domingo, 9 de diciembre de 2018

Me oilvidé

Dice el corazón que nunca es tarde, que tengo mil razones para amarte. Siento la llamada de tu piel 

Recuerdo tu forma de andar, ando buscando tu complicidad.
Sabes que puedo pensarte, puedo rogarte, puedo inventarte ya. No puedo caerme, no puedo fallar aunque no fuera la tranquilidad. Puedo buscarte, puedo perderme aunque no encuentre señal.
Sabes que puedo llevarte a mi cielo, aunque no puedas yo puedo, aunque tú sabes que muero... si tú lo pides me quedo.

No te encuentro y he perdido mi tiempo.

Tú sabes que puedo encontrarte tu punto más débil del cuerpo.
Sabes que no me olvidé cuando lo hicimos la última vez.
Yo fui tu amante, tu vigilante. No soy el mismo de ayer.

Ahora que puedo caerme, ahora que puedo inventarme toda esta parte,no me compares
Puedo reinventarme, toda esta parte sabes que puedo reinventarme

Aunque no lo quiera siempre tú, tu forma de hablar, tu mundo al revés que me vuelve atrapar.
Siempre tú, siempre tu piel. Hoy sólo pienso en hacerlo otra vez.

Me aguanto y te escribo otra vez, aunque ya sabes que yo me olvidé, aunque sabes que puedo quedarme de nuevo... si tú me lo pides.

Antonio José


Tortuga sin caparazón

Nací como si fuera una tortuga sin caparazón. Esa tortuga que parece frágil, indefensa. Como el que está en la calle en medio de la tormenta sin paraguas buscando un portal. O como el que camina descalzo en una acera invadida por cristales rotos. El que duerme sin descansar.
Y no, no te voy a negar que pasé miedo. Tampoco voy a negar que quise correr y dar media vuelta. Buscar el caparazón donde fuera. Un refugio y esconderme para no salir nunca más.
De repente llovían piedras, golpes dolorosos e injusticias. No existía ningún paraguas que pudiera frenar el golpe. Todo iba sobre mi espalda. Gota a gota. Y gota a gota dejó huella. Esas huellas llenas de dolor que cuando las sacas a la luz aún escuecen y no se curan solas. Porque el tiempo no lo cura todo. Jamás podría sanar esa herida de aguantar acusaciones, mentiras, amenazas y crueldades. Eso queda para siempre, así que supongo que mis enemigos ya tendrán suficiente con eso. Con lo que no contaban era con que yo misma construiría mi caparazón. Mi paraguas. Unos zapatos.
Así que, tortuga, si vas desnuda, no tengas miedo. Siempre hay alguien dispuesto a dejarte su coraza y cubrirte para que no te mojes.
Pero recuerda que siempre estás tú para hacerte fuerte y huir de quien te hiere.
Soy tortuga sin caparazón. Fuerte y guerrera.

Laura Escanes


Lo que ocurre en las nubes, ocurre también en nuestra casa

No te voy a pedir el corazón que llevas
escondido debajo de tu ropa de invierno.
Solamente esperaba, como leña reunida,
para arder en el fuego que caliente tus manos.
Quiero entender tu noche, tu sed, tus libramientos,
tu vivir en las sílabas que componen tu nombre,
tu quedarte dormida, tu me voy a la cama,
tu silencio acostado, mi silencio acostado,
las cosas que no me pasan cuando sueñas conmigo.

Luis García Montero


Un método es menos leal con la vida que un error afortunado

No buscaba las olas
cuando después del beso descubrí en su piel
un recuerdo salado del mar donde fui niño.

Confirmo si hace falta que todo lo pensé,
mil veces he medido las sílabas del tiempo,
pero también mil veces aprendí
que no salen las cuentas,
y la duna que soy de forma irremediable
se ha hecho con arena movediza,
con mi viendo descalzo de los juguetes rotos,
mis historias de amor,
mi mala vida.

Luis García Montero


sábado, 8 de diciembre de 2018

Espacio libre

Hay un límite. Los sentimientos se actualizan, maduran, crecen y se sienten distintos. Pero nunca lo que sentimos es para siempre. No podemos almacenarlo todo. Yo ya no almaceno el dolor de la primera decepción ni la ilusión de encontrarme con alguien que hace ahora más de diez años que no veo. Dejamos espacio libre para dar paso a nuevos sentimientos y emociones que al principio son extrañas. Personas nuevas, secretos, confesiones y desilusiones. O incluso cedemos algún hueco para que vuelvan esas cosas que hacía tiempo que no sentíamos. Para dar segundas oportunidades y para volvernos a equivocar. Una y otra vez. Por eso me hace gracia cuando dicen que no soy la misma de hace cinco años. ¿A quién le gustaría ser el mismo de hace cinco años? Si estamos aquí para aprender, para hacer y deshacer. Para volver a caer en los mismos errores hasta que dejan de serlo para convertirse en decisiones. No sé tú, pero si yo fuera la misma de hace cinco años, me asustaría. ¿Dónde quedaría todo lo que he aprendido? Me gusta emocionarme con cosas nuevas, con cosas que no conocía. Y dejar atrás emociones que ya no me pertenecen. Bienvenido sea lo nuevo. Lo que me vaya a cambiar.
A veces siento que escribo siempre sobre lo mismo, las mismas cosas, la misma sensación. Pero hay tantos matices y tantos colores que nos perdemos en el camino. Nunca se siente igual. No siento igual que ayer y espero que mañana cuando lea esto, no piense lo mismo que estoy pensando ahora. Ojalá cambie de opinión.

