lunes, 7 de septiembre de 2020

¿Y si ganamos?

 - Tú te estás tirando a alguien - me suelta de repente.

- ¿Qué? - levanto mi mirada de los apuntes.

- ¿Dónde has estado toda esta semana? Por las tardes concretamente - me especifíca.

- En casa - respondo sin mirarle.

- Tú no estás en casa nunca. ¿Sabes porque lo sé? Porque si estuvieras con tus amigas subirías fotos. Si estás con un tío, no. 

- ¿Lo dices por ti? Creo que sobra exponer las razones de por qué no subo fotos contigo - le respondo volviendo a mis apuntes.

- No estamos hablando de mí puesto que conmigo no has estado.

- No estoy con nadie... 

- ¿El 112? - me pregunta - ¿El pollito? ¿Dani? ¿Alguno de pof? ¿Con el que quedaste la última vez en Sambil? 

- No - hago una pausa - Con el motero - digo muy seria.

- ¿Qué...? - veo que se empieza a poner blando.

- ¡Qué no! ¿Cómo voy a estar con el motero? - me río esquivando la bola.

- Sé que con Dani y el pollito no, pero el 112...

- Es cierto que me ha escrito - le informo - Y que está muy pesado, y el profesor de Sonia, ¡ni te cuento! Me ha mandado unos audios... Pero no, bollito mío, no hay nadie... Hay... ¡Estudios! Quiero quitarme el grado en este mes.

- Estás muy rara. Antes me lo habrías contado - me recrimina.

- Antes y ahora, si hubiera algo que contar. No eres el único que tiene un harén... - respondo.

- Ya veo - silencio - ¿Miguel? El de ayer.

- Es un amigo de hace diez años, que le he visto tres veces en mi vida. Y de Jerez... Tener a alguien de Fuenlabrada ya me parece una relación a distancia... - digo con pesar. O más bien con pereza.

- Sí, te van más de Zarazaquemada... 

- ¡Al ladito! - me río.

Se dirige a su coche y coge una de sus herramientas. Le miro de reojo.

- Oye - le llamo - ¿Y este interrogatorio? ¿Celos? - le pregunto subiendo una ceja.

- Preocupación. Celos no. Puedes hacer lo que quieras, supongo - me responde.

- Supones bien... Porque el chico del que de verdad estoy interesada, no me corresponde.

- Lo hace - dice escuetamente.

- Pues se nota poco - cierro la conversación y cojo de nuevo mis apuntes.

- Lo siento. Me gustaría saber si empiezas algo con alguien. Me gustaría hacerte feliz yo, pero...

- ¡Para! - no quiero escuchar más - Tengo que estudiar.

- Vale... 

"Sí puedes hacerme feliz, ¡cobarde!, puedes hacerlo, solo tienes que elegir el camino que te hace feliz, romper con lo que tienes y venir a aquí, conmigo. Es muy fácil, Bollito, es muy muy fácil, solo hay que querer y creer. Creer en nosotros y en lo que formamos, pero es más fácil dejarme ir y que otro me haga feliz. Me harán feliz, estoy segura de que alguien se encargará de ello gustosamente, porque el amor es así. Pero, ¿y tú? Serás feliz, pensando en el "¿y si...?" Y si hubieras luchado, y si hubieras ganado... ¿Y si hubiéramos ganado?"

Pero yo, también muy valiente, solo lo pensé... 



sábado, 5 de septiembre de 2020

Para cuando te vayas

 ¿Te has preguntado alguna vez qué es exactamente enamorarse?

Yo siempre he rehuido de esa palabra. Muy pocas veces la he utilizado en mi vida para definir mi estado hacia alguien, y menos aún me la he creído cuando alguien la ha usado para describir lo que sentía por mí.

Creo que es una palabra reservada para casos muy, muy elegidos. Que hay muy poca gente enamorada, enamorada de verdad, lo que pasa que a veces lo confundimos (o queremos hacerlo) con ilusión, atracción, intención, ganas, o incluso desgraciadamente, costumbre.

Estás tumbada en la cama, bocarriba, con los ojos cerrados. Una camiseta blanca muy corta, justo hasta unos centímetros por debajo de tus pechos, un short de pijama negro. Nada más. El pelo derramado sobre la almohada, tus uñas pintadas de negro, tu piel tan bronceada. Debe ser sobre la una de la tarde, y la claridad se cuela por las rendijas de la persiana a medio bajar, haciendo juegos de luces en tu vientre tan bonitos que me quedaría mirándolos todo el día. O toda la vida.

Respiras tranquila, y tienes una sonrisa congelada en los labios. Quizás, simplemente, estás donde quieres estar. Quizás solamente estás en paz. Aquí, en este momento, sin pensar cuándo hemos llegado aquí o cuándo se acabará. 

¿Sabes? Estoy cansado de las guerras internas. Tú no lo sabes (quizás te haces una lejana idea) pero aquí dentro todo son guerras. Hay demasiadas heridas abiertas, demasiadas dolor, demasiadas cicatrices. Hace mucho tiempo que algo no funciona bien. Hace mucho tiempo que algo está roto.

Nunca he querido que nadie llenara ese hueco. Nunca he creído en ello.

Y de repente llegas tú, sin ser más ni mejor que nadie (o siéndolo infinitamente), y solamente con tu forma de ser empiezas a ir por un lugar hasta ese momento inhabilitado. Y abres camino. Y caminas.

Probablemente te vayas. O me vaya yo. O nos vayamos ambos.

Probablemente un día no estés aquí, y yo recuerde este momento con nostalgia, con tristeza o, peor aún, fingiendo que no sentí lo que sé que estoy sintiendo ahora.

Es sólo que en este momento, en este preciso instante, en que estás en esta cama tumbada bocarriba, tienes la sonrisa congelada, el pelo derramado en la almohada, y la claridad que se cuela por las rendijas de la persiana hace maravillosos juegos de luces en tu vientre, me siento en paz.

Yo, en paz.

No te haces ni una mínima idea de lo que significa eso.

No sabía que yo podía aún sentir eso.

No diré nada. Alargaré este momento todo lo que pueda. Como si fuese para toda la vida, aunque sepa que nada lo es. Como si no pasara nada. Como si no entendiera que por mucho que siempre haya rehuido de la palabra, esto que siento dentro ahora mismo es la prueba inequívoca de que estoy enamorado de ti.

Has pausado mi guerra. Con susurros, sonrisas, seguridad y paciencia.

Mis soldados han oído tu canción y han tirado las armas al suelo mirándose unos a otros. Y se han puesto a llorar.

No sólo has logrado que te quiera, has logrado que me vuelva a querer a mí.

Yo, que soy de maltratarme tanto.

Se me sube un nudo a la garganta que trago a duras penas, pero el sutil sonido al hacerlo hace que entreabras los ojos y me mires. Te miro, sin gesticular, y tu sonrisa se ensancha, mientras tu mano busca la mía. Me deslizo sobre la cama, y pongo mi mejilla en tu vientre. Tu mano desocupada me acaricia el pelo, y no puedes ver que yo, al igual que mis soldados, derramo una lágrima en este momento.

Probablemente te vayas. O me vaya yo. O nos vayamos ambos.

Probablemente un día no estés aquí y mis guerras internas sean más crueles que nunca, pero en este momento, en este preciso instante, me siento en paz.

Cierro los ojos, y respiro.

