de estudio, últimamente tengo una pregunta que me roba el sueño...

—¿Entonces? ¿Qué ocurre? —le pregunté preocupada.

—No te rías, ¿vale?

—¡Pero cómo me voy a reír! No seas tonto —le reproché mientras le apretaba fuerte la mano.

—Lucía... ¿Tú crees que seré un buen padre? —me dijo con una mirada hasta entonces desconocida para mí; una mirada de vulnerabilidad sin límites con destellos de miedo y emoción.

Soy de lágrima fácil, ¡qué le vamos a hacer! Pero en ese momento yo era la fuerte, ¿no? Sonreí, le puse mis dos manos sobre sus hombros y le dije:

—Serás un padre MARAVILLOSO.

—Eso espero —suspiró aliviado.

—Mira, a ti que te gustan tanto las historias, te voy a contar una, de un padre maravilloso, como lo serás tú.

Y esta fue la historia que le conté.

Hace unas semanas vino a revisión una niña que se llama María acompañada de su padre. No ha sido un padre joven, pero tiene tanta energía y desprende tanto amor que cada vez que entra por la consulta me alegra el día. Su mujer es tan encantadora como él, pero trabaja tanto que no es raro que sea él quien venga a consulta. Sin ninguna duda forman un gran equipo. Los adoro.

Era una mañana tranquila, lo que me permitió ir más relajada y profundizar un poco más en otras cuestiones que habitualmente, con el ritmo frenético de las mañanas, me veo incapaz.

Ese día venía muy contento, feliz. Y su hija, sentada en sus rodillas y orgullosa del papá que tenía, le colmaba a besos.

—¡Qué bien te veo! —le dije—. ¡Y qué bien lo estáis haciendo con María! —le felicité. Su historia era atípica, no fue fácil.

—Lucía, yo no sé si lo hago mejor o peor, lo que sí pretendo con María es ser el segundo mejor padre del mundo —me contestó.

—¿El segundo mejor padre del mundo? —le pregunté con curiosidad infantil.

—Sí, el segundo, porque el mejor padre del mundo ha sido y es mi padre. Así que yo, con llegar a ser la mitad de lo que ha sido mi padre para mí, conseguiré ser el segundo mejor padre del mundo. Aquello me dejó sin habla. Me eché hacia atrás en la silla, suspiré profundo y observé durante unos segundos cómo le apartaba el pelo de la cara e intentaba rehacerle la coleta con precisión de cirujano a pesar de sus grandes y bastas manos.

El tiempo se detuvo. Me hubiese quedado allí, como mera espectadora, durante horas, robándole esos minutos de intimidad a ese padre del que, sin saber demasiado de él, puedo asegurar que es un gran padre. No dejó de sonreír ni un solo instante, no dejó de mirarme a los ojos más que para mirar a los ojos de su hija. María no necesitaba más. Tenía todo lo que necesitaba en esos momentos: un padre sonriente y feliz que había ido a buscarla al colegio, que la había llevado al médico, que le había rehecho la trenza mucho mejor de lo que se la hubiese hecho yo y que, tras terminar la consulta, la llevaría a casa para comer juntos las lentejas que había dejado preparadas mamá. La cena le tocaría a él, en ese caso, esperaría a su mujer para poder compartir los tres juntos el día que habían pasado.

Porque no es tan difícil, porque las barreras nos las ponemos nosotros. Porque a María poco le importa a qué se dedica su padre, ni siquiera lo sabe, ni siquiera yo lo sé tampoco.

Porque lo que de verdad le importa a María es que papá está.

«Que papá me cuida porque me lleva al pediatra, que aunque no me gustan mucho las lentejas me las como porque mi papá también se las come, y se las come a mi lado. Que en los festivales del cole nunca falla. Que si me despierto por la noche con una pesadilla siempre tiene una historia divertida que contarme o una caricia que darme. Que me llena de besos y abrazos. Que aunque haya días que venga cansado del trabajo siempre tiene un ratito para estar conmigo, para jugar conmigo, y yo no entiendo de relojes ni de minutos, pero lo que está me sabe a gloria. Que, si hay días en los que no aparece por estar de viaje, al volver es tanto lo que recibo de él que se me olvidan los días de ausencia.»

Lo que de verdad le importa a María es que es su padre, que no tendrá otro y que pase lo que pase siempre podrá contar con él.

Porque si pienso en mi padre no podría imaginarme un mejor padre que el que ha sido. ¿Perfecto? Por supuesto que no, pero es mi padre, insustituible. Y al pensar en el padre de mis hijos y en el amor profundo y sincero que demuestran hacia él, tampoco podría imaginarme un padre mejor. ¿Con defectos? Por supuesto, ¿y quién no? Pero es su padre, insustituible.

Mi amigo se emocionó al escuchar la historia.

—Quizá no seas el mejor padre del mundo, ¿quién mide eso? Es probable que te equivoques, como nos equivocamos todos, es posible que «en casa del herrero, cuchillo de palo». ¿Te crees que a mí no me ha pasado? Pero esto, querido, no entiende de sexos. Somos imperfectos por naturaleza, pero nos une algo que va más allá de lo inimaginable, que es el amor incondicional por nuestros hijos. Eso nos hace ser mejores personas, ellos sacan lo mejor de nosotros mismos, nos transforman en seres más generosos, empáticos y compasivos, y eso nos convierte en padres maravillosos.

Sí, amigo mío, sí; no lo dudes más, serás un padre maravilloso y yo estaré aquí para recordártelo.



Álvaro, el niño con la sonrisa más bonita del mundo

 Y el mundo se paró. En ese mismo instante en el que yo veía a la gente ir y venir, con sus bolsas de la compra, sus prisas, sus bebés en brazos o sus hijos bajando del autobús escolar, mi mundo, nuestro mundo, se paró.

—Cariño, no puedo esperar a verle la carita a nuestro bebé.

Silvia se acariciaba la barriga con una mano mientras agarraba con fuerza la de Diego, su marido. Los dos sentados en el sofá de aquella pequeña casa, en pleno mes de enero, mantenían la misma conversación que hemos mantenido todos ante el nacimiento inminente de nuestro primer hijo.

—¿Te imaginas cómo puede ser? ¿Será rubio, moreno? ¿Se parecerá a ti? —preguntaba la joven madre.

—Con que se parezca a ti ya será el niño más guapo de Benidorm —le contestó Diego mientras tapaba delicadamente a Silvia con una manta que le había regalado por Navidad.

Diego, a sus veintitrés años, lo tenía claro: él quería ser padre joven y poder criar a su hijo con toda la energía y vitalidad que requería una responsabilidad tan grande. Siempre había sido un chico mucho más maduro que el resto de sus amigos, por eso, mientras sus colegas aún hacían botellón, él había decidido emprender una vida junto a Silvia y formar una familia.

