Todavía voy paseando
algunos días
por las calles antiguas de la ciudad
y escucho una voz que se parece mucho a la tuya.
Me sobresalto (sí, todavía)
y camino un poco más
con la esperanza de que al girar la esquina
te encuentre, guapa, con tu abrigo,
esquivando la lluvia por los soportales
y con el miedo de que sea otra persona
la que te sujeta el paraguas por un rato
mientras te abrochas la cremallera.
Y qué frío.
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