Respiro.

Hacía siglos que no lo hacía.



Cuanto más miedo tiene, más valiente se vuelve.


 

La chica de los labios rotos

 Bailas en medio del salón con una camiseta mía como única prenda en tu parte superior, con una copa en la mano, los ojos cerrados, el pelo suelto danzando al compás con tus movimientos, lentos y elegantes, y una sonrisa en tus labios rotos.

Tus labios siempre están agrietados, resecos, y por muy raro que suene, te dan una belleza excepcional. Única y personal. Como toda tú.

“Labios rotos”, un día te dije que no había mejor forma de describirlos, por lo que son por dentro y por fuera. Lo hice sin pensar, tal como lo sentí, y te encantó. “Desde ahora siempre seré la chica de los labios rotos”, me dijiste, justo antes de besarme con ellos.

Eso fue hace unas semanas, cuando jugar con fuego aún era divertido y lo único que podía pasar es que de vez en cuando me quemara en algún descuido como quien toca por un instante la olla hirviendo sin querer: unas risas, el dedo bajo agua fría durante unos segundos y no había mayor problema.

Hoy te miro mientras bailas y siento cómo prendes la habitación entera.

Hoy te miro mientras bailas y huelo a carne quemada.

Y sé que soy yo.

Pero lo que decía: que bailas en medio del salón con movimientos lentos y elegantes, y es curioso y hasta gracioso, porque no derramas ni una sola gota de tu copa. 

Y digo esto porque te lo he mencionado antes y tu sonrisa se ensanchó sin parar de bailar y sin abrir los ojos. Y digo esto porque me sigo sorprendiendo a mí mismo de cómo puedo seguir con la naturalidad, la ironía y nuestro sarcasmo como si no pasara nada mientras siento que todo dentro de mí se va incendiando. Y digo esto porque esa simple sonrisa sin abrir los ojos, sutil, natural y espontánea que has esbozado al oírlo me han hecho verte (otra vez) absolutamente preciosa.

Así que ahí estás, bailando sin derramar ni una sola gota (de vez en cuando te llevas la copa a los labios -rotos- y le das un pequeño trago), con una camiseta mía, con el pelo suelto, con movimientos lentos y elegantes, y mientras toda la habitación está en llamas. 

Y no hay salida.

De verdad, no la hay.

Yo creía que sí, yo durante mucho tiempo me he estado diciendo que sí, pero no la hay.

¿Notas tú también que te quemas? ¿Sientes que todo tu alrededor arde también?

No lo sé. 

No lo sé, y no lo puedo preguntar.

Preguntarlo es romper las reglas, traer la manguera, darle a la alarma de incendios y que del techo se disparen los aspersores. Y fin del juego.

Sé jugar. De hecho, llevo muchos años en que no hago otra cosa. Mi vida es jugar, me gusta coger las cerillas, y las velas, y quemarme un poquito, y ver cómo la otra persona se quema, y disfrutar de ello.

Pero hace mucho tiempo que no me pasaba esto.

No sé cuándo ni cómo, pero cuando me ha dado por mirar todo está en llamas.

Será tu risa espontánea y sincera, el brillo de tus ojos, el rubio oscuro de tu pelo mezclándose con el moreno de tu piel; serán esas locuras que tienes, esos impulsos, esa dulzura.

Serán tus labios rotos, que ya no quiero que me besen otros ilesos nunca más en mi vida.

Dentro de un rato, o mañana, o cuando sea, saldré de esta casa, y volveré a decirme que no es para tanto, y me entretendré con otras mujeres que no queman, sólo brindan calor, y me esforzaré por no pensar en si habrá algún hombre más al que le bailes en medio de tu salón, y volveré a intentar curarme las quemaduras.

Ojalá te estés quemando tú también.

A veces pienso que sí, que está claro, que sólo hay que mirarte conmigo.

Otras pienso que no, que solamente cuando eso te ocurre metes el dedo bajo el agua fría unos segundos y no te supone mayor problema.

Nunca nadie me había hecho dudar. 

Este es otro dato en el que caí cuando ya estaba todo ardiendo.

Por si llega un día en que el incendio sea tan salvaje que ya no pueda hablarte, por si algún día todo se consume y ya no podemos oírnos, quiero decirte que jamás he visto a nadie más preciosa que tú en este instante.

Que tú bailando en medio del salón con una camiseta mía como única prenda en tu parte superior, con una copa en la mano, los ojos cerrados, el pelo suelto danzando al compás con tus movimientos, lentos y elegantes, y una sonrisa en tus labios rotos.

Esos labios que un día te dije que no había mejor forma de describirlos, y que a ti te encantó. “Desde ahora siempre seré la chica de los labios rotos”, me dijiste, justo antes de besarme con ellos.

Y entonces me rompiste a mí.

Eso fue hace algunas semanas.

Hoy te miro mientras bailas, y la habitación está en llamas, y la puerta de salida está totalmente inaccesible ya por el incendio.

Es inviable pensar siquiera en la remota posibilidad de escapar.

Siempre me he dicho que no, que podría hacerlo si veía que el fuego se descontrolaba, pero no era cierto.

Ya no hay quien se salve.

Así que sigue bailando, mi chica de labios rotos.



Ella está equivocada

 Ella no lo sabe, pero está equivocada.

Mira que intento que se entere, pero siempre que saco el tema ella sólo hace sonreír y hasta rompe a reír, y suelta alguna frase hecha como “qué tonto estás” o algo así y no me deja seguir hablando.

Y yo que pretendo hacerle ver que no estoy bromeando, pero nada.

Ella no se dejó impresionar por lo que siempre pongo por delante a modo de barrera, a modo de brillo. No. Ella apartó eso sin darle la menor importancia y se empeñó en ver qué había dentro. Donde nadie mira nunca. Donde me hicieron creer que nadie se interesaría a mirar nunca.

Ella fue inmune a mi palabrería, a mis dotes de impresionar, a mi verborrea y a mi manera de hacer ver que todo es genial. Ella, no sé cómo, porque te juro que no lo sé, acabó haciéndome sacar todo eso que nunca quiero sacar con nadie.

Yo no quiero que le brillen los ojos con mis juegos de manos, con mis fuegos artificiales, con mis trucos de chico seguro de sí mismo que tiene todo bajo control.

Ella no es como las demás. 

Ella me miró y aún no sé por qué demonios porque te juro que no hay día en que no me devane la cabeza intentando encontrarle explicación pero se quedó. 

Se quedó a mi lado.

Ella podría haber compartido un par de conversaciones conmigo, llenar su ego e irse.

Ella podría haber cenado alguna que otra vez, protagonizar unas cuantas escenas de cama, y marcharse con su medalla.

Ella podría haber puesto mil excusas, que era muy complicado, que tenemos mundos muy diferentes… pero en lugar de eso se remangó, se recogió el pelo con un lápiz y me miró a los ojos diciendo que saldría bien si queríamos que saliera bien.

Y se quedó.

Ella me valora como yo que tanto me quiero jamás llegué a hacerlo, y hasta un día la escuché hablar sobre mí con sus amigas y aún no sé cómo describir lo que sentí al hacerlo. Nunca había sentido tanto… ¿Amor? No sé, no creo que sea eso, al menos no aún. 

Tanta pureza, tanta ilusión, tanta bondad.

Sí, tanta bondad.

Ella es una buena persona.