Porque eso querrá decir que algo está cambiando en mí.

Y de los cambios se vive. Y viviendo se aprende.

Laura Escanes


Escuchar silencios

Deberíamos escuchar mejor. O simplemente escuchar. Imagino un día entero descubriendo todo lo que hice mal. Todas las lágrimas que provoqué. Los gritos que no atendí. Las frases que dejé a medias y los «lo siento» que no dije. Los silencios que llenamos con palabras vacías y miradas esquivas, buscando una puerta para escapar. Cualquier cosa por no tener que escuchar. Esos silencios deben ser escuchados. Porque hay silencios que dicen mucho más que libros enteros, mucho más que miradas frías. Hay silencios que tienen la suerte de convertirse en música, de sonar bonito, de ser algo esencial. Ese silencio que llora por ti o que pronuncia el «te quiero» que no te atreves a decir.
Hay silencios que no son silencios del todo. No estás en silencio cuando escribes con tu móvil. Ni cuando cocinas, aunque no digas nada. El silencio no es el momento en el que no decimos nada. No. Va más allá. Es algo que está ahí y que nadie ve. Nadie escucha. Nadie aprecia. El silencio lo encuentras cuando vas a buscarlo en medio del bosque, en una calle vacía a las tres de la mañana o en una playa con el romper de las olas. Eso es silencio. El silencio también es tu mente rebuscando y pensando en tus planes y errores, mirando al techo.

El silencio a veces también es ruido.

Pero búscalo y escúchalo. Porque el silencio también habla.

Laura Escanes


Sin ruta

Como quien pide un mapa, una ruta fácil. Como quien prefiere caminos largos y carreteras malas. Nada de líneas rectas. Nada de autopistas. Nada de ir al grano. Ahí estaba yo pidiendo a gritos un recorrido entre pecas, entre líneas difusas. Entre curvas y pliegues. «Explórame», dije. Como quien empieza a andar sin rumbo fijo, con la mente nublada y dejándose llevar por la intuición. Tus manos enredadas en mi pelo, como si estuvieras retenido y no hubiera otro sentido ni otra vía para escapar. Tus labios en mi cuello bajando muy lento. Como quien intenta no hacer ruido para no despertar. Suave. Tus ojos en mis ojos, en mis labios, en mis deseos. Tu piel en mi piel. Como quien recorre un mapa en busca de las mejores vistas. No sé si estarías tanteando el lugar para quedarte a dormir. O a vivir. Explorándome centímetro a centímetro como quien rastrea un bosque nuevo. Como quien descubre un tesoro y lo hace en silencio.

Como quien ama sin pensar en lo que vendrá. Sin rumbos. Sin ruta.

Laura Escanes



Brilla

Te oigo llorar desde la otra habitación. Pared con pared. Y ahí estoy yo. Con la oreja pegada a la puerta escuchando tus llantos que se me clavan como un cuchillo en medio del pecho. No me atrevo a pasar. Quiero que lo sueltes todo y que no te dejes nada oscuro dentro. Me gusta que no lo escondas y que llores fuerte, que te dejes llevar por tus lágrimas.

Pero cuando termines y no te quede nada, brilla. Brilla, por favor. Por ti misma. Porque no necesitas maquillajes ni adornos ni focos para ser luz. Eres luz brillante. Luz. Brilla, por favor. Sonríe y brilla sola porque no necesitas más que tu risa. Pero brilla por y para ti, no quieras gustar. Solo gústate a ti. Mírate al espejo y sonríe. Llora. Grita.

Pero jamás dejes de brillar.

Laura Escanes



viernes, 7 de diciembre de 2018

Algo pasó

Enciendo y apago el ordenador. Vuelvo a encenderlo. Lo apago. Jope, tengo cosas que decir, pero no quiero que lo leas algún día. Lo vuelvo a apagar. Necesito soltar esto que tengo pesa tanto en mí. Y que lleva toda esta semana martirizándome.

¿Qué estarás haciendo?, ¿Dónde estarás ahora?, ¿A quién estarás mirando?, ¿Recordaras nuestros momentos?, ¿Los habrás olvidado?... ¿Qué estarás haciendo?