—Iremos a los partidos de fútbol juntos, le sacaré el carnet de socio en cuanto nazca, haré de él un gran madridista —añadía el futuro papá orgulloso de su condición de «merengue».

—Sí, pero que estudie. Yo quiero que estudie, que no tenga grandes dificultades en la vida, que sea feliz; eso quiero, cariño, que sea feliz...

—Lo será, Silvia, mi amor, lo será. Te lo prometo.

Y con esa promesa y abrazados se quedaron dormidos en el sofá en un plácido y dulce sueño que tardarían años en recuperar; pero eso, ellos aún no lo sabían.

Álvaro nació el 2 de febrero del 2011 en un frío hospital de paredes frías y personal frío, tan frío que a Silvia aún se le congela el alma al hablar de aquel día. Nada salió como habían imaginado. Tras más de veinticuatro horas de contracciones, de respiraciones acompasadas, desacompasadas y desesperadas, de dolores y escalofríos, de náuseas y vómitos, y de ese temor rondando sus cabezas de que «algo no iba bien», al fin llegó Álvaro. «La razón de mi existir», me confesaba Silvia entre lágrimas años después.

—¡Cesárea urgente! —gritó la ginecóloga cuando comprobó a través del monitor que el corazón de Álvaro había decidido pararse antes siquiera de nacer...

—Lucía, solo recuerdo a la gente correr, volar. Solo recuerdo cómo me rasgaron el camisón y me quedé allí completamente desnuda, sin mi marido, sin mi madre, sin nadie conocido salvo el bebé que llevaba en mis entrañas, mi hijo. Me despojaron de todo y de todos, y allí me quedé. Había tanta gente y yo me sentí tan sola. Estaba aterrada, me costaba respirar, pero no dije nada. Aún escucho a la ginecóloga, cómo decía, suplicaba, imploraba: «¡Venga, venga, venga!», mientras una mascarilla se acercaba a mi nariz. Entonces escuché: «¡Vamos a por él, joder!». La última imagen que recuerdo es su mano firme sujetando un bisturí, brillante, reluciente, deslumbrante, cegador. Luz, mucha luz..., segundos después, oscuridad.

Álvaro nació sin respirar, pero su corazón, fuerte, como el de su madre, se negaba a dejar de latir. No se iba a rendir tan fácilmente, de eso nada.

Silvia, abierta en canal, abrió los ojos, ya había recuperado el conocimiento, no sentía dolor, pero era consciente de todo lo que allí estaba ocurriendo. Tumbada en aquella camilla de aquel frío hospital, temblaba. Nadie le decía nada, nadie la miraba a la cara.

Tantos mimos, tantos besos y cuidados durante su embarazo, tanto amor y justo ese día, uno de los días más importantes de su vida, era literalmente invisible, descarnada y dolorosamente invisible.

—¿Qué está pasando? ¿Alguien me puede enseñar a mi hijo? —lanzó su súplica al aire en un sollozo ahogado por el pánico.

Nadie la escuchó.

La primera vez que vio la carita de Álvaro fue veinticuatro horas después, a través de la pantalla diminuta de un móvil.

—Mira, cariño, mira qué guapo es. ¡Se parece a mí! —le dijo Diego orgulloso, ajeno al dolor de madre que tenía Silvia.

Tras unos días de hospitalización, al fin se fueron a casa. Los tres juntos.

—Bueno, amor, ya está. Ya hemos pasado lo peor. Todo se ha quedado en un susto —le decía Diego a su mujer al entrar en el coche en el mismo parking de aquel frío hospital al que pensaban que nunca volverían.

Nada más lejos de la realidad.

Conocí a Silvia cuando Álvaro ya tenía dos meses de vida y dos ingresos hospitalarios por bronquiolitis. Entraba por la puerta de mi consulta acompañada de la abuela de la criatura, Justi, una mujer pequeña de tamaño pero inmensa de fortaleza y espíritu.

Cuando sostuve en brazos por primera vez a aquel niño me encontré con un bebé frágil, de piel transparente y mirada perdida. Como me suele ocurrir en estos casos en los que, sin saber muy bien qué está pasando, se encienden un par de alarmas, me mantuve en silencio escuchando atentamente los avatares de sus primeros dos meses de vida. Al explorarle estaba tan concentrada que se me olvidó hacerle pedorretas, o tocar su nariz como si fuese un timbre, como siempre hago con los más pequeños en busca de un esbozo de sonrisa o de mueca al escuchar el «ding-dong».

Esa piel tan delicada, esos ojitos tan pequeños que escondían una mirada errática, ese cuello sin vida que no hacía ni el más mínimo esfuerzo por explorar su pequeño y diminuto mundo en brazos de una madre a la que todo eso le parecía normal. Esos brazos caídos, entregados y abandonados sobre la camilla. Y esos dedos..., vi los pulgares de sus manos y el corazón me dio un vuelco.

«Yo he estudiado esto. Estos dedos, estos dedos... ¡Lo tengo! Son dedos en pala.»

Efectivamente, eran unos pulgares en pala, como si se los hubiesen aplastado, planos, muy planos, demasiado planos; eran unos pulgares que junto a todo lo demás anunciaban un síndrome, el síndrome de Rubinstein Taybi. Disimuladamente, le miré las manos a su madre, a su abuela, todo ello en un intento de encontrar un bote salvavidas al que aferrarme antes de pensar en lo peor.

«Quizá sea un simple e inofensivo rasgo en la familia», pensé.

Pero no, ni la madre, con una manicura perfecta, ni la abuela tenían aquellos pulgares.

Hablamos largo y tendido en la consulta sin pronunciar en ninguna ocasión la palabra síndrome, ni problema, ni siquiera enfermedad; no era el momento.

«Poco a poco, no nos precipitemos, Lucía. Vamos a darle unas semanas a ver cómo va», me repetía mientras terminaba de escribir el informe.

—Lucía, cuando salimos de aquella consulta lo supe. Supe que eso no era más que el principio. Escuché en mi interior cómo cerraste la maleta del viaje que estábamos a punto de emprender —me confesaba Silvia años después.

No me dio tiempo a citarles en dos semanas. A los tres días, sonaba mi teléfono de la consulta:

—Lucía, sube a planta. Tienes a un niño ingresado, es paciente tuyo.

La enfermera no me dijo su nombre, pero yo sabía que era Álvaro. Subí rápidamente. Esa noche había ingresado con una neumonía grave, tan grave que, al entrar en su habitación y a golpe de vista, lo supe: las puertas del tren se cerraban y emprendíamos el viaje sin saber aún hacia dónde nos llevaría.