Y esta frase, que puede parecer tan simple, es lo más bonito que puedo decir de ella.

No es tan fácil encontrar buenas personas hoy día.  

Yo no soy tan impresionante como ella cree, ni tengo nada bajo control, ni soy tan indestructible, ni tan inteligente. Yo sólo soy un buen ilusionista. Y yo le repito todo esto, y le cuento que me mira con demasiados buenos ojos, que no se distraiga con mis juegos de manos, con mis fuegos artificiales, que soy inmaduro, caprichoso, demasiado orgulloso.

Yo intento hacerla entrar en razón, pero no hay manera: ella pasa.

Ella sólo sonríe, y hasta rompe a reír, y suelta alguna frase hecha como “qué tonto estás” o algo así y no me deja seguir hablando.

Sí, ella está equivocada… pero ya no quiero convencerla de ello.

Ya lo único que pretendo, día a día, es parecerme un poco más cada vez a ese hombre que ella cree que soy. 

Quizás algún día lo logre. 

Desde luego, jamás tuve un propósito tan puro en mi vida.

Jamás nadie me había merecido la pena tanto como para tenerlo.

Y es que ella podía haber hecho un millón de cosas, pero de todas las que podía hizo la única que no esperaba.

Ella se quedó.



Por todo lo que eres

 Por ser la niña frágil más fuerte del mundo. Por ser la cabezona más comprensiva. Por la luz que desprenden tus sombras. Por decirme siempre “buenos días” con la misma voz, el mismo tono, la misma sonrisa, y hacer que cada vez suene diferente.

Por ser la inmadura más madura que existe, por ser la imperfecta más perfecta, por cada vez que te enfadas sin razón y aun así no haber dejado que me sienta solo ni una sola vez desde que estás aquí.

Por cada una de las veces que discutimos y aun así seguimos en la guerra al lado del otro, por poner en mis manos tus miedos y saber que así te sentirías reforzada y no débil, por estar segura de que mis manos eran un buen lugar para dejarlos aunque ni yo mismo lo supiera.

Por todo lo que eres.

Por tus pequeñas manos frías y tu gigante corazón ardiendo, porque en menos de metro setenta quepa esa convicción, por tu mirada temblorosa llena de firmeza, por decirme tantas cosas sin abrir la boca.

Por el brillo de tus ojos cuando me cuentas algo. 

Porque sólo tu guerra me trajo la paz.

Por la sonrisa que te saco después de que llores que hace que me sienta invencible.

Por lo bien que suena mi nombre dicho desde tu voz.

Porque cuando te oigo suspirar en mi pecho siento que soy yo quien respiro, porque cuando te veo dormir tranquila siento que soy yo quien descanso, porque cuando te veo reír a carcajadas siento que soy yo el de la felicidad, porque cuando te salen bien las cosas siento que soy yo el del éxito.

Por todo lo que eres.

Por eso estoy aquí.

Por eso estoy contigo.



viernes, 4 de septiembre de 2020

Por si algún día te olvidas de ti

Escribo estas líneas ahora mismo por si algún día, sin querer, te olvidas de ti.

Escribo esto mientras te miro ahí, en la cama, desnuda enrollada entre las sábanas, despeinada, con ojos de cansancio y esa sonrisa perenne en la boca.

Me ves escribir, me preguntas con intriga (y esa sonrisa) qué es, pero haré uso de mi labia y mi improvisación y te diré cualquier cosa que no sea la verdad: que escribo estas líneas en este preciso momento por si algún día te olvidas de ti.

Por si algún día te olvidas de ti, eres esa chica impulsiva, emocional y valiente que se atreve con cualquier cosa, que no deja que le digan lo que tiene que hacer, que protesta por todo y no se calla por nada, que aún le sigue haciendo caso ciegamente al corazón cuando le dicta algo.

Por si algún día te olvidas de ti, eres esa chica que cogió una mochila y vino hasta esta ciudad perdida para encontrarse, esa que es irónica, sarcástica, pícara e inteligente, sutilmente brillante en los juegos de palabras y que detrás de su aspecto de chica dura hay una niña asustada que aún no se atreve a salir de su habitación.

Por si algún día te olvidas de ti, eres indomable, intensa y salvaje. Tienes una alas preciosas y heridas (pero las tienes), una manera de reír a carcajadas que es la mejor banda sonora del mundo y un pequeño gesto de arrugar la nariz cuando sonríes que creo que ni siquiera conoces y es una maravilla.

Por si algún día te olvidas de esta noche, hace un calor increíble, las sábanas aún tienen sudor de ambos de la de batallas que hemos librado en ellas, el cielo está más estrellado que de costumbre y hay un músico tocando en la calle que juro que lo está haciendo en nuestro honor.

Por si algún día te olvidas de mí, soy ese chico impulsivo, emocional y valiente que se atreve con cualquier cosa, que de tanto ponerse el disfraz de tipo duro al final se le quedó pegado en la piel, y que de vez en cuando aparece algo como tú en su vida para hacerme ver que al corazón nunca le gustaron demasiado mis disfraces y que yo sigo siendo el mismo de siempre aunque a veces crea que no. El chico que escribe esto mientras te mira intentando parar el tiempo, intentando grabar tu cara en su mente para cuando ya no estés y pueda dolerse con su recuerdo, pero sobre todo soy ese chico que, pase el tiempo que pase a partir de esta noche, jamás se va a olvidar de este cielo estrellado, de las batallas entre las sábanas, del músico que toca en la calle y de ti.

Todo esto escribo mientras observo tu sonrisa intrigada ampliarse, así que voy a acabar ya, arrancaré esta hoja, la guardaré y te la daré cuando amanezca y todo esto termine. Te la daré a ti y se la daré a esa niña, para deciros a ambas que sois el ser más maravilloso del mundo, que nunca os perdáis la una a la otra, y que lleves esta carta contigo siempre.

Ya sabes.

Por si algún día te olvidas de ti.

Al leerla recordarás quién eres.

Y entonces volverás a estar a salvo.



Lo que no te mata te hace más guapa


 

No vale la pena intentar ser algo que no somos por alguien que no es para nosotros.




 

Te voy a querer tanto, que te vas a alegrar de todo lo que te han puteado en el amor hasta llegar a mí.

 


La chica más fuerte del mundo

 Nunca se le cae la sonrisa de la boca.

No importa cuántas razones tenga para ello, no importa cuánto daño le hagan, y sobre todo, no importa cuánto lo sufra por dentro.

Ella es capaz de llorar y aun así mantener la sonrisa.

No, jamás le han quitado la sonrisa de la boca. Y no esa sonrisa por cumplir o aparentar, sino una sonrisa de verdad, de las que iluminan oscuridades, de las que hacen brillar ciudades enteras, de las que te quedas ciego de mirar y aun así no quieres apartar la vista de semejante preciosidad.

Ella es la chica más fuerte del mundo, y ni siquiera lo sabe.

No hay ser que aguante más el peso de la vida, las circunstancias que le han tocado, la carga de los problemas, y créeme: los suyos son mucho más que lo “normal” en una persona media. Pero no se lo notarás. No la oirás quejarse, ni la escucharás lamentarse, aunque a menudo el techo de su habitación se le caiga encima justo antes de dormir.

Parece que se va a romper al tocarla, y es indestructible.