Esta semana no te he hablado. Tengo que ser fuerte, hacerme la digna, que tú sabes que de digna no tengo nada, y no hablarte. Porque no le voy a contar a alguien algo de mi vida que no me pregunta absolutamente nada de ella. Espero que lo entiendas, y no me vengas con que estás muy ocupado. Todos trabajamos y para un mensaje, te aseguro que hay tiempo más que de sobra.

Me voy a volver loca. Tengo locas a mis amigas. He puesto Madrid patas arriba. Y he querido volver a ser la de antes. La de antes del verano, pero no he podido. No puedo mirar a otro chico y menos lanzarme a él. Te juro que lo he intentado y todos me han valido, pero estabas tú hasta en mis sueños. Por un momento he creído tocarte de nuevo, que tú me tocabas, he sentido el calor nuestro. He vuelvo a ver aquella habitación que inundamos de caos. Un caos maravilloso también te lo digo.

Volvería mañana mismo allí. Pero no puedo pedirte nada, ¿verdad? No puedo exigirte nada. Tampoco voy a declarar un amor que no siento. Yo sí que no te hago perder el tiempo. Pero algo pasó en ese viaje, y es lo que me tiene asombrada. Yo era la chica de hielo que levantaba grandes murallas a su alrededor, que iba con escudos y lanzas, que no veía en un chico más que un polvo. Algo pasó. Me gustaría saber el qué. Para mí fue importante. Pero tú estás en otra habitación con otra chica diferente. Supongo que haciendo lo mismo. Y lo que debería estar haciendo yo en un puente como este. Pero algo pasó. Y ahora me van los mimos, las películas románticas y Pablo Alborán.

Me dijeron que esto se cura con tiempo (una semana) y chocolate. No es cierto, de momento. Ya hemos pasado por esto, susurra mi corazón, pero es que él era perfecto. Jope, ¿qué debo hacer? Qué puedo hacer para pasar página, para volver a la que era al principio del verano. Para que dejes de importarme. Me caías mal. Todo era más fácil.

¿Sabes? Sigo bromeando, la gente aún no ha captado que estoy hecha una mierda. Sigo haciendo feliz a los demás. A mí me reservo para cuando llego a casa. Donde la impotencia, como bien sabes, es el único sentimiento que me hace llorar. No debería escribirte esto. Es darte paso, luz verde, o como quieras llamarlo para adentrarte en mí, para ir quitando las piedras de mi muralla, y eso no va a ser fácil, no te lo voy a poner fácil. Que abra una ventana, no significa que veas todo lo que hay dentro.

No sé qué hacer esta noche, no sé qué hacer este puente, no sé qué hacer este mes de mierda donde todo el mundo es feliz por la navidad. Y yo sólo veo un vacío en la ciudad.

Patricia Izquierdo Díaz


miércoles, 5 de diciembre de 2018

Una carta para la chica buena que lo permite todo

Querida chica buena:


Eres la chica que trata de alcanzar a ese extraño en la calle para devolverle un papel que se le cayó.



Tú eres la que, cuando vas a un restaurante, ordena los platos en tu mesa para que sea más fácil para el mesero recogerlos.



Tratas de hacer que todo sea más fácil para todas las personas.

Tal vez no te has dado cuenta pero hay una energía salvaje dentro de ti. Se concentra en lo profundo de tu alma. Escúchala. Permite que esa energía fluya a través tuyo. No tengas miedo de reclamar lo que crees que te mereces. No tengas miedo de ser tu misma y escuchar tu corazón. Debes tratarte a ti misma con el mismo cariño con que tratas a los demás y tal vez no te has permitido para contigo. Mírate en el espejo y dite a ti misma lo hermosa que eres.


Te mereces lo que quieres. Date el permiso de desear más.
Vive con devoción hacia ti misma, hasta que te des cuenta de que tú eres el amor que buscas. Rodéate de personas que te aprecien y sepan lo que vales.

Ármate de coraje y de amor para poder continuar entregándole a los demás el amor que tienes, pero sin permitir que ellos se aprovechen y crucen la línea. Aprende a trazar tú misma esa línea. Si no les haces saber a los demás donde deben parar tal vez ellos no sepan que tienen que hacerlo. Que no se pueden aprovechar.
La gente te tratará como tú te trates a ti misma. Recuerda eso.

Y sé tuya, muy tuya, más que de nadie. Es cuando te pones más guapa.


La explicación de por qué ya no te escribe no te va a gustar

Todo iba genial, conociste a un chico y, aunque sabías que la cosa iba muy rápido, te dejabas llevar porque estabas encantada. Empezasteis a quedar unas cuantas veces, os lo pasabais bien y tus amigas ya estaban avisando que querían conocerle. Tu madre, que tras tu última ruptura, se había llevado un disgusto y no quería volver a saber nada de tus historias, al menos, te veía contenta y te acabó preguntando qué asunto te traías entre manos. Tú muy ilusa le hablaste de un chico maravilloso que te tenía encandilada.