Tras explorar al pequeño, al diminuto, pálido y sudoroso Álvaro y comprobar su delicado estado de salud con unos pulmones que no daban más de sí, les dije de la forma más dulce que pude: «Álvaro está muy malito. Recoged las cosas. Os voy a trasladar a la UCI».

—Y el mundo se paró. En ese mismo instante en el que yo veía a la gente ir y venir, con sus bolsas de la compra, sus prisas, sus bebés en brazos o sus hijos bajando del autobús escolar, mi mundo, nuestro mundo, se paró —me confesó Silvia años después, cuando fue capaz de hablar de ello sin romper en llanto.

Ese mes ingresado en la UCI fue la primera parada de un largo viaje que nunca imaginaron hacer. Ingresos hospitalarios, pruebas de todo tipo, informaciones y desinformaciones, noches en vela, y dolor, mucho dolor. Viajes en busca de respuestas, de ciencia y de dañinas pseudociencias; un viaje en busca de otros niños como él, de otras familias; un viaje en el que dejaron de buscar respuestas para buscar consuelo. Y lo encontraron. Exactamente en los cincuenta y tres niños de toda España. Pequeños y grandes Álvaros con los que Silvia y Diego se sentían como en casa. Esto es lo que tienen las asociaciones de familias afectadas por síndromes o enfermedades raras, que ofrecen el consuelo que, en muchas ocasiones, los médicos y demás personal sanitario no somos capaces de dar.

¿Alguna mujer embarazada o algún futuro papá se ha llegado a preguntar: «¿Hablará mi hijo, caminará mi hijo, verá mi hijo?». ¿Verdad que no? Son preguntas envenenadas, son preguntas impronunciables. Sin embargo, para Silvia y Diego estas preguntas ocupaban sus días y sus noches mientras observaban impasibles cómo sus amigos se preocupaban por el color definitivo de los ojos de Martita, o por la próxima marca de sillita de paseo que iban a comprarle a Pedro.

Por todo ello, cada pequeño logro de Álvaro era una fiesta: la primera vez que consiguió sentarse con casi un año de vida; la primera vez que caminó, con tres años y medio. Tres años y medio esperando verle dar sus primeros pasos. Tres años y medio. Es mucho tiempo para unos padres, ¿verdad?

¿Recuerdas cuando te dijo por primera vez «te quiero» tu hijo? Álvaro tenía cinco años, y no fue exactamente un «te quiero, mamá», fue un «qui, qui, quiro» con muchísimo esfuerzo, pero para Silvia fue música celestial. Aún es incapaz de recordar ese momento sin emocionarse. Cinco años tenía entonces, como tenía también el primer verano en que tocó el tambor y que dejó de tocarlo para lanzarse a una piscina olvidándose de que no sabía nadar.

«Pero si solo fue un segundo...»

—Aún no habla. Pero hablará —me decía Silvia no hace mucho, convencida con una esperanza que llenaba toda la sala.

—No me cabe ninguna duda —contesté, mientras veía cómo Álvaro hacía verdaderos esfuerzos por comunicarse—. Eres muy pillo, Alvarito —le dije en aquella ocasión. Le pellizqué el culo y él salió corriendo—, nos conquistas a todos con tu sonrisa y tu carita de niño bueno.

Y él me respondía con una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida, sí, el niño con la sonrisa más bonita del mundo.

Al salir de la consulta quiso jugar un rato en la salita de espera, a lo que sus padres accedieron. Mi siguiente paciente se retrasaba, por lo que me quedé observando su juego delicado con los coches y su tierno acercamiento hacia el resto de niños que allí esperaban.

—¿Cuántos años tiene? —preguntó una madre curiosa.

—Cinco —contestó Silvia.

—¿Cinco? ¿Cinco? ¿Seguro? Yo pensaba que tenía tres —contestó la madre traspasando la línea de la prudencia.

—Cinco, tiene cinco años —sentenció Silvia cogiendo aire.

—¿Y no habla? —insistía la mujer carente de todo sentido común.

—No, no habla —le replicó Silvia con una fingida sonrisa.

—Vaya..., siento que tu hijo esté mal —remató aquella madre.

En ese momento, Silvia cogió a Álvaro de la mano, le dio un cariñoso beso en la mejilla, sospecho que para cargarse de energía y sentenció:

—Mire, señora, mi hijo no está mal. ¿Usted le ve mal? De hecho, está muy bien, mejor que nunca: anda, corre, ve, sonríe y juega como juega el suyo. Mi hijo no está mal, insisto, mi hijo tiene un síndrome. ¿Sabe lo que es un síndrome? Un síndrome es una condición, no es una enfermedad. Así que no sufra por nosotros, ya que, le repito, estamos muy bien. Gracias por su interés.

La mujer volvió a su silla; antes de sentarse se escuchó un casi inaudible «perdón» que, en parte, nos consoló a todos.

—Os acompaño hasta la puerta principal —le dije a Silvia con mi mano sobre su hombro en señal de apoyo.

—No quiero compasión, Lucía —intentó justificarse conmigo.

—No te preocupes, tienes toda la razón.

No debemos acompañar desde la pena; la gente no se da cuenta de lo importante que es dejar la lástima y las lamentaciones a un lado y empezar a acompañar desde el amor, desde el respeto, desde el optimismo, desde el deseo de ayudar y hacer un poquito más fácil este camino.

En ese momento, Diego, que hasta entonces había permanecido callado, observando y analizando cada palabra, habló:

—Álvaro ha venido aquí a darnos una lección de vida. ¿Sabes que soy mejor persona desde que está en nuestras vidas? En el trabajo se ríen de mí porque dicen que no me enfado nunca. Antes yo era bastante gruñón y quejica. Desde que nació él, una parte de mí murió y otra, maravillosa, nació con él. Álvaro me ha enseñado a valorar las cosas importantes de este mundo, las que de verdad importan, las buenas, las que duran, las que no se olvidan, las que se sienten aquí, en la barriga. No ha sido fácil, de hecho ha sido muy difícil, hasta que lo asumimos. Nos costó. Nos costó casi dos años aterrizar en esta realidad y aceptar a Álvaro tal cual era. Dos largos años. Fue terrible, Lucía, fue tan doloroso asumirlo. Silvia y yo lo hemos hecho de la mejor manera que hemos podido. Al principio estábamos muy unidos, éramos una sola persona. Un tiempo después empezamos a necesitar espacio, nos quedábamos sin oxígeno y sin darnos cuenta nos distanciamos, puro instinto de supervivencia, no había nada más. Ahora sentimos que de nuevo estamos juntos en esto, somos una piña. Y nos sentimos fuertes, inquebrantables e indestructibles. ¿Y sabes por qué? —me decía Diego, con su 1,90 de estatura y sus ojos llenos de lágrimas—. Tú lo sabes, cariño, díselo a Lucía, te lo prometí en su día... —se dirigió a su mujer, sellando unos labios temblorosos que estaban a punto de claudicar.