Siempre tiene ese brillo en los ojos que antes comentaba, siempre tiene una palabra de aliento, una caricia, una sonrisa para quien la necesite.

Se está muriendo por dentro y va por ahí sanando a la gente.

Ella es ejemplo de superación, de fortaleza (aunque crea que no), de corazón.

La miro y me quedo maravillado ante todos sus gestos, su altruismo, su empatía, su sensibilidad. Su ilusión que nadie le rompe por mucho que lo intenten, su capacidad de soñar, su respiración tranquila cada noche en mi pecho.

Y yo la aprieto contra mí, pero parece tan frágil que me da miedo romperla, y entonces vuelve a recordar que, parezca lo que parezca, es indestructible.

Es capaz de hacerte sentir bien solo con posar su mano en la tuya.

Es capaz de lograr que tengas esperanza si la oyes decir que la hay.

Y aunque ni siquiera lo sepa, ella es la chica más fuerte del mundo.



Casi felices

 Un día me dijiste que las personas como tú y como yo nunca podrían llegar a ser felices del todo. 

Lo hiciste con sencillez y naturalidad -como quien hace tiempo que lo tiene claro-, de la misma forma que me has contado cada una de tus cicatrices, cada golpe en tu vida que yo hubiera dado el alma porque no te hubiera ocurrido y que tú relatas como quien cuenta una película. 

Un día me dijiste que las mentes como la tuya y como la mía nunca podrían llegar a ser felices del todo, y yo en ese momento no supe qué decir. Y no porque la frase me sorprendiera o me afectara, sino porque era lo que yo había pensado siempre. Y de repente ahí estaba una chica, sin saber muy bien cómo ni de qué forma había llegado a mi vida, diciéndome en mi cara todo aquello que yo nunca le quise decir a nadie.

El sol empieza a caer, y aunque pronto el cielo se oscurecerá del todo y dará lugar a esa noche en la que tan a gusto nos sentimos, ahora mismo aún es naranja oscuro, y sus brillos hacen unos juegos de luces espectaculares en tus ojos (tú no me ves mirarte porque estás con tu cabeza sobre mi regazo mirando precisamente ese cielo), y yo te veo más maravillosa que nunca: mi chica dura, siempre tan cómoda en la oscuridad, y siendo tan preciosa en la luz.

Ninguno hablamos, y tampoco hace falta. 

A pesar de que nuestras madrugadas se suelan caracterizar por conversaciones eternas hablando de millones de temas con una botella de vino en medio, ahora “en la luz” tan sólo estamos así: tú con tu cabeza en mi regazo, tu pelo recogido medio deshecho y medio aplastado con mi sudadera, tus ojos puestos en esa luz que parece que nunca va a ser para ti, y mis ojos puestos en los tuyos.

Te he besado, te he mordido, te he visto gemir de placer, te he visto llorar y reír a carcajadas, y sin embargo ahora es cuando me pareces más maravillosa que nunca, porque aquí es donde veo lo que eres: una niña jugando a ser mujer, una mujer que no quiere dejar de ser niña.

Ahí afuera la vida nos asfixia, siempre lo ha hecho. Nosotros no conocemos la paz, el bienestar. Desde pequeños la vida nos dejó claro que no le caíamos bien, y llegó un momento en que simplemente, en vez de estrellarnos contra muros intentando cambiarlo, sencillamente nos dio igual.

Y nos encontramos. 

Dos locos incomprendidos por el mundo, dos seres que acabaron guardándose para sí sus pensamientos antes que rendirse a la necesidad de exteriorizarlos y ver la incomprensión en los ojos de las personas que apreciaban, la mirada extraña de quien no está comprendiendo ni una sola palabra de lo que arde dentro de ti.

Somos la prueba de que dos mentes emocionalmente inestables, juntas, hacen una estabilidad más fiel que la de cualquiera de esos cuerdos. 

Mis manos se van hasta tu nuca, acariciándotela, y tus ojos se cierran, esbozando una sonrisa tranquila. Te acomodas un poco más y me miras de reojo, clavando tus ojos en los míos por unos segundos. Yo te contesto esa sonrisa con otra igual, la tuya se ensancha un poco más, y vuelves a mirar a la luz naranja tras el cristal, mientras inspiras y sueltas todo el aire por la nariz.

Yo te abrazo un poco más fuerte, sólo un poco, miro también hacia el mismo lugar que miras tú, y respiro.

Ambos respiramos. Con el otro al lado. En paz.

Supongo que esta es nuestra manera de ser casi felices.

Y, por un segundo, no puedo evitar pensar que nuestra casi felicidad es mucho más verdadera en este instante que la aparentemente plena de otros, con su vida estable, su mente tranquila, y su no comprensión (su imposibilidad de comprensión) de lo que arde.



Y presumir de ti

 “Lo que más me gusta es cómo presume de ti”,  oí que te decían hace unos días cuando creían que yo no escuchaba.

Yo, el que siempre me había antepuesto a cualquiera, el que siempre se ha andado con mucho cuidado de no airear lo que sentía por nadie, por si acaso.

Tienes los ojos cerrados. Y yo te miro.

Sé que sabes que lo estoy haciendo, porque de vez en cuando se te escapa una sonrisa, aunque no los abres. Sólo carraspeas suavemente, te acomodas y sigues tal y como estás, tendida bocarriba, con tu vestido de seda marrón haciendo pliegues sobre la arena.

El sol hace tiempo que decidió alejarse haciendo pasar al cielo del celeste con el que nos recibió a un tono azul muy oscuro, y yo te observo.

Empiezan a oírse voces de los restaurantes y pubs que hay cerca, gente joven que inicia la noche, farolas que comienzan a encenderse y letreros que se iluminan, pero yo sólo te observo a ti.

Te observaba antes cuando caminabas sobre una delgada línea en la arena que habías hecho tú misma, como una malabarista con los brazos en cruz para mantener el equilibrio, te observaba cuando más tarde te quedaste mirando el mar hipnotizada mientras el sol iba cayendo, entrecerrando los ojos por la brisa con la sonrisa congelada, y te observo ahora aquí.

Así.

Tu pelo derramado en la arena, tus pómulos marcados, tu pequeña nariz, tus labios entreabiertos sin gesto. Observo tu cuello desnudo y a tu garganta tragar saliva, tu clavícula, esa donde me sujeto sin caer al vacío desde que entraste en mi vida, el comienzo de tus pequeños (y perfectos) pechos y las curvas que los inician antes de que la tela del vestido que tanto adoro me corte la fiesta ocultando el resto.

Tu vientre alzándose y bajando en tu respiración tranquila, el muslo de tu pierna derecha al descubierto (ya que la planta del pie la tienes apoyada en la arena, la izquierda está totalmente estirada), y gracias a eso el vestido se te ha subido hasta dejar patente milímetros de tu ropa interior negra y kilómetros de la demencia que provoca eso en mí.

La pulsera negra, fina y medio deshilachada de tu tobillo derecho, tus pequeños pies.

Tú. Toda tú.

Y yo te miro, y pienso cómo puede ser que tengas tanto en apenas un metro setenta.

Y sé que son cosas que no te digo, ni tú las pides, pero las siento. A veces te miro y pienso si de verdad podrás imaginar hasta dónde llega todo esto que estás creando. Tú, con tu persistencia, con tu cabezonería, con tu confianza en esto.