Pero un día, sin venir a cuento… SILENCIO ABSOLUTO. No solo no te escribe, sino que decide no contestar a tus mensajes, ni tus llamadas.


Nosotras, que somos a veces un poco tontas, lo primero que hacemos en esta situación, es hacer un repaso mental de la última vez que nos vimos para saber por qué ha podido tomar esa decisión. “¿Cómo llevaba el pelo?”, “¿dije alguna estupidez?” “¿Iba ojerosa?”. Porque sí, somos así. En lugar de pensar que esa persona no es ni medio decente como para saber despedirse o poner fin a algo, nosotras nos ponemos a analizar cualquier idiotez como si fuese por nuestra culpa. El pelo ¿pero cómo te va a dejar de hablar porque llevemos el pelo mal? Pero sigues dándole vueltas, sigues escribiéndole como si fuera a contestar, esperas su llamada y monitorizas todas sus actualizaciones de redes sociales. Y no, no sabes NADA DE ÉL. Enhorabuena, te han hecho un ghosting.
¿Qué es lo mejor que puedes hacer? Distraerte, porque el ghosting es jugar a un juego en el que solo participas tú. Y antes de volverte loca, lo mejor es pasar a cosas que no te hagan recordarte que el problema no es tuyo sino suyo.

1. Engánchate a una serie

Hay momentos en los que, lo mejor para no pensar mucho es empezar una serie que te haga entretenerte un poco o incluso echarte unas risas. Ojo con la que te pones, no vayas a acabar peor, pero mira a ver cual tiene menos tramas románticas o con cuál vas a estar a carcajada limpia. Si no eres de series y necesitas refugiarte en un libro, puede que esta sea la ocasión para retomar las lecturas pendientes. Ya que esa persona ha decidido desaparecer, no abandones las cosas que sí merecen la pena.

2. Desahógate

Sí, queda con tus amigos y despotrica a gusto. Pero no te recrees mucho con la situación. Al final acabarás quemada tú y quemando al resto con el tema y no viene bien darle vueltas al asunto. Primero porque no vas a encontrar la respuesta, segundo porque tus amigos tampoco y tercero porque si por fin has conseguido quedar con tus amigos o con una amistad que hace mucho que no ves, lo último que se merece el desaparecido, es acaparar la charla.

3. Haz una lista de tareas por hacer

Organízate y empieza a convertir la semana en la cosa más productiva del mundo. E incluso, puede que sea ocasión para ponerte con los recados, los quehaceres y añadir a la lista cosas nuevas por hacer o por querer hacer. Marcarte objetivos y cumplirlos. Esa sensación que te devuelve el “OLE YO, JODER”.

4. Ve al gimnasio

A ver, sinceramente, que quien dice “gimnasio” dice salir a correr y quien dice salir a correr, dice salir a dar un paseo con una amiga y quien dice salir a dar un paseo, se puede convertir en arrasar en el ZARA con tu hermana. Pero sal, muévete, haz algo. Aunque mejor es hacer algo de ejercicio para soltar toda la adrenalina e ira acumulada. No estés todo el rato ni con la serie que acabas de empezar ni encerrada en los libros. Y si vas a hacerlo, hazlo para mimarte. Peli, manta, beauty day. Lo que quieras, pero nada de autocompasión.

6. Déjalo ir

Haz lo que quieras. No te pongas la serie, no leas el libro, no te vayas al gimnasio o no organices el viaje de tu vida, pero lo que NO DEBES HACER, es seguir poniéndote en contacto con esa persona. Por tu orgullo, tu amor propio y tu sensatez. Si él ha decidido desaparecer de una manera tan ruin, no seas tú la que vaya detrás como si no tuvieras nada mejor que hacer. Y si no te quiere, que se joda.