—Porque vemos que lo hemos conseguido, porque ahora sí podemos decir alto, muy muy alto, que Álvaro es feliz.



Hombres y mujeres sentimos diferentes

 Hablemos claro

Distintas emociones, distintas velocidades. Respeta lo que tu pareja siente y cómo lo siente y pídele que él haga lo mismo.

No te exijas tanto, no exijas tanto.

Déjate fluir y deja fluir.

Busca puntos de encuentro y no de desencuentro.

Aprende a delegar y... disfruta del viaje.

Sentimos diferente porque somos diferentes. No en cuanto a derechos y obligaciones, es evidente que no. No hablo de hacer o no hacer. Hablo de sentir.

La llegada de un hijo nos cambia la vida, a todos. Y las mujeres somos conscientes de ello desde el mismo momento en el que el Predictor nos da positivo. Y no solo nos cambia la vida, sino que nos cambia el cuerpo, nunca volveremos a tener el cuerpo que teníamos antes. Es la naturaleza humana.

Para los hombres también es un shock coger por primera vez en brazos a un bebé que, de pronto, pasa a ser su responsabilidad ya para siempre y sin marcha atrás. En ocasiones me entretengo observando a los padres, cómo colocan sus brazos para recibir por vez primera a su hijo recién nacido. Me quedo con cada uno de sus gestos, con sus manos temblorosas, sus frentes perladas en sudor, su «un momento, ¿así está bien?».

Me enternece verlos tragar saliva antes de pronunciar las primeras palabras a su hijo. Lo hacen tan suave, tan dulce y tan tierno que en lugar de tanta foto yo grabaría estos efímeros instantes de sus vidas que ya no volverán.

Las mujeres, sin embargo, cogen a sus criaturas sin pedir permiso, con decisión, con un ímpetu que no deja de sorprenderme; como si hubiesen pasado años cuidando bebés, reclamando con ansia lo que les pertenece por pleno derecho, por plena vida. Es maravilloso.

Sin ninguna duda vamos a velocidades diferentes.

Las mujeres empezamos este viaje de lleno, con todo el equipaje listo, preparadas, concienciadas, emocionadas y excitadas por arrancar. Temerosas a veces, pero decididas a emprender el viaje más fascinante de nuestras vidas. Y empezamos este camino el día en el que acudimos por primera vez al ginecólogo y escuchamos el latido de un nuevo ser dentro de nosotras. En ese momento pisamos el acelerador y ya no nos detendremos.

Cuando nace nuestro hijo tras nueve largos meses de llevarlo en el pensamiento a cada instante, es como si hubiésemos vivido con él toda la vida. «¿Y qué hacía yo antes de ser madre?», te preguntas en el primer cumplemés de tu hijo.

Sin embargo, los hombres empiezan mucho más despacio, van cogiendo velocidad con el paso de los meses, van experimentando las maravillas de la paternidad en su propia piel poco a poco. Y esto también es la naturaleza humana, incluso animal.

Las hembras de los mamíferos están programadas genéticamente para cuidar de sus crías como su única prioridad. Durante un tiempo no hay nada más importante que mantenerlas a salvo y alimentarlas. Y este sentimiento, esta necesidad de las osas o de las leonas, también lo tenemos las mujeres.

«Es que no puedo entender cómo se te ha ocurrido eso. Lo que pienso es que no quieres a nuestro hijo como yo le quiero», escucho de vez en cuando en la consulta tras una discusión acalorada que no tenía por qué haber presenciado.

Error. Nos equivocamos las mujeres si pensamos que nosotras queremos más a nuestros hijos que los padres.

«Si quisiera al niño como yo le quiero, no habría hecho eso», me confesó una madre hace no mucho. 

Una vez más, error.

Padres y madres queremos muchísimo a nuestros hijos. De hecho, los queremos todo lo que se puede querer a alguien. Lo máximo. En nuestra escala del querer, nuestros hijos llegan al tope, a lo más alto.

¿Qué ocurre entonces? Que hombres y mujeres manejamos escalas diferentes.

Si a un padre le preguntas si sería capaz de dar la vida por su hijo, no te dejaría terminar la pregunta. La respuesta afirmativa llenaría toda la sala.

«Sí, sin duda. Ahora mismo. Sin despedidas. ¡Ya!», te diría.

En su escala de diez sobre diez, sin lugar a dudas es un diez. Exactamente igual que la mujer: diez sobre diez. Pero nuestros sistemas métricos son distintos. Y debemos aceptarlo.

Del mismo modo que no eres capaz de preguntarle a tu hijo: «¿A quién quieres más, a papá o a mamá?», no hagas la afirmación equivocada: «Yo quiero más a mis hijos que su padre», porque no es así.

Evidentemente hay de todo en este mundo y hay padres cuyo sentimiento de paternidad ni lo han conocido ni lo van a conocer, y mujeres a las que les ocurre algo similar, pero no hablamos de excepciones, sino de lo habitual en familias que pasan a diario por mi consulta, algunas de las cuales se enzarzan en discusiones absurdas que están mal concebidas desde su origen.

Veo a mujeres darse cabezazos contra la pared cargando contra sus maridos porque no son capaces a renunciar a determinadas cosas de su vida a las que nosotras hemos renunciado sin que nadie nos lo pidiera. Y se escudan en el equivocado: «No le quiere como yo». Y no llegan a comprender que, una vez se hayan repartido todas las tareas por igual, una vez hayamos cumplido con todas las obligaciones por igual, podemos invertir el escaso y pequeño tiempo que nos queda en lo que nos llene. Quizá él necesite una hora de deporte y sin embargo tú prefieres quedarte en casa con tu hijo plácidamente viendo juntos una peli o simplemente verle jugar entre tus piernas. ¿Qué hay de malo? Confieso que en mi primer año de maternidad yo no deseaba otra cosa que invertir mi tiempo libre en familia, juntos. Con los años empecé a necesitar otras cosas y sí, yo también sentía la necesidad de mi hora de deporte al día o de mis momentos de intimidad en exclusiva.

Reconozcamos que a las mujeres durante ese primer año nos cuesta enormemente separarnos de nuestros hijos, también esto forma parte de la naturaleza animal (cuidar de nuestras crías), pero no te enfades ni culpabilices a tu marido si él necesita emplear ese breve espacio de tiempo de descanso en otras cosas que no sea su hijo. No por ello le quiere menos, en absoluto.

Eso sí, partiendo siempre de la base de que las tareas y obligaciones familiares y del hogar han de ser repartidas entre ambas partes; de lo contrario, rompemos la baraja, yo la primera.