Aún recuerdo la primera vez que te vi, cuando venía de una de decepciones que ni te haces una idea y pensé que eras la chica perfecta para olvidar: guapa, inteligente, irónica, aspecto de chica dura que no me iba a venir con victimismos, que sabía cuidarse sola.

Pensé que eras la chica perfecta para olvidar, pero al final resultó todo lo contrario: eras la chica perfecta para recordar.

Para recordar lo que quería. Para recordar quién era.

Y desde que recordé quién era yo no se me olvida ni por un solo instante lo que eres tú.

Y lo único que me sale es presumir de ti.

Tienes algo que me hace ser diferente.

Tienes algo que hace impedirme que me calle lo que siempre opto por callarme, que no diga aquellas cosas que prefiero no decir. Simplemente te miro, sonríes, me hablas con tu voz susurrante y tranquila, me das esa calma, esa seguridad, y empiezo a decirte todo lo que siento como hipnotizado. 

Y solo me doy cuenta de que lo he vuelto a hacer una vez más cuando nos despedimos y salgo de ese “hechizo”.

Entreabres los ojos, y me ves aquí, mirándote.

Sonríes, dejando ver tus dientes, y me preguntas si te estoy “acosando con la mirada” (a saber qué quiere decir eso). Como por esta vez no quiero entrar en una de nuestras absurdas y maravillosas guerras a ver quién dice la tontería más grande (en las cuales nos podemos tirar un buen rato), simplemente niego con la cabeza, sonriendo, y tú, sin quitarte la sonrisa, te mueves un poco para estar aún más cerca y apoyas tu nuca en mis piernas, acomodándote un par de veces y suspirando profundamente como señal de que has encontrado la posición.

Te acaricio el pelo distraídamente, y tu sonrisa empieza a congelarse hasta transformarse de nuevo en unos labios entreabiertos sin gesto, comenzando a dormirte.

Cuando te conocí ni siquiera podías dormir si había alguien contigo.

Hoy te duermes solamente porque estoy yo.

La inseguridad que tanto se adueñó de tu vida desaparecida, vencida y pulverizada por dos torpes que jugando a querer ser mejor que el otro descubrieron que en realidad como de verdad eran insuperables era juntos.

“Lo que más me gusta es cómo presume de ti”, oí que te decían hace unos días cuando creían que yo no escuchaba.

Y lo que no entiendo es cómo podría no hacerlo. 

Le hablo de ti a quien me quiera escuchar, les hablaría de ti a todos los seres que me cruzo por la calle para decirles lo injusto que es que no te conozcan, y estoy empezando a ser de la opinión de que todas las chicas que se llaman como tú deberían pensar seriamente en cambiarse el nombre.

No lo hago para que nadie de mi pasado se entere de que tú eres mejor que cualquiera, no lo hago para que nadie del tuyo sepa que yo sí te cuido, no lo hago por ninguna otra razón que no sea el simple hecho de que estoy orgulloso de lo que eres y de estar contigo.

“Lo que más me gusta es cómo presume de ti”, oí que te decían hace unos días.

A mí lo que me gustaría entender es cómo no lo hizo nadie antes de mí.

Por Dios, qué de idiotas hay en este mundo, ¿No?

Me encojo de hombros, mirando al horizonte, a esa oscuridad que ahora comienza a unir la línea entre el cielo y el agua haciéndolos uno, y sonrío.

En fin, mejor para mí.

Ahora estamos donde debemos estar.

Yo respirando de tu cuello, y tú durmiendo sólo porque estás conmigo.

Voy a escribir sobre esto, supongo que no te sorprende.

Ya sabes.

Para que el mundo entero se entere de que presumo de ti.



No tienes que pedir perdón

No tienes que pedir perdón

No es necesario que hablemos.

A mí no me hace falta que hablemos.

Me vale con estar así, ambos en la misma habitación. Con estar a tu lado mientras sientes tu espacio, con dejarte en el perfecto equilibrio entre sentirte en esa soledad que necesitas y a la vez que tengas claro que no estás sola. Me da igual que digas que no hace falta, que no tengo por qué hacerlo, que no lo pidas.

Las cosas más sinceras se hacen sin que haya que pedirlas. De hecho, se hacen al darte cuenta de que el otro las necesita incluso aunque no se dé cuenta que las necesita.

Te veo dar vueltas por la habitación como un cachorro inquieto, te vas hacia la ventana y apoyas tu frente en el frío cristal, regresas a la cama, te sitúas de espaldas a mí en el otro extremo, te vuelves y pones tu cabeza en mi abdomen.

“Lo siento”, susurras, casi imperceptiblemente.

Deja de pedir perdón. Sé por lo que estás pasando. Y no tienes que pedir perdón.

No tienes que pedir perdón porque las sombras te hayan alcanzado y no sepas cómo salir de ellas, porque estés nublada, porque no veas la luz.

No tienes que pedir perdón porque el mundo en este momento te haya arrinconado a un lugar oscuro y ni siquiera tengas ganas de seguir luchando.

Estoy aquí, y no lo hago porque seas importante para mí, porque sienta que es mi deber o porque te quiera: lo hago porque me sale con toda naturalidad hacerlo. Porque quiero hacerlo.


Dime, ¿Qué clase de ser (ya que no nos ponemos etiquetas) sería yo si solamente te dedicara un par de palabras alentadoras que en tu estado te entrarían por un oído y te saldrían por otro y esperara en mi mundo a que regresaras del tuyo para darte un abrazo al volver? 


No pienso darte un abrazo al volver. El abrazo te lo doy mientras estás atrapada.


Deja de pedir disculpas, deja de sentirte mal por ello, deja de pensar que eres una molestia, un peso o una carga para mí. 

Estoy contigo.

He estado contigo mientras reías a carcajadas, he estado contigo mientras te veías imponente, segura de ti misma y siendo mujer todoterreno, he estado contigo de viaje mientras saltabas y no parabas quieta llena de vitalidad, he estado contigo haciendo el amor como salvajes, y pienso estar contigo ahora despeinada, con ojeras y con el alma en cuidados intensivos.

Aún no te das cuenta ¿Verdad? 

Para mí todos esos lugares son lo mismo, porque todos esos lugares son contigo.

Estoy contigo.

No se me ocurre un sitio mejor donde estar.

Y no te voy a decir nada de esto, porque sé que solo te haría llorar más, y volverías a darme unas gracias repetidamente que no tienen por qué salir de tu boca, y volverías a sentirte mal porque yo sé lo que es eso, yo sé lo que es que la tristeza te clave sus zarpas en el alma y se quede ahí, enganchada, sin que nadie lo entienda y sin que tenga visos de salir.

No te voy a decir nada sobre ello. Ni que se irá, ni que no, ni que pasará, ni que no.

No te voy a decir nada sobre ello porque no necesitas oír nada sobre ello.

Sólo quiero que sigas dando vueltas por la habitación, que vayas hacia la ventana y apoyes tu frente contra el frío cristal, que regreses a la cama y te sitúes de espaldas en el otro extremo del colchón o que te pegues a mí y pongas tu cabeza en mi abdomen. Que sientas esa soledad que necesitas a la vez que tengas clarísimo que no estás sola.

Que nunca vas a estar sola.

Riendo a carcajadas, sintiéndote imponente y segura de ti misma, de viaje mientras te rebosa la vitalidad, haciendo el amor como salvajes, o despeinada, con ojeras y con el alma en cuidados intensivos.