Deja de comerte la olla: No le gustas. Y no es el fin del mundo

Si eres de esas personas cuya vida está dedicada a un solo y único propósito llamado COMERSE LA OLLA, definitivamente este es tu artículo. Porque te vamos a contar un par de realidades tan ciertas como que una pizza sin queso no es pizza, solo una tostada con tomate y jamón al horno.
Pongámonos en situación: tienes una primera cita, lo cual ya es bastante complicado de por sí porque uno no siempre tiene claro si va una cita o a cenar con un colega, pero bueno. La cosa va normalita, ninguna maravilla, para qué engañarnos. La conversación no fluye. Pero eso a ti no te importa, porque tú has venido a jugar. A encandilar. A follar. Porque esto es así, cuando uno sabe que va a tener una cita se tira como mínimo las 48 horas anteriores a ella escribiendo, dirigiendo y protagonizando su propia película.
Así que tus expectativas de sexo son claramente más fuertes que la propia realidad -aunque cada diez minutos te digas a ti mismo que no vas buscando nada, que si surge, surge, y más tonterías que realmente no piensas-. Por otra parte, y viva el auto convencimiento, tú das por sentado que la otra persona también se está montando su película. Y tú eres el protagonista. Normal, con lo buenorro que te has puesto.
Después de este paréntesis de comedia romántica barata, es momento de volver a la realidad. Se acaba la cena. Y la madre de todas las excusas aparece por sorpresa: “Bueno, pues ya si eso voy tirando, que mañana madrugo”. Y hay muchas cosas cosas en esta vida que tú no conoces, pero una cosa sí que la has aprendido a base de hostias, y es que todas las frases escritas vía wifi o habladas que comienzan por “Bueno, ya si eso.” no son una buena señal. Ah, y lo de madrugar no existe, son los padres, porque bien que te quedas un miércoles cualquiera viendo Juego de Tronos hasta las dos de la mañana aunque “madrugues”. Y si la excusa es echar un polvo (o cuatro), más. Pues eso. 
Y entonces llega tu comedura de olla;  “¿qué leches habrá pasado? Si todo iba bien, ¿no?”. Una de las características principales de las personas que se rallan demasiado es que son expertas en repetirse una y otra vez “esta vez no voy a darle más vueltas, no voy a dejar que me importe”. Acto seguido, no van a hacerse ni puto caso.
Comienzan a repasar mentalmente cada detalle, cada minuto de la cita en cuestión: “¿Hablé mucho?, ¿digo demasiadas tonterías? Seguro que ha sido por el jersey que llevaba, a mí tampoco me convencía mucho. Yo creo que me mostré demasiado disponible. Igual si hubiese estado un poco más distante…” Y así todo el día. Y no solo un día (ojalá…). Sino unos cuantos. Y venga a mirar el móvil. Y venga a montarte nuevas películas sobre whattsapps repentinos, a las semanas de la cita, diciéndote que se lo había pasado muy bien. Mira, que no queremos ser cafres, pero aquí lo que pasa es que "NO LE GUSTAS". Y adivina qué, no pasa absolutamente nada.
Porque no le puedas gustar a todo el mundo. Es más, ni siquiera a ti te puede gustar todo el mundo. Y si eso te pasa, háztelo mirar, porque igual lo que no te gusta es estar solo, pero eso es otro tema. Porque que no lo gustes no significa que hayas hecho nada mal. Que tengas nada malo. Que no seas lo suficientemente eso o aquello.
Hay veces en que la cosa no surge, y hay mil motivos que no tienen demasiado que ver contigo. Ni habéis sido novios, ni tienes nada que olvidar más que una cena aburrida y un camarero demasiado lento. Que para qué quieres estar con alguien que no se lo pasa bien con tus chorradas, con tus palabras, con tu jersey feo y con tu manera de ser. Que hay que aprender a ser rechazado y que no nos afecte, porque te va a pasar mil veces más en la vida, vete acostumbrando. Pues eso, que no le gustas, y casi que mejor así.

martes, 4 de diciembre de 2018

Vas a quedarte

Gracias Aitana por hacer esta canción. Si hubiera existido hace dos años, quizás hoy las cosas serían muy distintas. Y pensaréis,, ¿acaso todo se basa en una canción? Se basa en hechos, sí. Se basa en una canción, en un momento, en una carta, en un libro, en un café, en un mensaje de texto por las mañanas o por las noches, en un "¿qué tal te ha ido el día?". Sí, se basa en todo eso. Realmente eso es el amor, estar ahí, haciéndolo sentir. Los "te quiero" están sobrevalorados.

Yo sé que fue por mí que acabó esta historia y queda en manos de mi memoria que por las noches te pueda ver. Porque nunca admití estar enamorada, siempre lo supe y no dije nada, mi corazón se quiso esconder. Como siempre, formando una muralla infranqueable. 

Dirá la gente que yo estoy loca, si yo estoy loca es porque andas en mi cabeza. Quise obligarme a olvidar tu boca y ahora mi boca dirá que si tú regresas. Voy a seguir los versos de la canción en este texto... Porque... Vas a quedarte. Porque te juro que esta vez voy a cuidarte, a nuestra historia le hace falta una segunda parte (o tercera, o cuarta... Voy a intentarlo hasta que salga bien) aunque nos digan que eso nunca sale bien.

Vas a quedarte (te lo digo yo), yo haré de todo por volver a enamorarte, yo tengo miedo porque nunca pude reemplazarte, y si lo intentas te prometo que esta vez... Vas a quedarte.

Yo que me acostumbré a estar arrepentida sigo esperando a que llegue el día en el que decidas volverme a ver. Porque nunca admití estar enamorada, siempre lo supe y no dije nada, quise gritarlo y no dije nada. Sabes que voy con aires de dura, y expresar este tipo de sentimientos, te hace un poco más indefensa. Abrirte te hace exponerte al dolor.