Actualmente, hombres y mujeres trabajamos a pleno rendimiento, nuestras obligaciones y exigencias laborales son, en muchas ocasiones, equiparables, así que, si ambos hemos decidido tener hijos y ambos hemos optado por no renunciar a nuestra vida profesional, ambos debemos asumir la responsabilidad de cuidar de los hijos, de la casa y de la familia, por igual y sin excepciones.

Con el paso de los años, una descubre que también necesita un paréntesis en la crianza, con el tiempo empiezas a desear salir de nuevo a comer con tus amigas, incluso programar una cena y unas copas después. De pronto reivindicas tu derecho a desconectar como madre y hacer cosas que nada tienen que ver con la crianza de tus hijos, y no por ello los querrás menos, todo lo contrario, los querrás más y más. ¿Qué ocurre entonces? Que efectivamente nosotras también tendremos esa necesidad, pero nace más adelante.

Hombres y mujeres llevamos ritmos diferentes, velocidades diferentes y, por supuesto, sentimos diferente.

El inicio de todas estas conversaciones que presencio en mi consulta deberían empezar con un...

«Yo siento diferente que tú. Primero porque soy mujer y tú eres hombre y eso ya nos diferencia. No soy mejor ni peor, soy y siento diferente. Lo que para mí es importante, quizá para ti no lo sea, y a la inversa. Soy mujer y eso me hace ser más emocional y sentimental, quizá no sea tan práctica y clara como tú, pero este es mi sentir y es tan válido como el tuyo, el cual respeto.»

Cuando las madres vienen solas, tras varias visitas hablando de lo dura que es la maternidad, de lo solas que se sienten en ocasiones, de la cantidad de dificultades que se han encontrado y de las que nadie les había hablado, muchas de ellas terminan expresando el deseo de cambiar a sus parejas.

«Quiero que cambie, necesito que cambie», me dicen.

Y yo no es que no crea en los cambios, por supuesto que creo, pero no creo en los cambios impuestos, ni en los cambios bajo amenazas, ni en los cambios que suponen una traición a tu propia esencia. Y nuestra esencia como mujeres es diferente de la de los hombres, nuestras velocidades también lo son...

Hace tan solo una semana lo volví a vivir. Una madre, fruto de la desesperación y al borde del divorcio, le reprochaba en mi presencia a su marido un sinfín de cosas. Aquel hombre con el bebé en brazos mantuvo el tipo todo lo que pudo; sin duda, aquella explosión de su mujer le había pillado por sorpresa. A mí también. Intenté desviar la conversación para calmar los ánimos, pero ella, al ver que él no reaccionaba, atacó su manera de ser, atacó a su yo más íntimo y personal. Pude coger aire antes de que el tsunami nos alcanzara...

—¡Ya está bien! —gritó el padre—. ¡No intentes cambiarme! ¡Soy como soy! ¡No intentes cambiar mi manera de relacionarme con mi hijo! ¡Es tan válida como la tuya!

Y, tras el tsunami, el silencio invadió la habitación. Hasta el bebé se quedó inmóvil, con su manita pegada a la barba de su padre, con la que hasta hace unos segundos jugaba alegremente. Solo movía sus ojos, miraba a papá, miraba a mamá, volvía a mirar a papá. Finalmente acurrucó su cabeza en el pecho del padre en busca de un lugar seguro. Su diminuta mano derecha trepaba de nuevo hacia la barba de papá y su mano izquierda de pronto se alzó llamando a su mamá.

Su madre captó el llamamiento, el mensaje. Se acercó, le besó la manita y le dijo entre lágrimas:

—Ya está, cariño, ya está. Mamá está aquí.

La escena me enterneció.

Desde mi posición, emociones aparte, lo vi claro: velocidades diferentes, prioridades distintas. Ella, absorbida por una maternidad llena de sombras, de miedos, de preocupaciones, de futuribles... Él, viviendo el momento con tranquilidad y sin prisa, ajeno a las necesidades de su mujer, reconociéndose por fin como padre del bebé que tenía en brazos y que había pasado los primeros seis meses de su vida mamando sin descanso, pero que ahora, al fin, jugaba con su barba.

Y cuando volvía a casa pensando en esta familia y en lo que les había intentado explicar, no sé si con éxito, pensé en mi propia maternidad, en la llegada de mi primer hijo a casa hace ya más de nueve años, y deseé que alguien nos hubiese explicado esto mismo:

Distintas emociones, distintas velocidades.

Respeta lo que tu pareja siente y cómo lo siente, y pídele que haga lo mismo.

No te exijas tanto, no exijas tanto.

Déjate fluir y deja fluir.

Busca puntos de encuentro y no de desencuentro.

Aprende a delegar y... disfruta del viaje.



La maternidad y la culpa

 ¿Sentimiento de culpa?

No, querida. Culpa para el que roba,

para el que mata, no para el que ama.

¿Qué nos pasa a las mujeres cuando nos convertimos en madres que la culpa se instala en nuestras casas, en nuestros días y en nuestras noches, en nuestros cuerpos y en nuestros pensamientos?

¿Cuándo ocurre? ¿En qué momento? ¿Por qué? Y sobre todo ¿para qué? ¿Con qué fin?

Si de algo he sido consciente en los años que llevo de profesión y de observación es que madres que trabajan diez horas al día fuera de casa, mujeres emprendedoras, funcionarias, amas de casa, madres con un solo hijo, con familia numerosa, madres empresarias, maestras, camareras, ingenieras, madres con ayuda familiar, madres sin ayuda, solas... Madres divorciadas, solteras o felizmente casadas con hombres entregados a la paternidad... Todas ellas, todas nosotras, tenemos el mismo sentimiento, el de no llegar.

«No llego a todo. Es imposible», escucho a diario en la consulta.

«Y tú, ¿cómo haces para llegar?», me preguntan aquellas con las que más confianza tengo.

La respuesta es muy sencilla. Más de lo que creéis.

—No llego. No. Yo no llego tampoco. Soy como tú. No llego, pero ¿sabes qué? He dejado de castigarme por ello. He dejado de sentirme culpable.

Los tiempos cambian. La maternidad que vivieron nuestras madres difiere mucho de la que nosotros estamos viviendo, y eso que mi madre fue el vivo ejemplo de madre joven y trabajadora, pero, no, ella tampoco llegaba, seguro que no. Sin embargo, yo la recuerdo maravillosa. A pesar de trabajar de sol a sol, de tener que viajar en muchas ocasiones, a pesar de ver cómo mi padre se iba de casa cuando yo aún dormía plácidamente y volvía cuando me estaba poniendo el pijama, ansioso por repasar conmigo los deberes, a pesar de todo ello, yo nunca percibí que ninguno de los dos no llegaran. En los momentos importantes de mi infancia, de mi adolescencia y de mi vida, siempre han estado presentes, conmigo, a mi lado.