En toda circunstancia, voy a estar contigo.

No se me ocurre un sitio mejor donde estar. 



La Barbie jardinera

 Acabo de enterarme de que el motero ha cambiado de profesión. ¡Otro como la Barbie! ¿Sabéis a qué? ¡Jardinero! Y me ha venido a la cabeza Koke, el personaje de la serie "La que se avecina", y encima en la aldea...

Tengo que confesaros que al enterarme del cotilleo, he pensado, "joder, oye mira, espero que se haya mudado a la aldea también" así ni le veo. Mejor. Y por otro lado... Siempre tuve la esperanza de volver a verle colocando bicicletas tras la pandemia.

Después de madurar la noticia, que ya veis, es una mierda pero todo lo que tenga que ver con él, de alguna manera, me afecta, he dicho... ¿Me va a afectar algo que tenga que ver respeto a él? ¡No! Afectarme por alguien que hace más de un año salió de mi vida por su propia voluntad, anda y que le den por culo, como si le atropella un camión de la basura.

Saber de él, no me gusta. No quiero, es justo lo que no necesito. No quiero saber si se ha rapado, si es jardinero, bombero o futbolista o si se ha tatuado su nombre por si se le olvida... (me río yo sola). Me la pela. Saber de él es lo único que me hace daño. Así que gracias al karma o a lo  que sea que haya que se ha ido de aquí, a trabajar y seguramente, a vivir... 

Paz lleve como descanso deja. Estoy hasta contenta.



jueves, 3 de septiembre de 2020

Detrás de mis pestañas

 Toco de nuevo mi mesa de estudios en su nave mientras él arregla sus coches. Hace un año, estudiaba aquí mis oposiciones mientras no nos hablábamos porque estábamos enfadados, no recuerdo el motivo ya, la verdad. Pero sigue produciéndome la misma ternura. 

Estar en silencio o enfadados al lado de alguien, es la mayor prueba de confianza y amor que hay. Sabes que el lazo jamás se romperá. Cojo mi ordenador y me siento dirección a él. Y comienzo a teclear mis apuntes, mientras escondida bajo mis pestañas le miro como se mueve, como cambia de herramienta y como está en su mundo... ¿qué estará pensando? Y sin querer, sonrío. 

De repente, me empiezo a crear una película, la más bonita de todas. Yo trabajando aquí, y quizás unos niños haciendo deberes en la mesa junto a nosotros. Creo que es la estampa más bonita que he visto y uno de mis deseos. Como iría La Vecina Rubia, te acabas de hacer unas ilusiones que te han quedado muy bonitas. Pues sí. Es la magia de alguien que te hace sentir tanto y tan intenso.

- ¿Cómo vas? - me pregunta tras una hora de estudio - ¿Has conseguido centrarte mientras me desnudabas con la mirada, se te caían la baba y las bragas? - se ríe.

- ¡Pero qué tonto eres! He estado centrada en esto, ¡ni qué fueras tan importante para estar mirándote toda la mañana. ¿Te crees una obra de arte? - cerré el ordenador de un golpe.

- No te enfades, venga, ¿te pregunto la lección? - me pregunta con ironía.

Me levanto de la silla y me siento encima de la mesa. Me coge de las rodillas intentando buscar ese punto en el que me hace cosquillas.

- ¡Para! ¡Para! - repito riéndome.

- Eres preciosa, ¿lo sabías? - me pregunta mirándome a los ojos.

- ¿De qué me sirve ser preciosa si no me quieres? 

- ¿Quién ha dicho eso? - me dice ofendido.

- No estás conmigo... ¿no? - le aclaro.

- Patri... - suspira.

- Está bien, está bien. Ya paro - mis ojos se apartan de los suyos. Para mí ha dejado de ser una broma, empieza a doler un poco, más que a doler, a molestar, a picar, a escocer.

Me mira y suspira, sin saber muy bien qué decir.

- Te quiero, ¿vale? Eso nunca lo dudes. Pero no es tan fácil - prefiero no decir nada y me encojo de hombros.

Se arrima a abrazarme. Y me besa en la cabeza. 

- ¿Te imaginas unos niños correteando por aquí? - le susurro riéndome.

- ¿Te imaginas unos niños como nosotros? Tan inaguantables - se ríe.

- Claro - le miro - Claro, que me imagino una vida contigo. Siempre lo he hecho. 

- Una niña como tú. Torpe, testaruda, sin pelos en la lengua, con un corazón enorme y una humildad que no tiene cabida en tu cuerpo... Con esos ojos tan grandes que tienes, tan inteligente y maravillosa que ni siquiera ella sepa el potencial que tiene - me deja en una nube este hombre cada vez que habla - Pero tendrá un padre que le hará saber que es la persona más increíble del mundo, hija de la misma WonderWoman, y sobre todo le haré saber que tiene el mejor ejemplo a seguir... A ti.

- ¿Y si es un niño? - pregunto más que enamorada, atontada ante la visión de crear nuestra familia.

- Con que saque algo de lo dos, será imparable. Prepárate para cuando llegue al cole, tendrás que lidiar con los de tu gremio.

- Sería bonito. Intenso, pero bonito - noto que se me ponen los pelos de punta.

- ¿Qué no es intenso entre nosotros, Patri? Llevamos diecisiete años con una intensidad que pocos lo aguantarían y que para nosotros es necesaria. Serían educados y no amables - me río ante la puntualización - Fuertes, luchadores, constantes, sabrán qué es la vida desde pequeños, pero que ellos pueden comerse el mundo solos, y sino tienen el mejor respaldo de todos, la familia. A ti y a mi. Juntos.

- Ojalá todo esto fuera verdad - el latigazo de realidad me azotó en plena cara - Tengo peluquería, tengo que irme. Los niños sabes bien cómo se crean, ¿verdad? Ahora hace falta que el padre se centre en lo que de verdad quiere y se lance a por ello. Sino nos van a salir cobardes. Y no quiero eso. 

- Serían la versión mejorada de nosotros.

- Para que hay un nosotros... Tenemos que estar tú y yo, nadie más. Absolutamente nadie más. Arregla eso, y empezaremos a criar tantos niños como quieras, pero hasta entonces, tengo mejores cosas que hacer como ir a la peluquería. Te veo mañana a la misma hora - le doy un beso en la cara y me voy.

¡Obvio que quiero esa historia! Pero no voy a empezar una casa por el tejado. Y nuestra casa es que tiene puertas, ventanas, tejas, y de todo, pero nada montado. ¡Y así es imposible tener nada! Al final con el tiempo nos pasará lo que a todos, perderemos piezas por el camino, y quizás la casa se convierta en chabola, quizás nuestra sueñe se reduzca bastante... Pero si no ponemos por parte de los dos... No dejará de ser el cuento de la lechera.




Sabía que eras preciosa sin ropa. Pero eres perfecta desnuda.

 "Te miro y me miras, desnuda ante mí.

Por primera vez, verdaderamente desnuda.

Ahora es cuando te sientes insegura, ahora es cuando me muestras tus debilidades y crees que al enseñarme todo esto te has quedado indefensa ante mí y ya nunca será lo mismo.

Ahí aciertas: Nunca será lo mismo.

Tú crees que ahora es cuando me voy.

Ahora es cuando me quedo".



miércoles, 2 de septiembre de 2020

Insegura

 Desde ayer no me siento con los pies en el suelo, ni piso fuerte, más bien débil. 