Vas a quedarte... Porque aunque sé que te perdí yo iré a buscarte, y sé que no podré dormir hasta encontrarte, le prometí a mi corazón volverte a ver...

Patricia Izquierdo Díaz


lunes, 3 de diciembre de 2018

La silueta del hombre triste... pero vivo

En el suelo gélido de un verano extinto,
reposo consumiéndome en la pena,
como una persona que ya no está.

Los recuerdos se desvanecen
como una brisa de diciembre,
al alba, cuando pidió perdón
antes de caer en el fondo,
en la sombra donde dejé de sentirte
entre los aullidos del desconcierto.

Supieron que terminan,
entre mi boca y el vino amargo
que se derramó con el último impulso,
ese impulso que paraliza mis emociones
hasta su ausencia.

Puede que mi silueta marque mis límites
o la tristeza encierre mis sonrisas,
incluso que la sombra de mi rostro
no deje mirar a mis ojos más allá,
pero lo que es seguro
es que al romper los cristales,
mi corazón volvió a tener pulso.

El latido final,
la moneda que entregué
a cambio del último viaje,
un viaje de ida y vuelta
al lugar donde desperté
para seguir viviendo.

JOSÉ GONZÁLEZ



Lo que no te dije

No sé por dónde empezar. Ni tampoco sabré cómo acabar, para qué engañarnos. Hay tantas cosas que habré olvidado y tantas otras que seguramente habré confundido. Se mezclan recuerdos. Se pierden aromas. Lo que no te dije no dejó nunca de existir, pero cambió. Lo que no te dije en esa cena es lo que ahora, mientras duermes, tampoco me atrevo a pronunciar. Son aquellas cosas que se quedan dentro hasta que te van secando y dejando vacía. Son aquellas palabras que solo de pensarlas duelen y matan. Las que se convierten en extensiones de tu mente, de tus sueños. Las cosas que no te dije son las primeras que pienso sin querer cuando cierro los ojos para dormir a tu lado. Aquellas que no debería haber pensado jamás porque ahora ya es tarde para olvidarlas.

Ojalá las olvidara.

Laura Escanes




Piel de letra

No sé muy bien cómo nació. Pero me di cuenta de que las cosas más importantes para mí las había dejado escritas en la piel. La piel es como mi diario, como una hoja en blanco que empieza con tachones y demasiadas palabras desordenadas. Es el lienzo de los pintores. Las teclas de un piano. El agua en un desierto. Empecé a escribir(me) lo que me erizaba la piel sin que tuviera que pensar mucho en ello. Una despedida. Una canción. Una palabra. Y curiosamente siempre fueron palabras. Todo letras. Todo frases. Menos tú. Una flor.

Tú llegaste y lo rompiste todo. Mis ideas, mis canciones, mi dolor, mi alegría. De repente, me hiciste cambiar todo. Y te dibujaste. Sencilla, limpia, pero no frágil. Sin espinas que me rasgaran la piel. Solo delicadeza y paciencia. Ahí estuviste durante meses para recordarme que lo que importa siempre está debajo de la piel. Que lo que duele importa. Y desde ahí, me has hecho sacar todo lo que necesitaba liberar. Liberarme del caos oscuro lleno de miedos e inseguridades.

Piel de letra porque las letras que has puesto en orden son las que estaban debajo de la piel. En lo más profundo y escondido de mí. Piel de letra porque he sabido dejar que la piel respire. Piel de letra porque a veces es mejor ir poco a poco y otras necesitamos meter la sexta. Piel de letra porque tienes entre tus manos mi piel, que es mi alma. Piel de letra porque no hay nada más bello que llorar con una sola palabra.

Letras hechas de piel.

Laura Escanes


domingo, 2 de diciembre de 2018

Cuando estábamos solas

Sé que no he pasado contigo todo el tiempo que debería y sé que no he cuidado de ti todo lo que te hubiera gustado. No te escuché cuando debía y hasta llegué a ignorar el frío que me daban tus caricias. Intentaba escaparme de ti, pasar el tiempo con desconocidos para no cruzarme contigo. Poner música alta. Ruido. Y que así te alejaras. Pero no supe escuchar. No supe hacerlo de otra manera.

Cuando me tropezaba contigo sin querer, te adoraba y te odiaba a la vez. Me encantaba quedarme dormida mirando al techo, hablando contigo, solas. Me encantaba despertarme con la sensación de haber dejado todo correr, que las lágrimas se fueran y que la almohada las atrapara. Pero a la vez lo odiaba. Odié cuando escuchaba música sin tener nada más que hacer, nadie a quien ver y ninguna voz a la que atender.

Pero si ahora me dejaran volver atrás, cambiaría todo solo por verte a ti reflejada en mí. Por verme a mí contigo.