¿Qué nos ocurre a las mujeres que nos hemos puesto el listón tan alto? Porque ¿sabéis qué? Que hemos sido nosotras. Nosotras mismas cargamos las mochilas de responsabilidades que no nos corresponden, de pesados y destructivos sentimientos de culpabilidad que nos amargan, que oscurecen el espejo donde nuestros hijos se miran cada mañana: nuestra imagen. No lo olvides.

«Como te ves, me vi. Como me ves, te verás», me decía mi madre.

Y así es, qué sabias palabras.

Somos sus espejos.

Si a ti no te gusta lo que ves al mirarte al espejo, no le regales esa imagen a tus hijos.

Si no es tu mejor perfil, muévete.

Dime, ¿hay algo en tu vida que no te gusta? Pues cámbialo. ¡Haz algo! ¡Que no somos estatuas! La vida está en continuo movimiento, nosotros también, nuestro corazón, nuestros músculos, nuestra sangre. Todo se mueve.

Sé autocrítica, por supuesto que hay que serlo. Por supuesto que de vez en cuando debemos parar, tomar aire y mirar hacia dentro, que es lo que de verdad cuesta trabajo. Explorar nuestras profundidades, ahí donde nadie llega. Porque mirar a nuestro alrededor es muy sencillo, no requiere de ningún esfuerzo. Es hasta divertido. Pero, cuando se trata de coger aliento y bucear en nuestras tinieblas..., eso impone.

¿Qué necesito para estar mejor?

¿Cuál es la manera de conseguirlo?

¿Estoy en el camino?

Si la respuesta es negativa, ¡muévete! ¡Cambia! ¡Avanza! Y, si tienes que modificar el rumbo, hazlo.

Porque se nos va la vida en lamentaciones, porque atacamos a nuestro ser, a nuestra esencia, con frases del estilo de «soy mala madre», «¿cómo se me habrá podido olvidar esto? Es imperdonable».

No eres mala madre. Nada en esta vida es imperdonable cuando se hace desde el amor hacia tus hijos.

Juzga y critica tus actos, tus acciones, no tu ser.

Si a tu hijo no le dices: «Eres un auténtico desastre» al ver su habitación, sino: «Esta habitación está desordenada», en un intento de no juzgar a su persona, sino su comportamiento en ese momento en concreto, ¿por qué lo haces contigo misma?

En lugar de fustigarte por haberte olvidado de la reunión del colegio y decir que es imperdonable, sé más objetiva: «Cierto, me he olvidado. Últimamente estoy bastante estresada. ¿Qué puedo hacer para recuperar algo de mi calma? ¿Qué puedo hacer para que esto no vuelva a suceder?».

Esto es autocrítica. Lo demás es autocastigo. Huye de él. Es destructivo.

Cuando publiqué mi primer libro, Lo mejor de nuestras vidas, mi día a día dio un giro inesperado y rápido. Tan rápido que no me dio tiempo a asimilarlo del todo. Tanto éxito, tantas firmas de libros, tantas conferencias y presentaciones y, durante unos meses, tantos viajes.

Mi agenda parecía la de un ministro. No sabía decir que no a nada. Me apuntaba a un bombardeo.

—Pero ¿no es demasiado para un solo mes? —me decían al ver mi agenda.

—Es que me sabía mal decirles que no...

«Es que me sabe mal...», os suena esta frase, ¿verdad? No sabemos decir que no. No solamente tenemos un problema al poner límites con nuestros hijos, también nos cuesta ponernos límites a nosotros mismos y a los que nos rodean.

Viajaba a Madrid o a Barcelona en el día en un intento de dormir en casa para arropar a mis hijos y mi conciencia. Luego comprendí que no pasaba nada porque una noche descansara en un hotel tras una larguísima jornada de conferencias, firmas y comidas, también me merecía ese descanso, ¿no?

En un momento de debilidad en el que no estaba siendo autocrítica, sino que me estaba castigando, me estaba torturando y el sentimiento de culpa me iba devorando por tener la sensación de que les estaba robando tiempo de juegos y besos a mis hijos, frené en seco y me dije:

«¡Lucía, para! ¡Basta ya! Eres una madre maravillosa.»

Solo con esta frase, solo con estas palabras me tranquilicé. Respiré profundo y continué hablando conmigo misma, desde dentro.

«¿No era esto lo que querías? Estás cumpliendo tu sueño. ¿Comprendes? Porque eres una madre fantástica, no cabe duda, pero también eres otras muchas cosas, aparte de madre. Es tu momento. Es tu sueño. Persíguelo y disfrútalo mientras permanezca vivo en ti.»

Y aprendí. Aprendí a no juzgarme. A no ser tan dura conmigo misma.

Aprendí de mis errores, descubrí cómo potenciar mis fortalezas y cómo trabajar y mejorar mis debilidades.

Exactamente lo mismo que le digo yo a las madres cuando hablamos de sus hijos:

—Respeta a tu hijo en su esencia. Acéptale como es. Potencia sus fortalezas y trabajemos sus puntos débiles.

Y cuando llegué a casa y le conté a mi chico la crisis que había tenido en el coche de vuelta del trabajo y la conversación que había mantenido con mi yo más crítico me dijo:

—Lucía, tu fortaleza más grande es tu pasión. La pasión que le pones a todo lo que te gusta. Esto es lo que me enamoró de ti. Mantenla viva, cariño, no la dejes ir. Mantenla viva siempre.

Y comprendí que tenía razón. Que esa era mi fortaleza y que, en esos momentos, mi debilidad era la gestión del tiempo y la culpa. Así que empecé a buscar soluciones, peleé y luché por volver a encontrar el lugar donde quería estar, en definitiva, me moví.

¿Volveré a sentirme culpable en algún momento?

Pues claro que sí. Porque soy perfeccionista por naturaleza, porque nos han vendido una imagen de mujer perfecta que no solo no es real, sino que es dañina. Porque soy una mujer de carne y hueso, y como tal me equivoco. Porque errar es de humanos. Y ahí está la maravilla de nuestra especie, el equivocarnos, el caernos y levantarnos, el aprender de nuestros errores desde la autocrítica y la humildad, y no desde el castigo.

Y de cada momento de crisis que vuelva a tener extraeré una enseñanza que es la misma enseñanza que quiero mostrar a mis hijos y de la que recientemente tuve la oportunidad de hablarles como ahora os estoy hablando a vosotros. Les dije:

—Niños, mamá no es perfecta. Mamá comete errores como los cometéis vosotros y de ellos aprende, como aprendéis vosotros. Mamá se ha caído muchas veces, ¿sabéis?

—¿Sí, mami? ¿Y te has hecho daño? —me preguntó mi hija pequeña sin llegar a alcanzar el significado real de mis caídas.