Un sentimiento de inseguridad me invade el cuerpo. Es un sentimiento que me viene sobretodo cuando me acuesto con alguien nuevo. La inseguridad que veo reflejada en el espejo al mostrar mi cuerpo.

"No hace falta que te vistas tan pronto", me dijo, y pensé, "si tú supieras...". No voy a mostrar mi cuerpo más del tiempo necesario que dure el acto. No es necesario. Lo que me sorprendió es que se diera cuenta del gesto tan pronto.

Estoy insegura ante las comparaciones, ante las palabras que pronto se las lleva el viento, de besos más allá del acto en sí. Estoy insegura debido al miedo. ¿Miedo? Sí. Miedo a ser querida, a ser alguien con nombre y apellidos en la vida de alguien, ¡pánico! A que se vayan, a que me dejen, a que hagan bomba de humo... 

Anoche en el coche, de vuelta a casa, se me caían las lágrimas y llamé a mi amiga Cris. ¿Qué estoy haciendo? Lanzarme a una piscina, ¿con o sin agua? Me siento mal cuando las palabras de cariño me caen encima y no consiguen mojarme, simplemente resbalan sobre un chubasquero que hace de escudo. ¿Volveré a querer a alguien? ¿A sentir por alguien? ¿Volveré a dejarme querer? Seguramente me cueste la vida. Pero no recordaba este sentimiento. Hacía mucho que no me embarcaba en nada nuevo, suelo reciclar o invertir en lo conocido. 

En el amor, no me la juego, no quiero ser valiente, no quiero invertir... No quiero sufrir. Y no hablo de amor, como sentimiento romántico, quizás hable más de la confianza que depositas en ese alguien. No hay mayor muestra de amor que la confianza, puesto que es la base de todo. Y tengo miedo, mucho miedo a ser utilizada de nuevo...



El sexo con ella

 El sexo con ella era así... Una mezcla de luces que te volvían loco, un placer exquisito, un viaje al infierno de ida y vuelta. ¡Maldición! ¿En qué momento el movimiento de su culo me quitó la cordura? "Folla a un poeta y te hará inmortal en sus líneas", decían. Sin embargo ella ahora es inmortal en mi mente, en cada roze en una cama distinta, en cada bar al que fuimos, en cada canción que escuchamos se ha inmortalizado su esencia. Era muy fácil enamorarse de ella y su manera de ver el mundo, tan arriesgada, tan inocente, tan sútil. Un demonio entre las sábanas y un ángel en cada ligera proporción de su rostro. La manera en que me chupaba la polla era fascinante, el caliente de sus labios moviendose de arriba a abajo mientras su lengua hacia circulos en la punta, me hacia correrme al instante. Aquella rubia no dejaba derramar una sola gota. Insaciable, tóxica, inteligente y con el alma más pura de todas.

@lionheeart 



martes, 1 de septiembre de 2020

Golfa

 Me acerco a decirte al oído. Hueles a perfume Carolina Herrera, mi favorito.

Te ríes.

Das un trago largo al tercio, y los labios se te quedan manchados de cerveza.

Los míos se mueren por limpiártelos.

Y comienza a sonar Extremoduro.

- ¿Bailas? - te pregunto.

- Mejor que tú - me respondes buscando guerra.

Estoy empezando a sentir mariposas.

Ahora te acercas tú a mi oído. Me susurras sueños.

- Esto se nos queda pequeño, llévame a Nueva York.

- Nueva York también se queda pequeño cuando me lo pides tú.

Cierras los ojos conmigo.

Mientras vuelas, yo me sonrojo.

Nos falta cerveza para celebrar tanto temblor como nos provoca el uno al otro.

Vuelves a abrirlos. Nos miramos fijamente.

Brindamos.

Se apaga todo a nuestro alrededor y, como poseídos, nos damos el beso con el que Robe se inspiró para escribir Golfa.



Tienes todo para volar. No pierdas el tiempo en el suelo.


 

Qué rara es

Qué rara es.

De verdad, es la tía más rara del mundo.

Se pasa el día cansada (la he visto dormirse en un bus como si tuviera ochenta años y no sólo eso, sino que la he despertado, ha reído divertida, y se ha vuelto a dormir a los cinco segundos) y luego cuando llega la noche es un huracán al que no hay manera de calmar, tiene un resfriado perenne (no recuerdo la última vez que no lo estuvo) y a veces se pone a hablar y hablar y va enlazando unos temas con otros que no tienen nada que ver y al final ni siquiera ella sabe qué te estaba contando.

Va despeinada por la vida, es perfectamente capaz de estar riendo a carcajadas cuando hasta hace dos minutos lloraba (y a mí me parece absolutamente preciosa cuando hace eso) y le he llegado a ver conversaciones más largas con perros que con algunas personas.

Canta a voces con los auriculares, cuando vemos una peli de miedo acabo con el brazo morado de sus agarrones y luego es la primera que aún se esconde por la casa para “asustarme”, y le da absolutamente igual que le diga por activa y por pasiva que los pies descalzos no se ponen encima de la guantera del coche.

Se enfada sin que tengas una mínima idea de por qué, te suelta borderías cuando hasta hace cinco segundos era súper cariñosa y lo mismo te abraza que se despega al segundo alegando que hace mucho calor.

Esa chica es una pesadilla.

…Pero tiene los sueños más bonitos del mundo.

Nunca he conocido a una chica tan pura, tan espontánea, tan natural. Nunca había estado con alguien tan sencilla -en el mejor sentido de la palabra-, tan sincera, tan directa, tan “sin estrategias”. Ella dice las cosas tal como las piensa, lo bueno y lo malo, no tiene miedo a decirte lo que siente por ti, y lo hace de una forma tan bonita que sólo puedo preguntarme por qué diablos perdí tanto el tiempo con otras.

Es rara. Es rarísima.

…Es tan rara, como bonito es su interior.

“Disfruta” molestándome, siendo un incordio en los viajes largos con el coche, siéndolo aún más cuando se despierta pronto y decide que ya está bien de dormir… pero luego, cuando el huracán se calma, observo cómo me mira mientras se duerme, con esa sonrisa tan preciosa, con esos ojos que creen que yo la he salvado… y entonces comprendo que es una niña grande que no tiene ni idea de la verdad: 

Es ella la que me ha salvado a mí.

De la normalidad, de la “madurez”, de los problemas. 

Es ella la que me ha salvado de la cordura.

La chica extraña, la que no da una a derechas, la que cuando conocí creí que no iba a tener más que una pequeña conversación con ella y mira dónde estamos.

De verdad, es la tía más rara del mundo.

Pero lo raro, lo verdaderamente raro, es pensar cómo he podido sobrevivir tanto tiempo sin ella. 



Amores cabezones

 Cualquiera que los conozca un poco te diría que son tal para cual. Que no funcionó, pero que debería haberlo hecho. Y si a cualquier de ellos les preguntas por el otro, ambos te contestarán que ya es pasado y que no sienten nada. Sonreirán al hacerlo mientras responden que no le guardan rencor. Se esforzarán, y mucho, porque parezca la verdad. Lo que no te contarán es que se pasan el día entero en las redes sociales del otro, muertos de miedo por si ven alguna foto con alguien nuevo que de verdad pueda convertir lo suyo en historia. Tampoco que interpretan como indirectas cada canción que el otro pone en Facebook, o la cantidad de WhatsApp que antes de dormir se "han escrito" para después terminan borrando sin darle a enviar.