Querida soledad, no sé si me estarás escuchando. No sé ni siquiera si vas a volver a mirarme mientras duerma. Tal vez sea demasiado tarde y te hayas cansado de esperarme. Pero ahora cambiaría todo por haber almacenado esos minutos contigo en un cajón, bien guardados. Ojalá todos esos consejos que me perdí por miedo a estar sola los hayas escrito en algún sitio y me los dejes leer.
Querida soledad, prometo que voy a valorar todos los silencios que me des.

Cada una de las lágrimas que derrame cuando no sepa a quién acudir serán para ti.

Laura Escanes


La fina línea que nos separa

Existe una línea fina, muy fina, tan fina que es capaz de separar cosas. A ti de mí. A mí de ti. Apenas se ve y pocas veces se siente. Pero se deja notar en su justa medida. Divide la realidad de lo virtual, lo real de lo imaginario (que no falso), lo real del mundo más cruel que he visto jamás. Lo justo de lo injusto. Lo correcto de lo inaceptable. Los «te quiero» de los «ojalá te mueras».

El límite. Esa línea tan fina es el límite que no lo pongo yo por ti ni tú por mí. Solo tú decides dónde lo tienes, hasta dónde estás dispuesto a llegar. O en tu caso, a dañar. Límites que jamás se deberían cruzar y que aun así seguimos aguantando por miedo, o por vergüenza. No sé. El límite del respeto. Tan fácil como no hacer aquello que no desearías que te hicieran, ya no a ti, sino a la persona que más quieres. A tu hija. A tu hermano. A tu madre. Vamos a ponerlo más fácil. Imagínatelo. Imagina que alguien le cuenta lo que has dicho a tu persona intocable. ¿Duele? Si no duele, lo estás haciendo bien. Si duele, ahórratelo. Has cruzado esa línea tan fina de la que te hablaba y una vez la cruzas te será difícil volver atrás.

Ese límite lo defino como la separación de dos clases de personas. Las que construyen y las que destruyen. Las que aman de las que odian. ¿En qué lado estás tú?

Laura Escanes


Tren


Dicen que hay trenes que solo pasan una vez. Yo soy de las personas que se quedan sentadas en la estación viéndolos pasar. No sé si es porque me parece carísimo pagar el billete o porque me cuesta cambiar las rutinas. Pero lo cierto es que cuando se para el tren enfrente de mí, suelo buscar miles de escusas para dejarlo pasar. Se me pega el culo al banco. No logro moverme. Y obviamente, los trenes no se paran a esperar a que yo decida. Las puertas se cierran y se van… y yo me quedo ahí, entre el sí y el no, viendo cómo se van y no hago nada… bueno si, cerrarme un poco más en mi misma.

Soy un poco insegura, me cuesta decidirme sin que me den un empujoncito. Y muy calculadora, nunca se me dieron mal las matemáticas la verdad, por eso evaluó los pros y los contras de cada una de mis decisiones. Hasta que me bebo cuatro cervezas, se me pira, sigo mis impulsos ¡y la cago!

Curiosamente con lo que más me pasa es con los chicos… me cuesta salir de mi zona de confort. De lo que conozco. Y soy de las que piensa que va salir siempre mal. Inevitablemente hay veces que me sorprendo pero después de todo me termino diciendo eso de… ¡lo sabía! Y me sirve para encerrarme otro poquito más…

El otro día me monte en el tren. Me costó mucho. Pero estoy en esa fase en la que me conciencio todos los días de que debo hacer mi vida. Y bueno, decidí subir las escaleras antes de que se cerraran las puertas.

Nos conocemos desde hace mucho. Nunca hemos tenido una relación estrecha, pero desde hace bastante, es un chico que ha puesto bastante empeño en que nos viéramos. En que retomáramos la amistad. Pero mi yo desconfiada, le ha dado las luces largas. Reconozco que me daba miedo, no sé, era un tren de alta mercancía. Guapo, trabajador, brutote de los que a mí me gustan… diréis, joder chica ¿Qué más quieres? Pues mira, es que también es del sitio prohibido. Ese donde ya he bajado el telón. Donde he echado la llave y la he tirado al campo.

No sé si por casualidad o es el destino, lleva un mes trabajando en el colegio de mi infancia. El que está al lado de mi casa. Así que después de evitarle durante más de un mes, ya no sabía cómo decirle que no.

Aun así busque la excusa perfecta para poder irme pronto. Y estar con él, el menos tiempo posible. Porque no sabía si tendríamos temas de conversación, si se me lanzaría, si solo buscaba que fuéramos amigos… tenía un montón de dudas. Pero me puse mis vaqueros rotos, mis deportivas, una camiseta básica y salí a la calle. Eso sí, sencilla, no muy guapa… ¡ha ver si se va enamorar de mí! Jajaj

Y hoy, lo pienso y digo… no puedo ser más tonta. Me sorprendió tanto… me reí, hablamos de muchísimas cosas. Aprendí de él. Y mantuvo las distancias todo el rato. Y la verdad es que no podía dejar de sonreír y pensar… ¡me alegro de haber quedado con el! Se pasó el tiempo volando y la verdad, no me importaría quedar otra vez con él. Estuve muy a gusto.