Antes de que pudiera explicarle la metáfora, mi hijo se adelantó y dijo:

—Covi, se refiere a que se ha caído no al suelo, sino del guindo —contestó muy serio.

Mi hija frunció el ceño. Yo sonreía y observaba la escena intentando conservar todos y cada uno de los detalles de esta inspiradora conversación. Covi ni sabía lo que era un guindo, ni entendía ya nada de lo que estábamos hablando.

Entonces Carlos añadió:

—Pues que se llevó decepciones o disgustos..., a eso se refiere con las caídas.

—Efectivamente, cariño, eso es. No quiero que creáis que mamá es un ser perfecto y que busquéis esa perfección en vuestras vidas. Porque eso no existe. Nadie es perfecto. Cuando salgáis ahí fuera descubriréis las maravillas de la vida, pero también os encontraréis con piedras, con baches y dificultades, y os caeréis, no me cabe ninguna duda. Yo no puedo evitar vuestras caídas. Lo que sí me empeñaré es en enseñaros que hay que levantarse cada vez.

Y en esto consiste la vida.

Así que, la próxima vez que la culpa sobrevuele tu cabeza, que intente amargarte la vida y oscurecer el espejo donde cada mañana se miran tus hijos, repítete: «Aun con toda mi montaña de defectos, soy una madre maravillosa».

Bésate, abrázate y acaríciate mentalmente porque esto es lo que necesita este mundo. Gente que se quiera, gente que rebose amor y empatía para así derrocharla y derramarla por los cuatro costados. Porque no olvides que la última palabra sobre ti misma la tienes tú.

Tu último y más profundo pensamiento sobre tu esencia, sobre tu vida, sobre tu maternidad y sobre ti es tuyo. ¡Y es sagrado!

Y, si en algún momento te surgen las dudas, lo tienes muy fácil, tienes la respuesta delante de tus narices.

Coge a tus hijos y pregúntales:

—¿Quién es la mejor mamá del mundo?



Yo de mayor quiero ser...

 Permítele SER.

Él no ha nacido para ser tu viva imagen.

No es ni será un minitú.

Él ha nacido para ser un miniyó que se convertirá en un granyó en el futuro.

Respeta su manera de sentir y de vivir, y déjale fluir.

—Buenos días, Lucía. Aprovechando que estamos en verano, he cogido cita con los cuatro para que les hagas una revisión, que hace siglos que no venimos —me dice sonriente una valiente madre que tras su tercer hijo tuvo claro que quería repetir el modelo familiar de su casa y formar una gran familia numerosa.

—¡Qué alegría volver a veros! ¡Y qué mayores estáis todos! Menos tú, claro —le dije a la madre guiñándole un ojo—. Tú estás estupenda, como siempre.

Uno a uno fuimos revisando cada una de sus peculiaridades y actualizando sus datos en la historia clínica. Tras explorar detenidamente a todos ellos y comprobar el buen estado de salud de los cuatro, la conversación terminó con el ya conocido...

—Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?

—Yo quiero ser futbolista —contestó Roberto, el mayor de los hermanos. A sus catorce años ya era toda una promesa en su categoría. Su condición física y su pasión por ese deporte le daban muchas opciones para seguir disfrutando del balón y, ¿quién sabe?, quizá algún día jugar con los grandes.

— ¡Qué bien, Roberto! Pero, cuando ganes tu primera liga, prométeme que te acordarás de tu pediatra y me dedicarás la copa, ¿eh? —le dije entre bromas.

Roberto se sonrojó y levantó una ceja que le delató: «Sí, en eso estaba yo pensando», alcancé a leer en ese inocente gesto.

—Y tú, Ana, ¿qué quieres ser?

—Yo quiero ser veterinaria, me encantan los animales —dijo la niña con una ternura especial que conectó con mi infancia.

Creo que casi todos los niños en algún momento han querido ser veterinarios para trabajar con perros y gatos. La primera vez que vi parir a una vaca en una aldea asturiana y escuchar sus mugidos de dolor, oler la sangre fresca, observar pasmada cómo el veterinario sacaba de su maletín un guante de un metro de longitud que cubría mano, antebrazo y brazo, y cómo lo metía dentro de aquella vaca parturienta hasta que el hombro le impedía avanzar más, se me quitaron las ganas para siempre. Me reservé este impactante recuerdo y mantuve intacta la romántica idea de Anita de curar a los perritos y gatitos del barrio.

—Y tú, Juan, ¿qué te gustaría ser? —le pregunté intrigada al tercero de los hermanos.

—Pues no sé... Mamá, ¿yo qué quiero ser? —le preguntó a su madre cogiéndole de la mano.

—Pues, hijo, lo que tú quieras: profesor como papá, ¿qué te parece?

—Sí, profesor como papá —afirmó convencido.

«¡Ay!», pensé. Qué fácil es influir inconscientemente en los pensamientos y deseos de nuestros hijos. Juan nunca tuvo la iniciativa de su hermano mayor, ni su fortaleza física, ni había sido delegado de curso como él. Tampoco desprendía la ternura de su hermana Ana, ni sonreía a todas horas. Él, antes de hablar, miraba a su madre o a su padre buscando su aprobación; parecía hacer y decir lo que ellos esperaban que hiciese o dijese. Su timidez e indecisión, junto a la energía excesivamente controladora de su madre, hacían que ella fuera marcando la hoja de ruta del niño y él se dejaba llevar. Su madre no se daba cuenta, de hecho, pensaba que le estaba ayudando.

Los que tenemos más de un hijo sabemos que, a pesar de educarlos en los mismos valores y vivir las mismas circunstancias, cada uno se comporta de forma diferente. Y en ocasiones me encuentro con padres que me dicen:

—¿Cómo puede ser que criándolos de la misma manera sean tan diferentes?

—Pues tú lo has dicho. Porque son diferentes. Son personas independientes. Y las estrategias que te funcionan con uno, con el hermano no te funcionan. Y quizá con uno has de ser más estricto que con otro, o permitirle más licencias que al hermano. Pero es así. Ni son iguales ni debemos educarlos igual. Cada uno de ellos tiene unas necesidades diferentes que debemos atender. Cada uno de ellos le da importancia a unas cosas que no debemos ignorar. Cada uno tendrá unas fortalezas que tenemos que potenciar y unas debilidades que debemos trabajar; pero quizá no sean las mismas.