Y que no te extrañe verlos a él con chicas y a ella con chicos. Lo intentan, pero cada vez que ese alguien parece que podría ser interesante, pierde para ellos ese punto de atractivo en el momento que comprueban que la sombra del otro les viene grande. Supongo que las comparaciones siempre han sido odiosas, y más cuando camparas a quien de verdad quieres con quien te dices que quieres querer.

Los dos saben que el mensaje es fácil: "Hola, ¿qué tal?". Si el otro diera ese primer paso, los dos estarían dispuestos a volver a intentarlo; pero ninguno quiere ser el que ceda. Orgullosos como ellos solos. Cabezones. Preguntándose a todas horas si envían ese mensaje por fin y dejan de luchar contra lo que realmente sienten, como si no supiesen, después de todo lo que han pasado, que esa guerra no se puede ganar.

El amor siempre vence a los cabezones, sólo necesita tiempo para salir cuando el orgullo de estos se viene abajo.



Cita número 24 - @sonrieylevantate

Realmente no era una cita, pero sí mi Pof número 24. 

No estoy quedando con nadie nuevo últimamente porque me estoy dedicando exclusivamente a mis amigos esta semana. Y, simplemente, no me apetece. Pero a él se lo debía. 

Hace un año que nos conocimos, y le pedí que no perdiera la esperanza en que quizás, algún día, nos conoceríamos. Y así ocurrió ayer en Sambil. Es un chico que se dedica al arte, la música, el juego de las palabras creando canciones, reflexiones, pensamientos, que hacen de él su expresión. Cuando llegué allí, a la zona de los Montaditos, sentí que había quedado con un amigo. No me sentí presionada ante la posibilidad de que quisiera algo más. Además me sentí libre para ser yo, que es una costumbre que no quiero perder nunca más.

Hablamos de todo y olvidamos el móvil y el reloj, tocamos la política, la religión, todos aquellos temas que por educación social, no debemos tocar en un primer encuentro, pero creo que los dos estábamos cómodos para no movernos entre ningún límite. 

Le apasiona viajar, meterse en todos los rincones de ese lugar, respirar, probar, poner los cinco sentidos en cada viaje, en cada paseo. Vivir la vida en cada sorbo que le da. En eso nos parecemos. En otras muchas cosas no, se deja llevar por teorías y por el bello color rosa que envuelve su vida. Yo soy más de estar con los pies en la tierra y pintar mi mundo de color marrón, con los colores del arco iris. Pero pintarlo yo, sin pensar en qué tiene guardado para mí el futuro, o si hay un destino escrito o si van a visitarme ángeles trompeteros. Me gusta pensar que las riendas de mi vida, las llevo yo aunque no me considere totalmente libre, como le intenté explicar a él.

Rozamos el tema que más me duele. Mi tema tabú. Comprobó lo rota que estoy tras mi sonrisa y mis bromas. Es muy detallista y analiza cada gesto y cada mirada. Es toda la sensibilidad que yo no tengo, él tiene todas mis carencias y creo que haríamos buen equipo dentro del campo de la amistad, porque... al verme, al hablar conmigo, creo que entendió por qué no funciona con nadie. Y que no es nada personal en absoluto... Además, que él haya pasado antes por mi camino, estoy segura de que su empatía para conmigo, es plena y conoce el punto en el que estoy seguramente mejor que yo.

Fue muy agradable pasar una tarde así, la primera de muchas para discutir si los círculos de atracción existen o si ser Leo me condiciona en mi forma de ser. Ser tú con una persona, no tiene precio, y ese es el regalo que me llevo de ayer.

P.D. Por cierto, él también me ha dedicado unas cuántas palabras. Podéis ver lo maravilloso que es con ellas y con la fotografía en @sonrieylevantate



SEPTIEMBRE 2020

1. El amor es siempre el principio de todo.
2. Vivir en una rutina no es vivir; más bien es pausar la vida mientras se acerca la muerte.
3. Se puede vivir enamorado del recuerdo de alguien, pero así es difícil comprender que ese alguien, seguramente, no vaya a volver.
4. Todos, en algún momento de nuestra vida, nos hemos enfrentado a nuestros miedos por alguien que nos parecía especial.
5. Siempre he pensado que hay alguien perfecto para cada uno de nosotros. Creo que sólo hay que tener paciencia hasta que aparezca en nuestras vidas.
6. El amor no es algo que se pueda medir en función de horas, días o citas. Es algo que cada uno siente en una escala distinta.
7. En el mundo no hay buenos ni malos, sólo personas y sus razones.
8. ¿Por qué los tíos se quedan siempre dormidos después de un polvo?
9. Eso que buscamos y casi nunca hallamos cuando besamos a cualquiera en una noche cualquiera.
10. A veces, los recuerdos son más ilusión que realidad.
11. Amores imposibles, que después solo son improbables y que al final resultan inevitables.
12. Contigo he sentido algo que me ha hecho quedarme. Como una corazonada, ¿sabes?
13. Creo que en cuestiones de belleza no hay certezas ni verdades absolutas. Una persona es un todo. Una suma de su físico, su personalidad, sus gustos y hasta su forma de enfadarse o encarar los problemas, entre otras muchas cosas.
14. Eres una persona increíble, alguien con quien merece la pena intentar ser feliz.
15. Para ser feliz hay que ser valiente.
16. Me encanta sentirme distinto a los demás.
17. Los sentimientos no se pueden crear o elegir. Surgen, se disfrutan o se malgastan, pero, desde luego, nunca se sabe cuándo volverán a aparecer. Es por eso por lo que idealizamos tanto el amor, porque es el sentimiento más potente que existe.
18. Por eso hay tanta gente a la que le da miedo volver a querer, porque les hicieron caer desde tan alto que ahora sólo se fían de su sentido común. Y éste, tras la caída, suele coger miedo a las alturas.
19. La química. Que la conexión entre ambos era nula. Ese era el problema.
20. Siempre pensaré que da más fuerza un abrazo que cien emoticonos juntos. Y sencillamente por eso, a las personas que son más queridas, a las necesarias, hay que tenerlas siempre cerca.
21. Algún día te vas a arrepentir de malgastar tus mejores años.
22. Si quieres que algo te salga bien, tienes que callarte y no contárselo a nadie. A partir del momento en el que empiezas a escuchar opiniones de los demás, pierdes la capacidad de sentir seguro con la tuya propia.
23. Las relaciones del siglo XXI funcionan así: primero se folla y luego se conoce a la otra persona.
24. Leer y viajar, aparte de hacerte sentir libre, te brinda experiencias, algo que, a diferencia de los bienes materiales, sí son para siempre.
25. Si me diesen diez vidas, volvería a intentar conocerte en las diez.
26. Siento adicción por quienes son capaces de conectar conmigo hasta el punto de hacerme sentir incompleto si desaparecieran de mi vida.
27. Entre personas, si no hay equidad de ganas, mi consejo va a ser siempre no esperar nunca a nadie.
28. Sólo escríbeme "hola" y pondrás mi mundo patas arriba.
29. Una vez un genio me concedió tres deseos. To le pedí que fueses para siempre. Tres veces. Por si acaso…
30. Olvidar es mejor que odiar. Siempre.