Felices fiestas a todos.
Tenía unas ganas de escribir... Desde hace dos semanas he estado inquieta, molesta, enferma, lo que se dice, en una montaña rusa de emociones, pero ninguna buena. Ninguna.
Llevamos una temporada que Helena coge todos los virus del mundo, lo de ella, los de sus compañeros, los de la vecina del segundo, la vecina de al lado y el cajero de Mercadona. Todos. Hace dos semanas recorrimos todas las urgencias de la Comunidad de Madrid porque mi hija no tenía nada, hasta que una pediatra llamada Amparo, para mí una eminencia y alguien al que puedo igualar a mi antiguo pediatra Jesús, que además éste último era un diez como persona, dio con ello... Mi peor temor, bronquiolitis. Y yo, bronquitis...
Como siempre Helena fue mi mundo y qué no daría por ella. Lo primero sus medicinas, sus médicos, todo lo que hiciera falta, lo estaba teniendo. Y yo... sin darme cuenta, empeoraba. Neumonía. Afortunadamente estoy bastante mejor. Pero mi semana pasada se convirtió en un dilema, en una guerra. Mientras Helena mejoraba y yo empeoraba, mi cabeza estaba en el trabajo, en la cagada que tuve por un DNI, en todas las llamadas que podría estar haciendo, en todos los receptivos, en todos los excels que me estaba perdiendo. Mi mente estaba allí. Es curioso como alguien que no ha trabajado en nada más que en coles y escuelas, ha cogido tanto cariño a este trabajo. Y no es el trabajo en sí, que es muchas veces frustrante, el sitio, el ambiente, mis compañeras, mis jefas. Me siento como en una gran familia. Siento que podría confiar en cada una de ellas, y que si la cosa se alargaba, me estaba perdiendo momentos inolvidables. Sí, estoy loca. Pero lo que empezó como un trabajo en el que sólo pensaba, "¿qué hago yo aquí?". Se ha convertido en algo muy positivo para mi vida personal, para mi parcelita privada. Me lo paso bien, hablo con las compañeras, celebro las preuvas, la PreNochebuena... No sé, es posible que haya encontrado mi sitio... Sólo las jefas lo sabrán si lo es o no.
Estoy muy motivada y me sienta súper bien, incluso cuando me frustro. Así que, como iba a recuperarme si tenía más estrés en casa que trabajando y padeciendo una neumonía. Estas semanas he vivido en una guerra como he dicho... a la vez, sentía que fallaba como madre por no estar a la altura de las necesidades de mi hija. Le pregunté a mi pediatra cuál era mi error. Me aseguró que ella pasó por lo mismo. El primer año de escuela o de colegio, era así. Y me entendía en todo con respecto a la conciliación familiar. Se hace cuesta arriba, pero su sistema inmune se está formando. Y esto ha de ser así. "Lo estás haciendo bien", me dijo. Y es que casa del herrero, cuchillo de palo. Lo sé. Esa frase la he dicho yo mil veces a las madres que se sentían culpables de trabajar porque sin su sueldo no llegaban a fin de mes. Pero no las comprendía como hasta ahora.
Creo que me he convertido en mejor profesional de lo que era. Creo que la comprensión que he adquirido desde que soy madre, desde el punto de vista de profe y mamá, suman, y suman muy bien. Reconozco que muchos consejos me los he comido con patatas, y que las teorías que predicaban eran magnificas para cualquier manual de crianza, pero que la vida, es otra cosa, que cada hijo es un mundo. Y que la situación en la que nace un hijo u otro, hace que cambie todo lo que creía que sabías.
Estoy en momentos de cambios y balances, supongo que como cada Nochevieja, como cada diciembre, como cada cierre de año. Y eso me tiene pensativa, evaluadora y programando nuevos caminos para el año que viene. Gracias al 2024, por darme tanto... Tantísimo. Un año de crecer como persona.
Y gracias a vosotros que me leéis, gracias un año más por estar al otro lado.