Mi hija Covi siempre ha tenido ansia de libertad, de explorar, de investigar, de empezar a conocer el mundo desde muy pequeña. Cada situación nueva para ella supone un reto, un estímulo, un chute de energía que la mantiene viva y feliz. Y en esa libertad la he intentado criar y en ello estoy aún. ¿Por qué? Porque lo necesita. Gateadora precoz en su afán explorador. Sus ansias de libertad me las pedía a gritos con sus exageradas y explosivas rabietas, con su intolerancia a permanecer mucho tiempo en espacios cerrados, con su claro y conciso «ya no esto, ahora quero esto» a sus dos años, mientras señalaba con su diminuto dedo lo que deseaba a cada momento. Sé positivamente que viajará más que su hermano, que explorará mundo y que no habrá reto que se le resista, irá a por él, lo peleará y dirá, como me dijo hace unos meses cuando era incapaz de hacer correctamente una tarea que le había encargado su profesora:

—No lo dejamos para más tarde, no. YO NO ME RINDO, mamá. —Y me lo espetó a sus siete años, mirándome fijamente a los ojos, levantando la barbilla y secándose las lágrimas de impotencia.

Y lo consiguió, por supuesto que lo consiguió.

Para mí hubiese sido más cómodo y fácil mantenerla en mi zona de confort, más segura y tranquila, sin tanto estímulo externo, sin tantas actividades de niñas mayores que ella, pero comprendí que esa era mi zona de bienestar y no la suya.

Su hermano, por el contrario, es un explorador de emociones internas. El mundo exterior tardó mucho en descubrirlo; nunca gateó, su lugar favorito era mi pecho, pegado a mí, mamando cada dos horas hasta bien mayor. No le interesaba demasiado lo que había ahí fuera, sigue sin interesarle mucho; sin embargo, empezó a desarrollar una increíble capacidad para analizar y reconocer emociones siendo muy pequeño. Capacidad que me pilló totalmente desprevenida, pero que supuso un vivir con las emociones a flor de piel con cada uno de sus razonamientos que aún hoy me conmueven. Con tres años, una mañana vino caminando a mi cama y tras la guerra de cosquillas correspondiente y de jugar a la tienda de campaña con su padre, bajo las sábanas, me preguntó:

—Mamá, ¿por qué soy feliz?

Y lo dijo sin pensar, en un arranque de emoción tras haber compartido risas y juegos juntos.

—No lo sé, cariño, dímelo tú —le dije emocionada.

Se me quedó mirando, me acarició la mejilla, me besó y se acurrucó en mi regazo. No dijo nada más. No hizo falta. Y así nos quedamos varios minutos hasta que se durmió exhausto de tanto sentir.

Ahora, con sus nueve años, sus preguntas y reflexiones han evolucionado mucho. Sus necesidades, en su caso, emocionales, son muy diferentes a las de su hermana. Sus preguntas son más complejas y no, no puedo tratarle igual que a Covi. Sería injusto para ambos. Incluso los límites que les marco a uno y a otra, en ocasiones, tampoco son los mismos.

—Mamá, tengo mis principios —me dijo la semana pasada cuando le pregunté por qué no había hecho lo mismo que sus compañeros.

Y así es. Él tiene sus principios y yo los respeto profundamente, aportándole luz y experiencia para que estos sean sólidos. Y, cuando su comportamiento difiere mucho del que yo tenía a su edad, me repito una y otra vez:

Permítele SER.

Él no ha nacido para ser tu viva imagen.

No es, ni será unminitú.

Él ha nacido para ser unminiyó que se convertirá en ungranyó en el futuro.

Respeta su manera de sentir y de vivir y déjale fluir.

Y esto que quizá os parezca obvio nos cuesta mucho aceptarlo y asumirlo. Veo a padres que hacen de sus hijos copias exactas, metiéndoles con calzador sus mismos gustos y preferencias cuando en ocasiones es evidente que no son compartidos.

Veo a madres que proyectan sus sueños no logrados en sus hijas:

—Quiero que sea la pianista que yo no pude ser.

Y apuntan a la hija a clases de música que ella termina por aborrecer, pero por miedo o por pena o por temor a defraudar a su madre no dicen nada y callan.

Para terminar con la familia numerosa con la que empecé este capítulo, os contaré que lo mejor vino cuando le pregunté a Jaime, de nueve años, el menor de los cuatro hermanos, qué quería ser de mayor.

Él sí sonrió, no sin antes mirar a su madre. Él sí miró al frente, sacó pecho y me dijo:

—Yo quiero bailar.

—¿Quieres bailar? —le dije asombrada y también emocionada por el brillo de sus ojos al reconocerlo—. ¿Has visto la película Billy Elliot?

—Pues claro —me contesta con tono condescendiente—, es mi película favorita.

Antes de que pudiéramos seguir, su madre, en un intento de justificar esa conversación que a mí me resultaba maravillosa, añadió:

—Sí, finalmente le hemos apuntado a clases de danza. Intentamos el fútbol, el baloncesto, el judo y hasta el ajedrez, pero no hubo manera. Él siempre ha querido bailar y este curso empezará.

—Pues me parece estupendo. Serás un gran bailarín y me encantará verte en los teatros más importantes de España.

Su sonrisa lo decía todo. En unos segundos ambos volamos mentalmente y nos transportamos al Teatro Real de Madrid, donde Jaime interpretaba magistralmente El lago de los cisnes y yo aplaudía embargada por la emoción.

Al volver a casa, me encontré con una amiga. Nos fuimos a tomar un café antes de que salieran los niños del colegio. Entre unas cosas y otras terminamos hablando de mi pequeño paciente y su deseo de convertirse en un gran bailarín. Tras escuchar la historia ella dijo:

—Pues la verdad es que no entiendo cómo los padres no atendían a los deseos de su hijo y no le apuntaron a ballet desde el principio. ¡Qué manía con lo de actividades para niños y para niñas! ¿Qué necesidad había de que hiciera fútbol, baloncesto y demás actividades en las que él probablemente lo pasaría mal?

Y de nuevo pensé: «Qué fácil resulta opinar, buscar culpables, en definitiva, juzgar?». Y le dije:

—Estas situaciones nunca son fáciles ni para los niños ni para los padres. Aunque a priori pienses que no tiene nada de especial que un niño quiera hacer ballet o una niña jugar al fútbol, la realidad es que aún queda mucho trabajo por hacer. Al principio, los niños se sienten diferentes al tener unos gustos que se alejan de lo convencional; los padres también. Los niños intentan jugar a lo que los demás juegan, es como si se dieran esa oportunidad de sentirse reconocidos dentro de su grupo. A los padres les ocurre algo similar y por este motivo los apuntan a las actividades socialmente más aceptadas por el entorno. Tras un proceso más o menos largo, de pronto lo tienen claro, más claro que nadie, y te lo dicen: «¡Yo lo que quiero es... bailar!». Y la inmensa mayoría de los padres, ¿sabes qué? Que respiran aliviados porque sienten que ya no tienen que pelear más, que ya no tienen que buscar nuevas actividades, que van a apoyar a su hijo incondicionalmente. Y, aunque te parezca un pequeño e insignificante paso, no lo es, es un paso de gigantes, es un paso de valientes.