Aun así, no es todo tan sencillo. He echado el freno de mano. No quiero más hombre. No quiero confundir las cosas. Supongo que vuelve Belén la rancia. Esa que perderá el tren. Pero es que no estoy yo ahora para muchos trenes… y menos si la estación ya me la conozco. Pero oye, ¡qué bien me lo pase el viernes, con ese chico tan guapo!

Belén Triguero Guijarro



Domingo

Hoy es uno de eso días, en los que andas, por andar. En los que hablas solo. En los que ríes por no llorar. Supongo que es lo que tienen los domingos. Analizas la semana, y caes en la cuenta que las cosas no van como a ti te gustaría. Y que empieza otra semana… otra semana igual.

No sé muy bien porque, pero hoy mientras estudiaba me ha venido a la cabeza como seria nuestro reencuentro. La verdad es que lo veo algo lejano, para ser más exacto, lo sitúo en semana santa. Y sé que es mucho tiempo. Mucho. Pero es que no creo que nos veamos antes. Si, pueden pasar mil cosas, te habrás ido y habrás vuelto miles de veces, nos dará tiempo a  discutir otras mil. Podríamos olvidarnos o podríamos mantenernos ahí. Y no sé cuál de las dos me gusta menos.

Quizás, por mi estado de ánimo y por todo lo que ha ocurrido últimamente, lo que me imagino no es precisamente agradable. Estoy segura que saldrá la peor versión de Belén. Esa Belén orgullosa, fría, pasota… la misma que no se va dignar ni a saludarte. Ni se va acercar a ti en toda la noche. Y la que te va a contestar mal, si se te ocurre decir algo. Pero… ¿y tú? No sé cómo imaginarme como actuarias tú ante tal situación. Hay dos opciones, que salga ese tú, que es tan yo. Ese que con tal de quedar por encima, también pase de mí. El que va hacer como que todo le da igual con tal de fastidiarme. O quizás, es que te dé igual de verdad. Aunque también puede salir ese tú, que me encandilo sin que tú lo supieras. El que me escribiera por whatsapp para poder acercase a mí de alguna forma, el que quiere estar conmigo a su manera, al que se le ocurriera la forma de hacerme sonreír… el que me obligara a subirme al coche para hablar y no me dejara en paz hasta que nos besáramos.

Somos tan impredecibles… mentiría si dijera que sé que va a pasar. Quizás me sorprenda a mí misma y cuando llegue la fecha me permito pasar unos días geniales contigo. A lo mejor le doy un respiro a mi pobre conciencia y decido no perder el tiempo como en verano, y me da igual lo que venga después.

Aunque en este momento lo único que me apetece es girarte la cara, que veas que no eres más listo que yo. Demostrarte que yo también se pasar. Ahora mismo, que bajo el volumen cada vez que suena nuestra canción. Ahora, que me he quitado tu pulsera. Que he archivado tu conversación para que no salga en mi lista. Ahora, que no le doy a “me gusta” a tus fotos ni leo lo que compartes en el Facebook. Si te viera ahora, ten por seguro, que esa Belén cariñosa que también conoces, no iba a salir. Saldría la loba dispuesta a morderte. El problema, es que sé que la loba te gusta, y que probablemente después de discutir, de tirarnos los trastos a la cabeza, de decirte lo imbécil que eres y tu repetirme eso de “hija mía eres una histérica”, nos reconciliaríamos. Como siempre… así que, ¡yo que sé que va a pasar!

Pero en fin, de aquí a que llegue… pues quien sabe… 


Belén Triguero Guijarro



sábado, 1 de diciembre de 2018

Mujer

Me gustan las ojeras de tus ojos
de no dormir por estar aprendiendo.
Me gusta tu cabello sin arreglar,
porque tienes mejores cosas que hacer.
Me gusta que te quejes,
porque se nota que piensas por ti misma.
Me gusta que te vistas como quieras,
porque sabes que tienes el derecho a hacerlo.
Me gusta que luches por lo que consideras correcto,
no eres domesticada, y es lo que más me gusta.
Es por todo eso que, me encantas...



A ti... Bella mujer luchadora

"Ella es una chica normal,
con aspiraciones diferentes. 
Ella no sueña con un príncipe azul
que la lleve a su castillo,
porque sabe que luchando
ella misma lo puede crear.
Ella es amante de la poesía,
sin embargo no cree
en las palabras de cualquiera.
Ella se vuelve loca escuchando música,
pero le importa más la letra que el género.
Ella es bonita, no obstante, es un arma 
que no usa para ser querida.
Ella podría ser perfecta,
pero podría ser ella misma.